CIUDAD DE MÉXICO.- Adentro de la casa en la que vivió Gregorio Cárdenas reinan la oscuridad y el silencio total. A través de una ventana con los cristales rotos, apenas se puede vislumbrar el interior de una recámara de dicho inmueble.

Los vecinos, quienes actualmente habitan en la calle de Mar del Norte, vialidad donde se encuentra esta vivienda, cuentan que la historia del “Estrangulador de Tacuba” era mejor conocida por residentes que, en su mayoría, ya murieron.

Una de estas mujeres, asentada en esta calle de la colonia San Álvaro, alcaldía de Azcapotzalco, es Elvira Bustos, quien atiende un puesto de quesadillas a unos metros del hogar de Cárdenas Hernández, asesino de al menos cuatro mujeres.

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Elvira, de 78 años de edad, cuenta que lleva 48 años vendiendo en ese lugar y que únicamente conoció a dos mujeres que llegaron a habitar esa casa tras lo ocurrido con “Goyo”; sin embargo, indica que la historia del joven oriundo de Veracruz no es muy contada ya.

Señala que adentro esa propiedad creció un árbol de granadas que Gregorio Cárdenas tenía, plantado en la misma tierra donde enterró a sus víctimas tras asesinarlas. Agrega que dos mujeres de edad avanzada, a las que sí conoció, llegaron a vivir a la propiedad ubicada en la primera cerrada de Mar del Norte, quienes la invitaban a cortar de los frutos de ese árbol.

Se daban muchas granadas y nísperos, a mí me compraban sopes y me decían: ‘vaya a cortar granadas, Elvira, tenemos muchas granadas y nísperos’, les decía yo: ‘sí, sí voy a ir’, pero no… Por qué ahí las granadas, nos platicaban, que ahí enterraban a las señoras que estrangulaban”, cuenta Elvira mientras avienta trozos de maza a los perros que pasan cerca de su puesto.

Las víctimas elegidas por Gregorio fueron estranguladas con cintas o cuerdas, incluso una de ellas era cortejada por Cárdenas Hernández constantemente, se trataba de Graciela Arias, una estudiante de bachillerato. Las otras mujeres eran prostitutas que Hernández recogía en la calle y trasladaba a su casa.

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Otro de los vecinos, de nombre Moisés Lira, de 70 años de edad, comenta que llegó a vivir a la calle Mar del Norte a los cuatro años y que la vialidad se volvió famosa por los crímenes de Goyo, y que incluso los taxistas la ubican por lo mismo.

“La mayoría que vive ahí donde está la cerrada de Goyo Cárdenas, ya casi todos son chamacos y son nuevos… Los viejos ya fallecieron”,

dice antes de recitar, uno a uno, los nombres de los residentes que conocieron la historia del implicado.

El hombre, quien tiene una tienda, sostiene que ha habido personas que inventan haber conocido a Goyo, pero que éstos “sólo hablan por hablar”.

Moscas grandes, indicios de algo macabro. “Mi mamá fue la que lo vivió [el caso de Goyo Cárdenas] y mi abuela”, afirma Teresa a través de su ventana, la cual le sirve para despachar su tienda, negocio que mantiene al interior de su hogar en la calle de Mar del Norte.

Ella, quien indica que ha sido residente de la colonia por muchos años, afirma que a poco de que se descubrieran los crímenes del vecino de una de las cerradas de la calle, inició una plaga de moscas.

“Empezó a ver muchas ‘moscas panteoneras’, moscas grandes, feas, ¿has visto cuando hay un perro muerto, el tipo de moscas que hay? Esas son las moscas que había y me imagino que olía feo [por] los cuerpos en descomposición”, declara.

Cuenta que fueron los habitantes quienes pusieron escaleras para asomarse a la propiedad. Fue en ese momento cuando se percataron que las víctimas estaban enterradas, casi a ras de suelo, en el patio.

“Las tenían enterradas casi a flor de tierra y una tenía los pies de fuera. Entonces le hablaron a la policía, y fue como vinieron y empezaron a escavar y fue que dieron con todas estas muertas”,

declara la mujer antes de puntualizar que el sujeto jamás hizo mención de dos posibles cómplices: dos sujetos a quienes ella recuerda que apodaban “El punto negro” y “El calavera”.

El 13 de septiembre de 1942, Gregorio ingresa a la cárcel de Lecumberri tras el descubrimiento de los asesinatos.

El día 9 de septiembre de 1942, EL UNIVERSAL GRÁFICO publica una entrevista realizada por el reportero de esta casa editorial Julio Barrios, misma en la que Cárdenas Hernández declara su odio a las mujeres y que su instinto asesino se originó después de que se divorció de su primera esposa, Gabina, quien le había sido infiel.

En la charla con el mismo reportero, “Goyo” describe que al estar frente a las mujeres de repente “le hervía la sangre” y que salía de él una bestia, incluso describió con sus manos cómo las estrangulaba. Incluso afirma, angustiado, que está profundamente arrepentido por lo que hizo.”¿Qué castigo cree merecer por sus crímenes?”, le pregunta Julio Barrios.

“La muerte, sólo la muerte merezco; sin embargo, yo querría que me juzgaran, 10, 20 gentes. Profesionistas, obreros todos. Que me oyeran, que supieran mi caso. Si me condenaban a muerte, yo moría. Si me sentenciaban a 20, 30 años, yo los purgaría”, responde de inmediato.

“Entonces, ¿no le teme a la muerte, a la justicia?”
“No. No temo a la muerte ni la justicia de los hombres. Sólo tengo miedo a la justicia de Dios”, contesta.

Durante su estadía en la cárcel, Gregorio muestra una conducta intachable e incluso expone su obra una galería en la Ciudad. Memoriza el Código Penal e inicia dentro de prisión la carrera de Derecho. Escribe varios libros, entre ellos “Una mente turbulenta”.

Es el 8 de septiembre de 1976 cuando el Presidente de la República, Luis Echeverría, le da el indulto presidencial. De forma inesperada se le otorga la libertad a Cárdenas Hernández, tras 34 años de encarcelamiento. A esas alturas, el hombre ya es considerado “una celebridad”.

Al salir de la cárcel, Goyo es invitado por Mario Moya Palencia, secretario de Gobernación, a la Cámara de Diputados. ¿El objetivo? Darlo a conocer como un ejemplo de reintegración a la sociedad. Ese día, Cárdenas es ovacionado por los diputados.

“En la Cámara de Diputados pidieron un minuto de aplausos, no le puedes dar un minuto de aplausos a un asesino, pero nuestro gobierno siempre ha estado mal”, indica Teresa, antes de declarar que nunca ha entrado a la casa de Gregorio, la cual tiene “muy mala vibra”.

“Nunca me he asomado (a esa casa), nunca. ¿Miedo? No sé si a los vecinos, hay gente que te dicen que oyen voces, quién sabe qué se meten. No creo que ningún muerto regrese, nos tienen más miedo a nosotros que ellos donde están”,

finaliza Teresa antes de reanudar con sus labores.

Fuente: El Imparcial.

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