Los pioneros de la libertad humana, académica, científica y religiosa siempre han sido inconformistas.

“En una época de engaño universal, decir la verdad es un acto revolucionario”. – George Orwell

Cuando exponer un crimen es tratado como cometer un crimen, estás siendo gobernado por criminales.

En el clima gubernamental actual, en el que las leyes que van en contra de los dictados de la Constitución se elaboran en secreto, se aprueban sin debate y son mantenidas por tribunales secretos que operan a puerta cerrada, obedecer a la propia conciencia y decirle la verdad al poder del estado policial puede convertirte en “enemigo del Estado”.

Esa lista de los llamados “enemigos del Estado” está creciendo.

El fundador de Wikileaks, Julian Assange, no es más que una víctima del asalto del Estado policial a los disidentes y denunciantes.

No hay nada defendible en crímenes como estos perpetrados por el gobierno.

El 11 de abril de 2019, la policía detuvo a Assange por atreverse a acceder y divulgar documentos militares que retratan al gobierno de Estados Unidos y sus interminables guerras en el extranjero como imprudentes, irresponsables, inmorales y responsables de miles de muertes de civiles.

Entre los materiales filtrados figuraban imágenes de video de la mira de dos helicópteros estadounidenses AH-64 Apache que participaban en una serie de ataques aire-tierra mientras la tripulación estadounidense se reía de algunas de las víctimas. Entre las víctimas se encontraban dos corresponsales de Reuters que fueron abatidos después de que sus cámaras fueran confundidas por armas y un conductor que se detuvo para ayudar a uno de los periodistas. Los dos hijos del conductor, que casualmente se encontraban en la furgoneta para el momento en que las fuerzas estadounidenses dispararon contra ella, sufrieron heridas graves.

No hay nada defendible en crímenes como estos perpetrados por el gobierno.

Cuando un gobierno se vuelve casi indistinguible con el mal que dice combatir -ya sea que ese mal tome la forma de guerra, terrorismo, tortura, tráfico de drogas, tráfico sexual, asesinato, violencia, robo, pornografía, experimentos científicos o cualquier otro medio diabólico de infligir dolor, sufrimiento y servidumbre a la humanidad- ese gobierno ha perdido su derecho a la legitimidad.

Son palabras duras, pero los tiempos difíciles exigen hablar con franqueza.

>Lo que nos falta hoy -y necesitamos desesperadamente- son personas con valor moral que arriesguen sus libertades y sus vidas para denunciar el mal.

Es fácil permanecer en silencio ante el mal.

Lo que es más difícil -lo que nos falta hoy y necesitamos desesperadamente- son aquellos con valor moral que arriesguen sus libertades y sus vidas para denunciar el mal en sus múltiples formas.

A lo largo de la historia, individuos o grupos de individuos se han levantado para desafiar las injusticias de su época. La Alemania nazi tuvo su Dietrich Bonhoeffer. Los gulags de la Unión Soviética fueron desafiados por Aleksandr Solzhenitsyn. En Estados Unidos, Martin Luther King Jr. denunció su sistema de segregación racial y belicismo por lo que era, una flagrante discriminación y un negocio.

Y luego estaba Jesucristo, un predicador itinerante y activista revolucionario, que no sólo murió desafiando al estado policial de su época -a saber, el Imperio Romano-, sino que proporcionó un modelo de desobediencia civil que sería seguido por aquellos, religiosos y de otro tipo, que vinieron después de él.

De hecho, es apropiado que recordemos que Jesucristo -la figura religiosa adorada por los cristianos por su muerte en la cruz y posterior resurrección- pagó el precio más alto por hablar en contra del Estado policial de su época.

Un inconformista radical que desafió a la autoridad en todo momento, Jesús estaba muy lejos de la visión aguada, corporativizada, simplificada, aburguesada y sisada de una criatura mansa que sostiene un cordero que la mayoría de las iglesias modernas venden. De hecho, pasó su vida adulta diciendo la verdad al poder, desafiando el statu quo de su época y oponiéndose a los abusos del Imperio Romano.

>Se habla poco de las crudas realidades del Estado policial en el que vivió Jesús y de sus similitudes con los Estados Unidos de hoy en día, y sin embargo son sorprendentes.

Al igual que el Imperio Norteamericano de hoy, el Imperio Romano de la época de Jesús tenía todas las características de un Estado policial: secretismo, vigilancia, una presencia policial generalizada, una ciudadanía tratada como sospechosa, con poco recursos contra el Estado policial, guerras perpetuas, un imperio militar, ley marcial y represalias políticas contra aquellos que se atrevían a desafiar el poder del Estado.

A pesar de todos los elogios vertidos sobre Jesús, poco se dice sobre las duras realidades del Estado policial en el que vivió y sus similitudes con los Estados Unidos de hoy en día, y sin embargo son sorprendentes.

A medida que el abismo entre los ricos y los pobres se hacía más grande en el Imperio Romano, la clase gobernante y la clase rica se convirtieron en sinónimos, mientras que las clases bajas, cada vez más privadas de sus libertades políticas, se desinteresaban del gobierno y se distraían fácilmente con “pan y circo”.

De forma muy parecida a lo que ocurre en Estados Unidos actualmente, con su falta de transparencia gubernamental, su abierta vigilancia doméstica y su dominio por parte de los ricos, el funcionamiento interno del Imperio Romano estaba envuelto en el secreto, mientras sus líderes estaban constantemente atentos a cualquier amenaza potencial a su poder. La vigilancia estatal resultante era llevada a cabo principalmente por el ejército, que actuaba como investigador, ejecutor, torturador, policía, verdugo y carcelero. Hoy en día ese papel lo cumplen la NSA, el FBI, el Departamento de Seguridad Nacional y las fuerzas policiales cada vez más militarizadas de todo el país.

El Imperio Romano utilizaba sus fuerzas militares para mantener la “paz”, estableciendo así un Estado policial que llegaba a todos los aspectos de la vida de los ciudadanos. De este modo, estos oficiales militares utilizados para abordar una amplia gama de problemas y conflictos rutinarios, hacían cumplir la voluntad del Estado. Hoy en día, los equipos SWAT, formados por policías locales y agentes federales, se emplean para llevar a cabo órdenes de registro rutinarias por delitos menores, como la posesión de marihuana y el fraude con tarjetas de crédito.

A medida que el Imperio Romano se expandía, la libertad y la independencia personales casi desaparecieron, al igual que cualquier sentido real de gobierno local y conciencia nacional. Del mismo modo, en los Estados Unidos de hoy, los ciudadanos se sienten en gran medida impotentes, sin voz y sin representación frente a un gobierno federal ávido de poder. A medida que los estados y las localidades son sometidos al control directo de las agencias y regulaciones federales, una sensación de impotencia aprendida se apodera de la nación.

De forma muy parecida a lo que ocurre hoy en día en Estados Unidos con su práctica de vigilar el mundo, la guerra y un ethos militarista generalizado proporcionaron el marco del Imperio Romano, que se extendía desde la península italiana hasta todo el sur, oeste y este de Europa, extendiéndose también al norte de África y al oeste de Asia. Además de las importantes amenazas extranjeras, se libraban guerras contra enemigos incipientes, desestructurados y socialmente inferiores.

Finalmente, Roma estableció una dictadura militar permanente que dejó a los ciudadanos a merced de un régimen totalitario inalcanzable y opresivo. A falta de recursos para establecer cuerpos de policía cívica, los romanos dependían cada vez más de los militares para intervenir en todos los conflictos o agitación en las provincias, desde las peleas a pequeña escala hasta las revueltas a gran escala. Al igual que las fuerzas policiales de hoy, con sus ejercicios de entrenamiento de ley marcial en suelo estadounidense, sus armas militarizadas y su mentalidad de “disparar primero y preguntar después”, el soldado romano tenía “el ejercicio de la fuerza letal al alcance de la mano” con el potencial de causar estragos en la vida de los ciudadanos normales.

Al igual que el Imperio Norteamericano considera a sus ciudadanos como sospechosos que deben ser rastreados, vigilados y controlados, el Imperio Romano consideraba a todos los insubordinados potenciales, desde el ladrón común hasta los revolucionarios, como amenazas para su poder. El insurrecto era visto como un desafío directo al Emperador.

Un “bandido”, o revolucionario, era visto como capaz de derrocar al imperio, era siempre considerado culpable y merecedor de los castigos más salvajes, incluyendo la pena capital. Los bandidos solían ser castigados pública y cruelmente como medio para disuadir a otros de desafiar el poder del Estado. La ejecución de Jesús fue uno de esos castigos públicos.

Al igual que el Imperio Romano, el Imperio Norteamericano ha mostrado una tolerancia cero hacia los disidentes como Julian Assange, Edward Snowden y Chelsea Manning, quienes expusieron los bajos fondos del Estado policial. Jesús se definió a sí mismo como un revolucionario político a partir de su acto de desobediencia civil en el templo judío, donde se encontraba la sede administrativa del Sanedrín, el consejo judío supremo. Cuando Jesús, “con la ayuda de sus discípulos, bloquea la entrada al patio” y prohíbe “la entrada al Templo a todo aquel que llevaba mercancías para la venta o el comercio”, comete un acto descaradamente criminal y sedicioso, un acto “que sin duda precipitó su arresto y ejecución”.

Dado que los actos comerciales estaban patrocinados por la jerarquía religiosa, que a su vez funcionaba con el consentimiento del gobierno romano, el ataque de Jesús a los cambistas y comerciantes puede verse como un ataque a la propia Roma, una declaración inequívoca de independencia política y social a la opresión romana.

El relato del arresto de Jesús atestigua que los romanos lo percibían como un revolucionario. De manera muy similar a las redadas de los equipos SWAT de hoy en día, Jesús fue arrestado en medio de la noche, en secreto, por una gran cuadrilla de soldados fuertemente armados. En lugar de limitarse a preguntar por Jesús cuando vinieron a arrestarlo, sus perseguidores colaboraron de antemano con Judas. Actuando como un informante del gobierno, Judas inventó un beso como marcador de identificación secreto, lo que insinúa que se debe utilizar un nivel de engaño y de artimañas para obtener la cooperación de este aparentemente “revolucionario peligroso”. 

En la época de Jesús, los predicadores religiosos, los profetas autoproclamados y los manifestantes no violentos no eran arrestados y ejecutados sumariamente. De hecho, los sumos sacerdotes y los gobernadores romanos normalmente permitían que las protestas, sobre todo las de pequeña escala, siguieran su curso. Sin embargo, las autoridades gubernamentales se apresuraron a deshacerse de los líderes y movimientos que parecían amenazar al Imperio Romano. Los cargos presentados contra Jesús -que era una amenaza para la estabilidad de la nación, se oponía a pagar los impuestos romanos y decía ser el Rey legítimo- eran puramente políticos, no religiosos. Para los romanos, cualquiera de estos cargos era suficiente para merecer la muerte por crucifixión, que normalmente se reservaba para los esclavos, los no romanos, los radicales, los revolucionarios y los peores criminales.

Jesús hablaba con firmeza contra cosas como los imperios, el control de las personas, la violencia estatal y la política del poder.

Jesús fue presentado a Poncio Pilato “como un perturbador de la paz política“, un líder de una rebelión, una amenaza política y, lo que es más grave, un pretendiente a la realeza, un “rey de tipo revolucionario”. Después de que Jesús es formalmente condenado por Pilato, es sentenciado a muerte por crucifixión, “el medio romano de ejecutar a los criminales condenados por alta traición”. 

El propósito de la crucifixión no era tanto matar al criminal, sino que era una declaración inmensamente pública destinada a advertir visualmente a todos aquellos que desafiaran el poder del Imperio Romano. De ahí que se reservara únicamente para los delitos políticos más extremos: traición, rebelión, sedición y bandolerismo. Después de ser azotado y escarnecido sin piedad, Jesús fue clavado en una cruz.

Como observó el profesor Mark Lewis Taylor

<La cruz dentro de la política y la cultura romana era una marca de vergüenza, de ser un criminal. Si uno era crucificado, quedaba marcado como vergonzoso, como criminal, pero sobre todo como subversivo. Y hubo miles de personas condenadas a la cruz. La cruz se colocaba en muchas encrucijadas y, como nos ha recordado la estudiosa del Nuevo Testamento, Paula Fredricksen, servía como una especie de anuncio de servicio público que decía: “Actúa como lo hizo esta persona y así es como acabarás”.

Cualquier reflexión sobre la vida y la muerte de Jesús dentro de un Estado policial debe tener en cuenta varios factores: Jesús se pronunció enérgicamente contra cosas como los imperios, el control de las personas, la violencia estatal y la política del poder. Jesús desafió los sistemas de creencias políticas y religiosas de su época. Y los poderes mundanos temían a Jesús, no porque les desafiara por el control de los tronos o del gobierno, sino porque socavaba sus pretensiones de supremacía y se atrevía a decirle la verdad al poder en una época en la que hacerlo podía costarle -y a menudo costaba- la vida a una persona.

Desgraciadamente, el Jesús radical, el disidente político que se enfrentó a la injusticia y la opresión, ha sido olvidado en gran medida hoy en día, sustituido por un Jesús simpático y sonriente que se presenta en las fiestas religiosas, pero que por lo demás se queda mudo cuando se trata de asuntos de guerra, poder y política.

Sin embargo, para aquellos que realmente estudian la vida y las enseñanzas de Jesús, el tema que resuena es el de la resistencia absoluta a la guerra, el materialismo y el imperio.

 >Decirles a los estadounidenses que marchen al unísono y obedezcan ciegamente al gobierno va en contra de todo aquello por lo que Jesús vivió y murió.

Qué marcado contraste con el consejo que los líderes de la iglesia les dan a los estadounidenses de “someterse a sus líderes y a quienes están en la autoridad”, lo que en el Estado policial estadounidense se traduce en cumplir, conformarse, someterse, obedecer órdenes, deferir a la autoridad y, en general, hacer todo lo que un funcionario del gobierno le diga que haga.

Decirle a los estadounidenses que marchen en fila y obedezcan ciegamente al gobierno -o que pongan su fe en la política y voten por un salvador político– va en contra de todo aquello por lo que Jesús vivió y murió.

En última instancia, esta es la contradicción que debe resolverse si el Jesús radical -el que se enfrentó al Imperio Romano y fue crucificado como advertencia para que otros no desafíen al poder- ha de ser un ejemplo para nuestra época moderna.

Como aclaro en mi libro Battlefield America: The War on the American People, debemos decidir si seguiremos el camino de la menor resistencia, haciéndonos la vista gorda a lo que Martin Luther King Jr. se refirió a los “males de la segregación y los efectos paralizantes de la discriminación, a la degeneración moral del fanatismo religioso y los efectos corrosivos del sectarismo estrecho, a las condiciones económicas que privan a los hombres de trabajo y alimento y a las locuras del militarismo y los efectos autodestructivos de la violencia física”- o si nos transformaremos en inconformistas “dedicados a la justicia, la paz y la hermandad”.

Como explicó King en un poderoso sermón pronunciado en 1954, “Este mandato de no conformarse viene… [de] Jesucristo, el inconformista más dedicado del mundo, cuyo inconformismo ético sigue desafiando la conciencia de la humanidad”.

Tenemos que recuperar el brillo evangélico de los primeros cristianos, que eran inconformistas en el sentido más estricto de la palabra y se negaron a conformar su testimonio según los patrones mundanos del mundo.  De buena gana, sacrificaron la fama, la fortuna y la vida misma en nombre de una causa que sabían que era correcta. Cuantitativamente pequeños, eran cualitativamente gigantes. Su poderoso evangelio puso fin a males tan bárbaros como el infanticidio y los sangrientos concursos de gladiadores. 

Los pioneros de la libertad humana, académica, científica y religiosa siempre fueron inconformistas.

La esperanza de un mundo seguro y habitable reside en los inconformistas disciplinados, dedicados a la justicia, la paz y la fraternidad. Los pioneros de la libertad humana, académica, científica y religiosa siempre han sido inconformistas. En cualquier causa que concierne al progreso de la humanidad, ¡poned vuestra fe en los inconformistas!

…La honestidad me impulsa a admitir que el inconformismo transformado, que siempre es costoso y nunca del todo cómodo, puede significar caminar por el valle de la sombra del sufrimiento, perder un trabajo o que una hija de seis años pregunte: “Papá, ¿por qué tienes que ir tanto a la cárcel?”. Pero nos equivocamos gravemente si pensamos que el cristianismo nos protege del dolor y la agonía de la existencia mortal. El cristianismo siempre ha insistido en que la cruz que llevamos precede a la corona que llevamos. Para ser cristiano, uno debe tomar su cruz, con todas sus dificultades y contenidos agónicos y trágicos, y llevarla hasta que esa misma cruz deje sus marcas en nosotros y nos redima a ese camino más excelente que sólo llega a través del sufrimiento.

En estos días de confusión mundial, hay una gran necesidad de hombres y mujeres que luchen valientemente por la verdad. Debemos tomar una decisión. ¿Continuaremos marchando al ritmo del tambor de la conformidad y la respetabilidad, o, escuchando el ritmo de un tambor más lejano, nos moveremos al son de su eco? ¿Marcharemos sólo con la música del tiempo o, arriesgándonos a la crítica y al abuso, marcharemos con la música de la eternidad que salva el alma?

John W. Whitehead – Fee.org.es

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