Los costos humanos de la guerra de Afganistán son bien conocidos. Los inflacionarios son menos conocidos.

Las sombrías fotos y videos que salieron de Afganistán este año llevaron a muchos a preguntarse si el conflicto de 20 años valió la pena.

Según Associated Press, hasta abril, más de 172.000 personas (estadounidenses y de otros países) han muerto en el transcurso de la Guerra de Afganistán. El importe estimado de los costos directos de la guerra de Afganistán e Irak que Estados Unidos ha financiado con su deuda: se estima en más de 2 billones de dólares.

La estimación del capital y los intereses que se deben para 2050: hasta 6.5 billones de dólares.

Esta guerra, como gran parte del gasto gubernamental, no se paga con el dinero que tiene el gobierno. El dinero se toma prestado.

Los costos financieros del gasto financiado por la deuda de los responsables de hoy serán una carga para las generaciones futuras. El dolor de imprimir billones de billetes sin respaldo no se siente inmediatamente, por lo que la gravedad de la acción es sutil, pero el resultado final es inevitable.

Cuando el Congreso concedió al entonces presidente George W. Bush la autoridad para utilizar toda la “fuerza necesaria y apropiada” contra los implicados en el 11-S una semana después de los atentados, el gobierno federal tomó un rumbo hacia la ruina monetaria.

Un dólar en 2001 tenía el poder adquisitivo de 1.54 dólares en la actualidad. El dólar tuvo una tasa de inflación promedio del 2.19 por ciento al año entre 2001 y hoy, produciendo un aumento de precios acumulado del 54.15 por ciento.

Esto significa que los precios actuales son 1.54 veces más altos que los precios promedios de 2001, según el Índice de Precios al Consumo de la Oficina de Estadísticas Laborales, una medida que subestima notoriamente la inflación en el mundo real como resultado del despliegue de inteligentes ajustes hedónicos, la ponderación geométrica y las sustituciones que tienden a pintar un panorama más prometedor.

Dicho de otro modo, un dólar actual no compra más del 65% de lo que podía comprar en 2001. Y según otras medidas, además del defectuoso Índice de Precios al Consumo (IPC), se compra incluso menos.

El endeudamiento del gobierno se ha acelerado rápidamente al alza desde los confinamientos de COVID y los esfuerzos de “estímulo” de emergencia. Esto presagia unas tasas de inflación potencialmente mucho más altas en el futuro.

A principios de este mes, Reuters informó de que “los precios mundiales de los alimentos [subieron] en noviembre, [manteniéndose] al máximo en 10 años”.

Sustituir la pechuga de pollo por la carne de res Angus… o el muslo de pollo, menos caro, por la pechuga de pollo podría ser un sacrificio inocuo, pero ¿qué pasa si ahora tienes problemas para comprar el pollo?

La inflación perjudica a los más pobres. Las personas con medios pueden invertir en activos que les protejan de la devaluación del dólar. El oro y la plata, los bienes inmuebles, incluso la bolsa.

¿Pero qué pasa con los asalariados? ¿Las personas mayores con ingresos fijos? ¿Los que intentan ahorrar un poco más para el futuro?

Los más perjudicados por el aumento de los costos son los que ya tienen dificultades para permitirse estas cosas. Los menús en dólares de los restaurantes de comida rápida han desaparecido, mientras que los precios de las casas, los alimentos, los carros, las matrículas universitarias y los medicamentos se han disparado.

Una de las características más importantes de la moneda sana es que limita el gasto público a lo que puede extraerse de la población a través de los impuestos. Un enfoque de “imprimir y gastar” en la política monetaria permite que el gobierno realice gastos inútiles e infructuosos, como, por ejemplo, las impopulares guerras que duran décadas.

Durante 20 años, los estadounidenses lucharon en una guerra que costó miles de vidas y billones de dólares. Muchos se preguntan si el costo de esta guerra mereció la pena.

Hay muchos costos evidentes, pero la merma del poder adquisitivo del dólar -y el robo de riqueza a todos los que lo poseen- es uno de los mayores costos de todos.

Jp Cortez – fee.org.es

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