Etiquetar a las personas como víctimas las hace indefensas e impotentes.

Tómate un par de segundos para pensar en las personas exitosas con discapacidades. ¿Cuántos nombres de la política, el deporte, la música, los negocios, la ciencia o el cine -vivos o muertos- te vienen a la mente?

Es una pregunta interesante y tenía curiosidad por saber qué ocurriría cuando se preguntara al público estadounidense si podía nombrar a alguna persona éxitosa con discapacidad, así que encargué a Ipsos MORI que realizara una encuesta representativa en febrero de 2021. A los encuestados se les pidió que nombraran hasta tres personas.

La encuesta reveló que el 51% de los estadounidenses no podía nombrar a ninguna persona éxitosa con discapacidad, el 21% sólo podía pensar en una persona y sólo el 28% era capaz de dar dos o más nombres. Stephen Hawking fue el más mencionado, seguido de Michael J. Fox, Stevie Wonder, Franklin D. Roosevelt y Helen Keller.

Las personas discapacitadas con éxito pueden ser un gran modelo para todos. Sabemos por las investigaciones psicológicas que las personas sin éxito tienden a verse a sí mismas como víctimas de circunstancias externas, mientras que las personas con éxito se consideran artífices de su propio destino. En este contexto, los psicólogos hablan de personas con un locus de control “externo” o “interno”. Hoy en día, se ha puesto de moda adoptar una mentalidad de víctima (lo que, por supuesto, no significa que realmente haya más víctimas que nunca). La política de identidad, que reduce a las personas a características de grupo, se basa casi por completo en la glorificación de la condición de víctima.

Los defensores de la política identitaria quieren verse a sí mismos -o a quienes dicen representar- ante todo como miembros de un grupo, preferiblemente una minoría discriminada. Creen que la base de la identidad de un individuo está en su pertenencia a un grupo “desfavorecido”. Afirman que la situación personal de un individuo no puede mejorarse luchando individualmente para conseguir logros, sino luchando a nivel político para asegurarse los derechos, o incluso derechos preferentes, para su propio colectivo. El “nosotros”, supuestamente discriminado, se sitúa en el centro del pensamiento y de la acción: La política consiste en mejorar la vida del grupo, lo que, a su vez, mejorará mi propia vida, si puedo ser considerado como miembro del grupo.

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He conocido, investigado y escrito un libro sobre personas discapacitadas con éxito para las cuales ocurre exactamente lo contrario. Ninguna de las personas que perfilo en mi libro nunca quisieron ser percibidas principalmente en función de su discapacidad. Tras sus victorias deportivas, la corredora y atleta olímpica, casi completamente ciega, Marla Runyan se sintió decepcionada porque todos los periodistas que la entrevistaron querían hablar de su ceguera, en lugar de sus éxitos en la pista. Felix Klieser, un joven alemán, considerado como uno de los mejores trompetistas del mundo. Nació sin brazos. Como todas las personas  éxitosas, Klieser se ve a sí mismo como forjador de su propio destino y no como víctima de circunstancias adversas. “Por supuesto, podría haber desperdiciado mi energía en compadecerme de mí mismo y decirle al mundo lo malo que es todo”, me dijo, “pero cualquiera que haya hecho eso se da cuenta rápidamente de que no consigue nada”.

Hablé con el galerista Johann König, uno de los comerciantes de arte más exitosos de Alemania, que además goza de una magnífica reputación internacional. Era casi totalmente ciego cuando abrió su primera galería. Hoy, tras un total de unas 30 operaciones, puede volver a ver entre un 30 y un 40%. König ha sabido convertir una desventaja -su discapacidad visual- en una ventaja. “Paradójicamente”, escribe en su libro El Galerista Ciego, “mi discapacidad fue probablemente la clave de mi éxito”. Su ceguera, como una droga, intensificó su concentración interior y agudizó su percepción, ayudándole a “desarrollar una idea claramente personal de lo que es un buen arte”.

Stephen Hawking es, según la mencionada encuesta en Estados Unidos, la “persona éxitosa con una discapacidad” más famosa. En su autobiografía, escribe: “No he tenido que dar conferencias ni enseñar a estudiantes universitarios y no he tenido que participar en comités tediosos y que requieren mucho tiempo. Así que he podido dedicarme por completo a la investigación”. En su opinión, las personas con discapacidad deben “concentrarse en las cosas que su discapacidad no les impide hacer y no lamentarse por las que no pueden hacer”.

Me impresionó especialmente el alpinista estadounidense Erik Weihenmayer, que se convirtió en la primera persona ciega en escalar el Monte Everest hace 20 años. También es una de las pocas personas que ha escalado las Siete Cumbres, los siete picos más altos de cada uno de los siete continentes. En la conversación que mantuve con él a propósito de mi libro, me confesó: “Todos los días pasaba como 15 minutos, imaginándome de pie en la cumbre, hasta el punto de oír el crujido de la nieve bajo mis crampones”.

Y continuó:

“Oía los crampones, sentía el cielo, simplemente sentía el frío y sentía los corazones de mis compañeros de equipo, sentía las lágrimas, literalmente empezaba a llorar porque estaba allí. Así que, sí, no, creo que es de lo que estás hablando. Y, cuando hice cumbre en el Everest, ya lo había hecho 100 veces en mi mente. Así que creo que ese tipo de creencias y ese tipo de programación en tu subconsciente es enormemente importante para que puedas lograr estar realmente allí”.

Weihenmayer hace campaña por otras personas con discapacidad. Al hacerlo, sus esfuerzos no se dirigen principalmente a los derechos políticos y las cuotas; no lanza acusaciones contra la sociedad en su conjunto. Más bien se centran en capacitar a otras personas para que tomen el destino en sus manos y les muestren lo que pueden hacer. Weihenmayer fundó la organización No Barriers, que ayuda a las personas con discapacidades a superar sus propios límites. El lema de la organización es “Lo que hay dentro de tí es más fuerte que lo que se interpone en tu camino”. Tres años después de conquistar el Everest, escaló una montaña cercana al pico más alto del mundo con seis niños de una escuela para ciegos en Lhasa. Hay incluso una película, Blindsight, que documenta esta aventura y que merece la pena ver.

En principio, su actitud es una cuestión de individualismo frente a colectivismo. Los defensores de la política identitaria siempre hablan de “nosotros”. Acusan a la mayoría de la sociedad de discriminar a las minorías y robarles oportunidades en la vida. Las personas exitosas con discapacidades con las que he hablado, o cuyas biografías he analizado, no acusan a nadie más. Ni siquiera cuando han enfrentado grandes dificultades.

Contrasta esto con la filosofía de los “políticos identitarios” que le dicen a la gente: “Eres una víctima de las circunstancias y no tienes ninguna posibilidad de vivir una vida mejor dentro de estas estructuras, así que únete a nosotros y lucha contra estas estructuras”. Etiquetar a las personas como víctimas las hace indefensas e impotentes. Por el contrario, los ejemplos de personas que tomaron el destino en sus manos, a pesar de las circunstancias externas adversas -y a veces incluso a causa de ellas- pueden ser una valiosa fuente de estímulo. Representan la fuerza, no la impotencia.

Ludwig van Beethoven, que compuso su Novena Sinfonía cuando ya estaba casi completamente sordo (y, por cierto, medio ciego), le escribió una vez a su amigo Nikolaus Zmeskall: “La fortaleza es la moralidad del hombre, la cual permite que se distinga del resto y esa es la mía”.

Dr Rainer Zitelmann – fee.org.es