Existen datos que confirman a Afganistán como gran exportador de heroína. Estas cifras se han mantenido en los últimos 20 años y “además de heroína, los talibanes, en los últimos diez años, han comenzado a jugar un papel muy importante en cuanto al hachís, la marihuana y la producción en cantidades significativas de metanfetamina”, afirmó el periodista Roberto Saviano.

Los talibanes no son milicianos islamistas. Los talibanes son narcotraficantes. Y no cualquiera sino de los más poderosos al manejar el 90 % de la producción de heroína en el mundo. Así lo afirmó el investigador Roberto Saviano, en una columna del diario italiano Corrieri Della Sera que difunde a través de su cuenta en Twitter.

En su opinión «el poder en Afganistán lo tomó el narcotráfico. No ganó el islamismo, ganó la heroína». Es algo que reitera el también autor del libro «Gomorra», un best seller internacional en donde se desmenuza el funcionamiento de la mafia napolitana.

«Si se buscan las principales dinámicas del conflicto, las fuentes primeras que lo financian, se llega a esto: la de Afganistán es una guerra del opio», recalcó el italiano.

Existen datos que confirman a Afganistán como gran exportador de heroína. Números que se han mantenido en los últimos 20 años y “además de heroína, los talibanes, en los últimos diez años, han comenzado a jugar un papel muy importante en cuanto al hachís, la marihuana y la producción en cantidades significativas de metanfetamina”.

Desde su cuenta en Twitter señala que “Mullah Akhundzada, con la retirada del Ejército Rojo en 1989, impuso el cultivo de opio al sur del #Afganistán . Los que se oponían a los campesinos fueron castrados. El resultado fue la producción de 250 toneladas de heroína. Akhundzada es ahora Emir de Afganistán”.

Una economía débil

El narcotráfico en Afganistán tiene condiciones a su favor. La economía del país está «moldeada por la fragilidad y la dependencia de la ayuda internacional», aseguró el Banco Mundial, que ante la situación actual vuelve aún más precarias las perspectivas económicas.

La fragilidad a la que se refiere el Banco Mundial se ilustra con los altos gastos en defensa y seguridad antes de que los talibanes retomaran el control. Afganistán dedica el 29 % del PIB a estos gastos, una cifra muy superior al 3 % promedio que tienen los países de bajos ingresos.

Además de la seguridad y los serios problemas de corrupción, detrás existe otro aspecto crítico persistente en Afganistán: la poca inversión extranjera que hay en el territorio.

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De acuerdo con Naciones Unidas citada por El Mostrador en los últimos años no se han hecho anuncios sobre nuevas inversiones por parte de capitales extranjeros que persigan el inicio de nuevos proyectos. Una realidad muy distinta si se compara con dos países del sur de Asia con poblaciones parecidas. Por ejemplo, en Nepal el número de nuevos contratos con inversión foránea es 10 veces superior al logrado por Afganistán. De la misma manera, Sri Lanka multiplica por 50 veces esa cifra en ese mismo período.

Desde 2014 solo se han contado cuatro inversiones de este tipo. Es lamentable, porque Afganistán tiene recursos minerales —cobre, cobalto, hierro y cobalto— pero de nada han servido. Ni siquiera la abundancia en litio que tiene una alta demanda para la producción de baterías para celulares y vehículos eléctricos.

Su dependencia económica es llamativa. En 2019, el Banco Mundial demostró que la ayuda para el desarrollo representaba el 22 % del ingreso general nacional (que no es lo mismo que el PIB, pero sí muy parecido).

Ahora esas ayudas están en duda. El ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Heiko Maas, ya adelantó que desde el país «no le vamos a dar otro centavo si los talibanes toman el control del país y reintroducen la ley de Sharía». Otras naciones que son proveedores de ayuda van a estar mirando la situación muy de cerca. En este punto —es probable— que a los talibanes poco les importe cuando tienen su propia fuente.

Más radicales que nunca

El poder económico talibán impulsa su radicalidad. Un informe reciente de la ONU divulgado por El País revela que mantienen intensa la búsqueda de desafectos, incluso entre la multitud agolpada en torno al aeropuerto de Kabul, con amenazas de asesinar o detener a miembros de sus familias si no consiguen dar con ellos.

Así se cae la campaña de relaciones públicas lanzada desde el primer momento por los insurgentes, que los presenta en las redes sociales con actitudes más moderadas que durante su anterior mandato (1996-2001) porque tienen listas de objetivos con sus nombres y ubicaciones para cazarlos. Además, el documento confirma la búsqueda casa por casa.

“Las razonables dudas acerca del comportamiento de los talibanes se han multiplicado a la vista de su brutalidad en los accesos al aeropuerto internacional de Kabul. Interrumpen la única vía de salida del país para miles de afganos”, señaló el medio español.

Un panorama que a juicio de Saviano es consecuencia de la estrategia de Estados Unidos de separar la guerra del narcotráfico talibán.

«En 2002, el general [Tommy] Franks, el primero en coordinar la invasión de Afganistán por tropas terrestres estadounidenses, declaró: ‘No somos un grupo de trabajo antidrogas. Esa no es nuestra misión’».

Dice que ese mensaje estaba dirigido a los productores del opio. Era una invitación a que le retiraran el apoyo a el Talibán. Lo que ocurrió se desborda hoy en las pantallas.

Gabriela Moreno – Panampost.com

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