Joe Biden y Janet Yellen, los barones del robo

Imagínese que las compañías petroleras se reunieran y acordaran cobrar a los consumidores no menos de $3.50 dólares por galón de gasolina. Llamémoslo “precio mínimo global”. ¿Cuánto tiempo -en minutos- creen que tardarían los medios de comunicación en poner el grito al cielo y el Departamento de Justicia en presentar una demanda antimonopolio?

En los últimos días, el Presidente Joe Biden y la Secretaria del Tesoro, Janet Yellen, han apoyado el mismo concepto, siempre que los responsables sean los gobiernos.

Sí, aunque resulte increíble para los niños pequeños, los gobiernos y el doble estándar van juntos como la mantequilla de cacahuete y la mermelada.

Biden y Yellen están liderando la propuesta de un “impuesto mínimo global” para las empresas. Quieren que los gobiernos de todo el mundo se pongan de acuerdo para cobrar a las empresas no menos del 15% por la sabiduría y la beneficencia del Estado. Se acabó eso de la competencia que podría animar a las empresas a mudarse, por ejemplo, a Irlanda, donde el gobierno sólo les cobra el 12.5 %. “¡Eso no es justo!”, gritan los “progresistas” anticompetencia como Biden y Yellen.

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Si las empresas privadas se confabularan para fijar un precio mínimo para sus productos, serían tildadas de “barones del robo” y sus directores generales serían vilipendiados ante las comisiones del Congreso. No esperen que Biden, Yellen y los fijadores de precios del gobierno que avalan un impuesto mínimo global se enfrenten nunca ni siquiera a una pregunta difícil en una rueda de prensa.

Hasta la fecha, los principales medios de comunicación no sólo han guardado silencio sobre esta flagrante hipocresía, sino que también han vitoreado a los fijadores de precios, lo que me recuerda algo que dijo Adlai Stevenson hace más de medio siglo: “El trabajo del periodista es separar el trigo de la paja, y luego imprimir la paja”.

Pobre John D. Rockefeller de la Standard Oil. Todavía recibe quejas de los historiadores de sillón que afirman que se confabuló con los competidores para fijar los precios mínimos de los productos petrolíferos, aunque las pruebas son escasas en el mejor de los casos. A diferencia de los gobiernos, la Standard Oil cobraba cada vez menos por productos cuya calidad mejoraba constantemente. (Véase mi ensayo “Caza de brujas de barones del robo: la historia de la Standard Oil”).

En un editorial del 27 de mayo, The Wall Street Journal señalaba que Irlanda es un magnífico ejemplo de la sabiduría de la competencia fiscal entre países. Desde hace décadas, la Isla Esmeralda, que antes estaba sobrecargada de impuestos, ha mantenido su tipo impositivo único para las empresas en el 12.5%:

Irlanda cosechó los beneficios. Entre 1986 y 2006, la economía creció hasta casi el 140% del promedio de la Unión Europea desde apenas dos tercios. El empleo casi se duplicó hasta alcanzar los dos millones y la fuga de cerebros de los años 70 y 80 se invirtió. Irlanda se convirtió en un destino para el capital mundial.

Si Irlanda se adhiriera a la propuesta de impuesto mínimo global de Biden/Yellen, tendría que imponer una subida de impuestos del 20%. Su ministro de finanzas no es idiota. Está en contra.

Así que la próxima vez que tu maestro o profesor diga que juntar a tus competidores para fijar precios mínimos y reducir la competencia te convierte en un malvado barón del robo, levanta la mano y pregunta: “¿Quieres decir como Joe Biden y Janet Yellen?”

Lawrence W. Reed – fee.org.es