Las medidas deben juzgarse en función de sus resultados y no de sus intenciones, y la teoría y evidencia sobre los efectos negativos del salario mínimo son claras.

El pasado 1 de septiembre, arrancaba el curso político y el Gobierno lo hacía anunciando una nueva subida del salario mínimo para, en palabras del presidente del Gobierno, garantizar una recuperación «justa» y «para todos». Ya saben, para «no dejar a nadie atrás». Esta medida, como tantas otras de la política buenista, muy probablemente tendrá unos resultados diferentes a los deseados. A continuación, expongo cómo ha evolucionado el salario mínimo en España y por qué creo que no es la solución que nuestro mercado laboral necesita.

En España, lo que se conoce comúnmente como salario mínimo es la retribución mínima que debe recibir un empleado que trabaja en un régimen de jornada completa normal. A inicios de este año 2021, el salario mínimo interprofesional en España se situaba en los 950 euros al mes en 14 pagas, lo que supondría un salario anual de 13.300 euros. Según fuentes del Ministerio de Trabajo este aumentará en 19 euros en 2021, en 31 euros en 2022 y en 31 euros en 2023. De esta manera, España pasaría a cerrar el año con un salario mínimo de 969 euros mensuales en 14 pagas, lo que supondría un salario anual de 13.566 euros. En la siguiente tabla muestro la evolución del salario mínimo en las últimas décadas y la esperada en los años venideros.

Como puede observarse, el salario mínimo en España ha aumentado considerablemente en los últimos años. De hecho, en las últimas dos décadas (entre 2001 y 2021), se ha más que duplicado. Ahora bien, ¿somos hoy más ricos porque tenemos un salario mínimo más elevado, o podemos permitirnos un salario mínimo más elevado porque somos más ricos debido a causas ajenas? ¿Es siempre beneficioso subir el salario mínimo? A continuación, analizamos la cuestión para poder entender los efectos que tendrá la medida.

Para comenzar, es primordial entender qué es el salario. El salario es un precio más del mercado. Del mismo modo que cualquier bien o servicio se intercambia en el mercado por un precio acordado entre el comprador y el vendedor, el trabajo es una mercancía que se intercambia por un precio al que llamamos salario. En este caso, el oferente de trabajo es el trabajador y el demandante el empleador, y alcanzan un acuerdo por el cual el primero vende su trabajo (su tiempo, su energía, sus conocimientos y habilidades, etc.) al segundo a cambio de un precio (el salario). ¿Cuál debe ser este salario? El mecanismo por el que se fija, al igual que cualquier otro precio, es la negociación. En ella entran en juego una infinidad de factores que afectarán el poder negociador de cada parte e influirán en el resultado final (el salario acordado), por ejemplo: la escasez o abundancia de lo que se ofrece y de lo que se demanda, las necesidades y preferencias de cada parte, etc. Como en cualquier negociación, cada una de las partes tratará de usar esos factores a su favor y obtener el mejor resultado posible.

También la productividad juega un papel clave: cuanto más productivo es un trabajador, más beneficios genera para la empresa, que puede permitirse pagarle más para mantenerle; además, las empresas competirán por los trabajadores que mayor productividad generen, de igual modo que tratarán de poner a disposición de sus trabajadores aquellas herramientas y conocimientos que les permitan ser más productivos y generar más valor y beneficios. Así, de acuerdo con la teoría económica y sin tratar de aburrir al lector, los salarios serán mayores cuanto mayor sea la productividad y cuanto más escasa sea la oferta de trabajo frente a su demanda, en un mercado competitivo concreto.

Por ejemplo, en un mercado donde hay muchos trabajadores desempleados necesitando trabajar, pero pocas empresas buscando contratar trabajadores, los trabajadores tendrán que competir por conseguir los pocos puestos de trabajo que hay. Entre otras cosas, estos se verán forzados a aceptar salarios más bajos de lo que desearían con tal de que los contraten a ellos y no a otros, pues, para ellos, un pequeño beneficio es mejor que nada. Las empresas podrán beneficiarse de esta situación de necesidad y de abundancia de trabajadores para pagar menores salarios. Esto es, en parte, lo que ocurre en España. Al revés, como está ocurriendo en Estados Unidos, si muchas empresas están tratando de conseguir nuevos empleados y todos los trabajadores ya están ocupados, las empresas tendrán que competir entre sí por conseguir contratarlos, ofreciendo cada vez mejores condiciones y salarios más elevados.

Para conseguir que suban los salarios, las dos condiciones anteriores son básicas: la productividad debe ser elevada para costear los mayores salarios y los trabajadores deben ser relativamente escasos respecto a las vacantes, para tener mayor fuerza de negociación y poder impulsar los salarios al alza.

En el caso de España, similar al primero que hemos analizado, la subida del salario mínimo no ayuda a alcanzar ninguna de estas dos condiciones. Por su naturaleza legal, el salario mínimo prohíbe contratar a todo aquel cuya productividad sea inferior al salario mínimo establecido. En nuestro caso, un trabajador cuya productividad sea de 1.080 euros al mes, dejará de ser rentable para la empresa, pues esta deberá pagarle más de lo que produce (1.108 euros de aplicarse el aumento del salario mínimo). Cabe esperar, por tanto, la destrucción de empleos de trabajadores cuya productividad sea menor que el límite fijado, gente que sí se quedará atrás, tal como ocurrió con la subida anterior del SMI. Además, sumará nuevos trabajadores al desempleo, mermando su propio poder de negociación, tal como he explicado antes. Por ello, cabe afirmar que los españoles no somos hoy más ricos que hace 20 años por tener un salario mínimo mayor, sino que, al revés, podemos permitirnos un salario mínimo mayor porque somos más productivos.

No niego que el mercado laboral español presenta deficiencias y que, en muchos casos, los salarios difícilmente alcanzan para cubrir los niveles de vida, en particular en algunas regiones donde el coste de vida es sumamente elevado. Por ello, es necesario aplicar medidas que permitan el crecimiento del empleo y los salarios, pero aumentar el salario mínimo no nos acerca al resultado que deseamos. Las medidas deben juzgarse en función de sus resultados y no de sus intenciones, y la teoría y evidencia sobre los efectos negativos del salario mínimo son claras. España necesita profundas reformas que faciliten —y no dificulten— la creación de empresas, la inversión en capital productivo, la creación de puestos de trabajo y la contratación; y esta subida del salario mínimo representa todo lo contrario.

Alberto Gómez Hernández – Laiberia.es

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