El totalitarismo no empieza cuando llega al poder sino cuando permitimos que sus fanáticos se den el lujo de perseguir a quienes objetan su discurso.

Explicaba hace poco por qué el totalitarismo es insostenible a largo plazo pero dejaba fuera –por limitaciones de espacio propias de una columna– cómo, dónde y por qué empieza, crece y alcanza el poder, algo que, además de criminal, es finamente insostenible. ¿Cómo y por qué se insiste una y otra vez en lo imposible a terrible coste en sufrimiento y muerte inútiles? Lo he tratado en varios sentidos en mi columna, pero quiero tratar hoy un punto que nunca había destacado.

La bestia totalitaria no requiere para surgir otra cosa que personas temerosas, emocionalmente frágiles, carentes de amor propio y aceptación, prestas a aferrarse al absurdo bestial a cambio aceptación y autoestima. Tales pusilánimes abundan hoy en las sociedades más libres, prósperas y seguras que el mundo a conocido. Tal avalancha de pusilánimes hace posible el surgimiento de nuevos totalitarismos. Los signos son ominosos y el peligro es real.

Nos recuerda en Archielago gulag Solzhenitsyn que personas comunes sorprendían y desquiciaban a los esbirros del totalitarismo cuando se aferraban a su consciencia más que a su vida, soportando la tortura sin temor a la muerte. Nos dice:

“N. Stoliarova recuerda a su vecina de catre en Butyrki, en 1937, una anciana. La interrogaban cada noche. (…) y ella les decía: ‘No vais a poder sacarme nada, aunque me cortéis a pedacitos. Porque tenéis miedo de vuestros superiores, tenéis miedo unos de otros y hasta tenéis miedo de matarme (‘perderían un eslabón de la cadena’). ¡Pero yo no tengo miedo de nada! ¡Estoy preparada para presentarme ante el Señor aunque sea ahora mismo!’”.

A nadie se le puede exigir que soporte la tortura, pero hay quien se lo exige a sí mismo e incluso lo logra, porque ha interiorizado que es el único dueño de su conciencia, y dando todo lo demás por perdido, se aferra a lo único que pudiera conservar. La primera libertad emerge del surgimiento de esa conciencia de individualidad y a ella se reduce la última libertad posible. En términos de Solzhenitsyn, que “mi espíritu y mi conciencia son lo único que aprecio y que me importa”. Esto es algo que algunos de los mejores estudiosos del fenómeno del totalitario no llegaron a comprender, y que únicamente por su prolongada experiencia del Gulag entendió Solzhenitsyn.

La libertad interior es una precondición cultural sine qua non de la libertad en el orden social, por ello el totalitarismo –a diferencia del autoritarismo– necesita forzar su destrucción en sus súbditos. Requiere no solo que obedezcan, sino que destruyan su propia individualidad y únicamente puedan pensar y creer lo que el poder totalitario ordena. Pretende no solo que finjan por temor, sino crear un “hombre nuevo” que realmente sea tuerca inconsciente de una maquinaria que adore como Dios.

El totalitarismo empieza por el temor que fuerza a la mayoría a obedecer. Pero exige, una y otra vez, de todos y cada uno complicidad activa en sojuzgar a todos y cada uno. Obligar a prisioneros a participar en la tortura y espionaje de los demás prisioneros sería el ejemplo extremo, que no es diferente de lograr que jóvenes sicológicamente frágiles tengan por única fuente de autoestima justificar, defender y practicar la intolerancia violenta en la persecución de cualquiera que no se pliegue a su fanático credo. Llegar a gobernar, el totalitarismo primero ha de imponerse en sus propios partidos, grupos y asociaciones, y practicarse con impunidad en debilitadas sociedades más o menos libres. Por algo que Helmut Shoeck señala sabiamente: la mala consciencia hace a quien se somete al poder totalitario envidiar secretamente a quien no se somete.

“La sociología del poder y del dominio debería tener en cuenta el factor de la envidia cuando observa que algunos de los que se someten al poder desean que otros –que todavía han logrado sustraerse a este influjo– se sometan también, para ser todos iguales. Fenómenos como el Estado totalitario, la moderna dictadura, sólo se entiende a medias en la sociología si se pasan por alto las relaciones sociales entre los ya igualados y los todavía inconformistas. Hombres, ya sometidos al nuevo poder (…) casi siempre, desarrollan una acusada hostilidad frente a los que miran con escepticismo. El que contra su voluntad, por comodidad o cobardía, se ha adaptado ya, se irrita ante el valor que demuestran los demás, ante la libertad de que disfrutan”.

Es fácil entender que el totalitarismo requiera una minoría de fanáticos dispuestos a todo crimen en su nombre y que con suficientes bestias que han destruido la humanidad en sí mismos le es posible someter mediante el temor a toda una sociedad. Un poco más difícil de entender –o de aceptar quizás– es que la capacidad de transformarse en tal tipo de bestia resida en cualquiera de forma completamente banal. La clave está en profunda culpa del que rindió su individualidad, retrocediendo interiormente hacia el salvaje. Luego le exige embotar la consciencia –destruirla en todos y cada uno es el fin último del totalitarismo– y racionalizarlo mediante la justificación ideológica de la imposición arbitraria de los anhelos primitivos del salvaje sobre el orden moral de la civilización.

El totalitarismo no empieza cuando llega al poder ni cuando casi todos se rinden por temor: empieza cuando permitimos que en minoría –y en el mundo libre– sus fanáticos se den el lujo de perseguir a quienes osen objetar su absurdo discurso en organizaciones claves de las que se apoderan. Los espacios en los que el temor a la limitada pero cruel –y para la mayoría insoportable– persecución de la que son capaces sus fanáticos impone el silencio e inicia la complicidad culposa. Hoy vemos este fenómeno en centros de educación superior, empresas y medios de comunicación del mundo libre: así de cerca estamos de deslizarnos casi inadvertidamente al infierno.

Por Guillermo Rodríguez para Panam Post