Redacción BLes – Cuando Matías tenía ocho años, su madre comenzó a notar que tenía problemas para caminar. El niño rengueaba hasta el punto en que un día su pierna se puso rígida, sin embargo, al principio solo pensó que se había golpeado mientras jugaba a la pelota en su escuela de Chivilcoy, provincia de Buenos Aires (Argentina).

Mati, como lo llama su mamá, fue trasladado a un centro médico de la ciudad donde la médica del nosocomio también creyó que la inflamación que presentaba era por un golpe y le recetó un analgésico. “Pero pasaron dos semanas y nada, tenía la pierna cada vez más dura”, relató a Infobae Lorena Fernández, la mamá del pequeño.

Sin embargo, poco tiempo después otro médico que lo vio le reveló un inesperado diagnóstico: tenía una enfermedad llamada “Perthes” que hace que los huesos se vayan “comiendo por dentro” y le informó a la familia que “lo tienen que tener como en una cajita de cristal porque se va a empezar a fracturar todo”. 

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La noticia fue devastadora para Matías. “Veo fotos de esa época y lo único que veo es su carita de tristeza. Tenía 8 años y ya se le había venido el mundo abajo”, dijo su mamá.

El tiempo pasó y Mati cumplió los 9 años, pero todavía se encontraba sin entender lo que le pasaba, ni la gravedad de su condición. 

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El 23 de julio de 2014, fue sometido a una cirugía para “espatular” el tumor que amenazaba su cordón medular. “Cuando terminó salieron y dijeron que había sido un éxito. Yo pensé ‘¿qué éxito, si mi hijo ya no puede mover las piernas ni hacer pis solo?’. Después entendí que el éxito era que hubiera salido de ahí con vida”, contó Lorena.

Sin embargo, cuando estaba recuperándose de la cirugía, los médicos le encontraron una infección y tuvieron que volver a operarlo, donde le sacaron los fierros que le habían puesto asegurando las partes rotas, a solo dos semanas de haber sido intervenido por primera vez.

Debido a esto, la condición emocional del pequeño se desplomó. “Alguien me dijo ‘levantale las ventanas que se te muere, pero de tristeza’. Sacalo a tomar aire, algo. Matías no comía, seguía bajando de peso, lloraba de dolor, nos decía que se quería morir, que lo ayudáramos a morirse”, recordó su madre entre lágrimas.

Hicieron todo para alivianar la tristeza de Matias. “Mi hermana, que es pediatra, se escondía debajo de la cama y se quedaba cantándole bajito cuando nosotros necesitábamos salir a llorar”, dijo.

Pero un día todo iba a cambiar para mejor. Matías fue invitado por una ONG de Chivilcoy para ir a una demostración con perros de asistencia adiestrados por presos en la cárcel de Ezeiza, donde Tango se pegó a Matías.

Es un Labrador, tiene 9 años y es uno de los 36 perros de asistencia que fueron entrenados por presos como parte de un programa de adiestramiento canino denominado “Huellas de esperanza”, el cual está encabezado por la monja estadounidense de 70 años Pauline Quinn. Y Mati se llevó a Tango a su casa.

Desde entonces, la química entre ambos los mantuvo unidos. El can comenzó a ayudar al pequeño en diversas tareas: con su hocico le alcanzaba lo que se le caía, le acercaba la toalla en el baño o lo ayudaba a sacarse el abrigo.

Un día voy a la habitación y Mati dormía en una cama tapado y Tango dormía tapado en la otra. Le pregunto a mi marido: ‘¿vos lo tapaste?’. Y no, Tango se había acostado al lado, como si fuera su hermano, había tirado de la colcha con la boca y se había tapado solo. De repente, empecé a escuchar a mi hijo reírse otra vez. Tango lo ayudó a salir de la depresión”, narró Lorena entre risas.

Luego de todo el drama, Matías por fin volvía a sonreír. Hace un año y medio, alguien invitó a Matías a jugar al tenis en silla de ruedas y poco tiempo después recibió un llamado del CENARD (Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo), que le ofreció a Mati comenzar a entrenarlo para que participe en los Juegos Panamericanos Juveniles de 2021. 

El joven, que ya tiene 15 años, ahora dedica parte de sus días a entrenar con la ayuda de Tango, aunque los gastos de viajar 200 kilómetros y quedarse en un hotel de la ciudad para los torneos se volvieron impagables, por lo que si no consiguen un sponsor, puede que deje de hacerlo.

“Tango se da cuenta de todo: cuando estoy triste, cuando estoy nervioso por una operación, cuando estoy enojado. Se sienta, me mira y me apoya la cara entre las piernas. Hoy capaz ya no necesito que me ayude a abrir una puerta, estoy más grande. Lo que nos quedó fue otra cosa. No sé, él es parte de mi familia, es mi compañero para siempre”, expresó Matías al ser entrevistado por el mismo sitio.

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