Desde 1959, lo que más se desarrolló en Cuba fue el sistema carcelario, la praxis represiva y la exportación de esclavos. Por ejemplo, las brigadas médicas, desplegadas por todo el mundo por el régimen cubano, son un instrumento semiesclavista para financiar a la dictadura.

Se cumplieron 62 años del triunfo de la Revolución cubana. Desde aquel día hasta el día de hoy el régimen castrista y todos los progresistas que fungen como apologistas gratuitos de los tiranos de la isla nos venden el cuento de un Fidel Castro patriota, un hombre constructor de una Cuba próspera y desarrollada. Esto no deja de ser una simple y burda mentira muy bien mercadeada. Ahora, veamos el porqué.

Al finalizar la década de los cincuenta, el Atlas de Economía Mundial de Ginsburg colocaba a Cuba en el puesto 22 de entre 122 naciones analizadas, constituyéndose en el tercer país con el mayor ingreso per cápita de Latinoamérica (sólo después de Uruguay y Argentina).

En esa misma época, muchos europeos buscaban invertir y trabajar en Cuba (antes del triunfo de la revolución había 12000 italianos solicitando estadía permanente en la isla). Asimismo, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) informaba que los trabajadores cubanos ganaban un promedio de tres dólares por hora de trabajo, en tanto que en Bélgica era de 2,70 y en Francia 1,74.

En cuanto al divulgado mito de que antes de 1959 Cuba era un mero «satélite financiero» de las inversiones norteamericanas (como si dichas inversiones fueran algo negativo per se), basta con enunciar que para 1958 solo el 5 % del capital invertido en Cuba procedía de Estados Unidos. Incluso en la industria del azúcar los capitales cubanos estaban desplazando a las inversiones extranjeras.

Por ejemplo, Julio Lobo (el rey del azúcar) controlaba casi 405.000 hectáreas de los terrenos de Cuba y de sus centrales salían casi 4 de los 6 millones de toneladas de azúcar que la isla producía al año (de hecho, en sus oficinas de La Habana se fijaba el precio internacional del más popular de los edulcorantes).

Por otro lado, antes del triunfo de Fidel Castro, Cuba figuraba en el primer lugar de la región hispanoamericana en cuanto a ciudadanos alfabetizados (80 % exactamente). En otras áreas relacionadas con la educación, las letras, entre ellas, el anuario estadístico de América Latina de 1984 nos informa lo siguiente: «Para el año 1958 Cuba se ubicaba entre los primeros cinco países en publicaciones de prensa». En cuanto a comunicaciones y tecnología era sobresaliente, pues había un aparato de radio por cada cinco habitantes y un televisor por cada veinte (datos que solo eran superados por Estados Unidos).

La salud en la época anterior a la revolución también era de las mejores. Por citar algunos datos, en 1957 Cuba tenía una proporción de médicos y dentistas más elevada que los demás países del Caribe, incluso mayores que Holanda y Finlandia. Finalmente, para 1958 la esperanza de vida de los cubanos era de 62 años, que comparados con los 50 de los españoles eran un récord para la época.

En suma, Cuba era una pequeña nación que gozaba de gran prosperidad y una buena calidad de vida, aunque la administración de Fulgencio Batista haya estado sumida en la corrupción, situación que, con justa razón, irritaba a gran parte de la población.

La molestia con la administración de Batista era un rasgo común entre políticos, periodistas, militares, policías y ciudadanos de a pie. Incluso el propio Castro alegaba luchar para reinstalar «la democracia y la Constitución de 1940». Esa declaración de corte institucionalista les sirvió a los rebeldes para ganar el apoyo de la ciudadanía cubana, de la comunidad internacional y, fundamentalmente, del gobierno de los Estados Unidos. Penosamente, la etapa constitucionalista de Fidel Castro duró muy poco.

Uno de los primeros abusos fue la modificación de la Constitución para crear el partido único y, de esa forma, aplastar de entrada cualquier pensamiento alternativo o disidente. Luego, Ernesto Guevara, en su panfleto «El socialismo y el hombre en Cuba», propondría el camino para la construcción del hombre nuevo. ¿Y en qué consistía ese camino? Pues en la mezcla de adoctrinamiento masivo por un lado y terror represivo por el otro (el líder estudiantil Pedro Luis Boitel fue una de las primeras víctimas de tan infame política).

La persecución religiosa fue y es otro de los abusos del régimen castrista. Verbigracia, en 1961 Fidel Castro expulsó de Cuba a la casi totalidad de los sacerdotes, clausuró la Universidad Católica y expropió los colegios religiosos. Tristemente, esa nefasta política persiste hasta hoy, y no solo con los católicos, sino con cualquier denominación cristiana.

Desde 1959, lo que más se ha desarrollado en Cuba no han sido ni la industria, ni el comercio, ni la salud, mucho menos la educación, sino el sistema carcelario, la praxis represiva y la exportación de esclavos. Por ejemplo, las brigadas médicas, desplegadas por todo el mundo por el gobierno cubano, son básicamente un instrumento semiesclavista para financiar a la dictadura.

El régimen cubano se apropia del 75 % del salario de esos médicos. Posteriormente, se entrega 5 % a la Organización Panamericana de la Salud, que actúa como intermediaria del trato, mientras que del 20 % restante solo les entrega la mitad, depositando el otro 10 % en una cuenta en Cuba, que se le entregaría a los trabajadores a su regreso, como forma de evitar cualquier tentación de deserción.

Sí, señores. El hambre, el miedo y la miseria son los grandes logros de la Revolución cubana.

Hugo Marcelo Balderrama – Panampost.com

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