El transhumanismo no es libertario, es una abominación promovida desde el socialismo utópico de un futuro perfecto.

En la mitología griega los dioses aparecían como envidiosos de la cualidad humana que hacía que todas las emociones sean más intensas, pues al ser mortales, ese gran amor sería uno solo. Por eso, cada cierto tiempo descendían los dioses del Olimpo para entrelazarse con los humanos y vivir sus emociones, rupturas y desencantos.

Sin embargo, ese romanticismo se ha perdido en el mundo posmoderno. Al contrario, en lugar de apreciar la unicidad del ser humano, se ha convertido en algo a superar, al punto que se lo quiere convertir en una especie de robot que no sufre.

A través del transhumanismo se está forjando una religión futurista que exalta la tecnología como el máximo poder cuyo objetivo es fusionar al hombre con la máquina. En la serie Altered Carbon de Netflix, por ejemplo, muestran esta realidad implantando la conciencia en un chip y creando cuerpos descartables que se venden como carne empacada. Las personas con más recursos tienen islas enteras con clones de sí mismos para vivir eternamente, preservando su juventud, al rellenar el cuerpo con su consciencia cada vez que «mueren».

Los transhumanistas sostienen que la condición humana de ignorancia, soledad, tristeza, enfermedad, vejez y muerte puede trascenderse mediante la mejora de los dispositivos colocados de forma artificial en el cuerpo de las personas, según lo explica Joe Allen, comentarista de The Federalist con estudios en religión y ciencia en la Universidad de Boston y UTK.

De esta manera explica que pretenden además eliminar el tribalismo, en ese caso serían necesarios implantes cerebrales.

Aunque no asistió personalmente, dado que España exige la vacuna contra el coronavirus a los extranjeros (la ministra de sanidad anunció que serán tres dosis anuales por varios años, en cooperación con Pfizer y Moderna), Allen fue concurrente virtual el pasado fin de semana del Transvisión2021 realizado en Madrid.

Señala que sus profecías más descabelladas parecen ridículas al principio, hasta que consideras los vertiginosos avances en biónica, robótica, neuroprótesis, realidad virtual, inteligencia artificial e ingeniería genética.

Advierte que sus ideas radicales no son marginales. Los valores transhumanos han sido adoptados implícitamente por los tecnólogos más ricos del mundo. Considere a Bill Gates impulsando los golpes universales, la búsqueda de Jeff Bezos por una «extensión de la vida», los implantes cerebrales propuestos por Elon Musk, las incursiones de Mark Zuckerberg en el Metaverso y los planes de Eric Schmidt para una tecnocracia estadounidense compitiendo contra China.

Si Big Tech es la iglesia establecida, alerta cómo los transhumanistas son los nuevos Padres del Desierto.

El culto a la singularidad

Desde una óptica teológica Allen advierte cómo el cientificismo no busca separar razón y fe sino ideologizar la ciencia en función de una nueva religión: los transhumanistas confiesan que no hay más Dios que el futuro Dios de la Computación. Creen que la neuroprótesis permitirá la comunión con esta deidad artificial, sentencia. Creen que los compañeros robóticos deberían normalizarse. Creen que la tecnología de longevidad conferirá una inmortalidad aproximada. Creen que la realidad virtual proporciona una vida que vale la pena vivir. Sobre todo, creen que la Singularidad está cerca.

El término Cult of the Singularity (culto a la singularidad) existey su profeta es Ray Kurzweil. Anunció la implementación de la inteligencia artificial general para el año 2029. La AGI será una cognición robusta promulgada por redes neuronales, mucho más rápida que cualquier cerebro humano.

El transhumanismo no es libertario, es una abominación

Dentro del movimiento libertario hay quienes han llevado el derecho individual al individualismo metodológico, haciendo que sea creativo el fin de la tribu y la oportunidad individual de crear su propio tipo de persona.

Sin embargo, al hacerlo traiciona la esencia de la filosofía: los derechos naturales. Una realidad artificial es la antítesis, sobre todo cuando se usa para crear seres humanos, cuyo derecho natural desaparece cuando son tratados como algo y no alguien.

Como Ludwig von Mises escribió sarcásticamente, «el paraíso socialista será el reino de la perfección, poblado por superhombres completamente felices».

Una sociedad hiperplanificada dista de un mundo libre, como bien demuestra la obra Un Mundo Feliz de Aldous Huxley, donde solo los hombres libres «paren a sus crías como perros», mientras el resto los gesta en máquinas.

Es que el transhumanismo no ve cómo sus caprichos presentes deshumanizan a las personas del futuro, sus propios hijos.

Contrario a las ideas de la libertad, este ha sido siempre el mantra de los socialistas, comenzando con “pensadores” utópicos como Charles Fourier, pero también siendo adoptado por los “científicos” como Marx, quien derivó su noción de historia en la que el comunismo es la etapa final de la humanidad de Hegel, como bien señala Kai Weiss, investigador del Centro de Economía de Austria y el Instituto Hayek.

En su ensayo «El transhumanismo no es libertario, es una abominación«, destaca cómo el mismo Hegel creía en el hombre-dios, no en la forma en que Dios se hizo hombre a través de Jesús, sino que el hombre podría convertirse en Dios algún día.

Intencionalmente o no, los transhumanistas suenan peligrosamente similares a eso, advierte. Lo que realmente crearían sería el “Nuevo Hombre Soviético a través de la bioingeniería y el control ambiental total como el objetivo social más alto. En otras palabras, la tiranía ideológica inhumana lleva a un nivel completamente nuevo», sentencia.

 
Mamela Fiallo Flor – Panampost.com

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