La Unión Soviética (URSS) no inventó el comunismo, pero sí fue el primer Estado moderno en implementar íntegramente este sistema. La versión del socialismo/comunismo que sobrevivió la guerra entre las facciones de las internacionales del siglo XIX fue la seudocientífica que confeccionaron Karl Marx y Friedrich Engels.

Epistemológicamente, ésta era un ensamblaje compuesto de fragmentos de la filosofía alemana (Hegel, Feuerbach), la economía política inglesa (Locke, Smith, Ricardo), el socialismo francés (Babeuf, Fourier, Saint-Simon, Proudhon, Rousseau) y todo este contenido yacía dentro de una morada positivista (Comte) que consecuentemente, emplearían una coordinación económica fiel a los preceptos socialistas (centralizada, planificación, medios productivos/distributivos en manos gubernamentales). 

Le tocó a Vladimir Lenin y los bolcheviques dar un golpe de Estado descarado a la democracia incipiente rusa para amoldar las ideas de Marx y Engels a un proyecto político. Irremediablemente, la praxis de este experimento condicionaba su factibilidad, a la estructuración de la sociedad y el poder político dentro de los parámetros de un régimen de dominación total. Es cierto que hubo modificaciones de este patrón y ejercicios de pragmatismo prácticos e ideológicos para acaparar la supervivencia. El objetivo de universalizar la hegemonía comunista, sin embargo, permaneció una obsesión inmutable a través del siglo XX.

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La herramienta de reclutamiento y penetración para promover el proyecto imperialista del comunismo fue la secuencia de “internacionales” y organizaciones de pantallas que la URSS forjó y auspició para aglutinar y direccionar a todos los movimientos y regímenes marxistas-leninistas en el mundo. Primero fue el Komintern (III Internacional 1919-1943), luego el Kominform (1947-1956) y finalmente forjaron instituciones como el CAME, el Pacto de Varsovia y un nutrido grupo de organizaciones disfrazadas alrededor del mundo, todas bajo la tutela de Moscú y en colaboración con la KGB y el politburó soviético. Adicionalmente, la URSS entrenó, financió y socorro la expansión del comunismo internacional directa e indirectamente, por las armas con satélites proactivos como el Frente Popular (España), Cuba comunista, grupos islámicos y movimientos marxistas-leninistas titulados de “anti colonizadores”, “liberación nacional”, pseudorreligiosos “tercermundistas” y de la teología de liberación, etc. Sin duda, este proyecto ambicioso de ensanchamiento y sustentación socialista conllevó un costo extraordinario.

Cuando los EE. UU. reformuló su política para combatir la ofensiva comunista de contención (Doctrina Truman) a una de reversión (Doctrina Reagan), la dinámica cambió a favor del orden democrático. La insuficiencia de la capacitación productiva de la URSS para abordar el costo galopante de mantener y promover el imperio marxista mundial y enfrentar el reto nuevo de los EE. UU., obligó modificaciones a su modelo operacional en un intento de supervivencia que no se alcanzó. La idea de transformar el formato económico sin alterar el Estado leninista como hicieron exitosamente los chinos y vietnamitas, no fue recibido con entusiasmo por los burócratas soviéticos. Mijaíl Gorbachov, el hombre puesto ahí por el politburó para salvar el comunismo, al no encontrar el apoyo para modificar la economía, enmendó el entorno político pensando así encontrar el apoyo a las reformas económicas que era lo que buscaba. En el intento, al esterilizar el pilar más fundamental del control totalitario del poder político, el centralismo democrático, se le fue de las manos y cayó el comunismo soviético.

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El derrumbe del Muro de Berlín y la disolución de la URSS dos años después, no significó la caída del comunismo. Lo que se esfumó fue sólo la versión metodológica y hegemónica soviética. El comunismo se mutó. El dictador cubano Fidel Castro fue el arquitecto y autor intelectual del rescate del comunismo internacional a partir de ahí. Escogió de socio auspiciador a Luis Ignacio Lula da Silva, un sindicalista comunista con buenas relaciones con la inteligencia castrista. El país natal del marxista brasileño fue un cálculo conveniente. Brasil ofrecía muchos beneficios para servir de escenario desde donde se podría lanzar un proyecto estratégico nuevo para salvar y relanzar el comunismo. En adición de ser la nación más poblada de América Latina, de ser una potencia económica y de tener fronteras con diez países en Sur América, Brasil presentaba un rostro de “no alineado” o “tercermundista” y el Partido de los Trabajadores que lideraba Lula, partido de inclinación marxista, tenía experiencia navegando en el proceso político dentro de una democracia. ¿Qué mejor lugar para organizar una internacional de renovación comunista que Sao Paulo?

Desde su fundación en 1990, el Foro de Sao Paulo (FSP), una imitación metafísica y estructural de las internacionales como el Komintern y Kominform, ha tenido 25 encuentros celebrándose en diversas capitales de América Latina. Agrupando a la mayoría de los partidos y movimientos de la izquierda radical, no sólo de las Américas sino también de todo el mundo, el FSP es mucho más que la vitrina coreografiada que demuestra una festividad jovial que agrupa a la ultraizquierda y está llena de ponencias anticapitalistas, con sus declaraciones y cantaletas y racionalizaciones socialistas. Los encuentros sirven para eso: proyectar una imagen cargada de simbología, reforzar ideológicamente el comunismo como aspiración viable y sostenible y propiciar un terreno fértil de reclutamiento para la inteligencia castrocomunista. Pese a celebrar los encuentros en distintos lugares, su base está, donde siempre ha estado desde su fundación, en La Habana.     

El FSP tiene su centro de mando en Cuba comunista. Desde ahí, desde la década de los 1990’s, el comunismo cubano reconfiguró la metodología para alcanzar el poder político. Sin el sostén financiero de la URSS, había que abandonar la estrategia del terrorismo rural y urbano, la guerra de guerrillas, las bombas, los secuestros abiertos como métodos de lucha tan prevalente en las décadas de los 1960’s, 1970’s y 1980’s. El paradigma de la lucha por el poder político tenía que ser otro. Tenía que ser la vía chilena, la que empleó Salvador Allende de llegar al poder por el camino democrático y una vez instalado, empezar el proceso de ir comunizando al país. Como el castrocomunismo aprendió mucho del ejemplo chileno, para mitigar la potencialidad de fracasar, las FF. AA. fueron objetos de neutralización por diferentes mecanismos: acusaciones de “violaciones” de DD. HH., corrupción, retiros forzados, etc. A partir de la década de 1990, vemos como las FF. AA. fueron sistemáticamente defenestradas en una serie de países que vencieron intentos subversivos de colapsar el orden existente.

Las semillas plantadas por la dictadura cubana vieron sus frutos en la década de los 2000’s con el ascenso del modelo dictatorial que brotó del FSP en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia, Brasil, Argentina, Paraguay y un buen número de gobiernos subordinados al llamado socialismo del siglo XXI, una versión del socialismo real del siglo XX con ajustes cosméticos, logísticos y prácticos. Cuando miramos la hoja de expediente de la guerra comunista por el poder en América Latina entre 1959 a 1990, todas las conquistas del comunismo internacional en el continente americano fueron revertidas, excepto Cuba. Sin embargo, ese no ha sido el caso con el modelo dictatorial del FSP y su enfoque estratégico a partir de la reformulación metodológica del comunismo. La lista de países cautivos ha sido mucho más abultada desde que se empezó a usar este nuevo modo de usurpar y retener el poder. Las excepciones de los países que lograron escapar de las garras de este patrón dictatorial fueron esos donde las FF. AA. no fueron defenestradas o cooptadas.

¿Qué se debe hacer para rescatar la democracia continental? Muy simple. Recordar lo que funcionó y emplearlo con sensatez. Si las décadas de lucha contra el comunismo fue un éxito desde los 1960’s hasta los 1980’s (lo fue), entonces hay que aprender del pasado, evitar sus excesos, pero abrazar lo que funcionó. La naturaleza del comunismo no ha cambiado. Lo que sí cambió fue la metodología que las democracias han empleado para confrontarlos, ganarles y preservar el orden republicano y las sociedades abiertas. La respuesta no debe ser sólo bélica, sino ideológica, económica y cultural también.

Julio M. Shiling para BLes.com.

El autor es politólogo, escritor, conferenciante, comentarista y Director del foro político y la publicación digital, Patria de Martí. Tiene una Maestría en Ciencias Políticas de la Universidad Internacional de la Florida (FIU) de Miami, Florida. Es miembro de The American Political Science Association (“La Asociación Norteamericana de Ciencias Políticas”), el International Political Science Association (“La Asociación Internacional de Ciencias Políticas”) y el PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio.

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