Los datos del CDC muestran un fuerte aumento en el número de estadounidenses que experimentan síntomas de ansiedad y depresión. ¿Están quebrándose muchos con el estrés?

Puede que la peor parte del COVID haya quedado atrás, pero eso no significa que ya podemos seguir adelante, al menos no sin mucho equipaje.

Al parecer, los psicólogos están prestando mucha atención al impacto de la pandemia en la salud mental del país, y se están dando cuenta de que muchos individuos están mostrando signos de estrés crónico.

Según Marie-Christine Nizzi, investigadora postdoctoral del Dartmouth College y del Instituto del Cerebro de la Universidad de Chapman, cuando los individuos se encuentran en una situación peligrosa o estresante durante periodos prolongados, las respuestas de su cuerpo a la misma pasan de ser las del estrés agudo a lo que los profesionales de la medicina llaman estrés crónico. Con el tiempo, esto puede suponer un costo mental importante que presenta muchos efectos secundarios adversos. Como dice Nizzi, “a medida que el estrés (del individuo) se vuelve crónico, su capacidad para hacer frente a todos los cambios empieza a verse superada”.

Nizzi estudia los traumas, que pueden ser causados por el estrés crónico, y ha estado recopilando datos sobre el estado mental de los estadounidenses durante la pandemia. Ella y otros en el campo de la psicología dicen que el trauma prolongado de vivir bajo el estrés de la pandemia podría tener efectos a largo plazo en algunos individuos, llevando a cambios de comportamiento indeseables en la sociedad.

Las cifras del Centro de Control y Prevención de Enfermedades refuerzan el alcance del problema. Descubrieron que el 42% de los estadounidenses declararon haber experimentado síntomas de ansiedad y depresión durante el último año, lo que supone un aumento del 11% respecto a la época pre-pandémica.

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¿Qué es trauma?

Es lógico que la incertidumbre generalizada, la falta de actividad social y la pérdida de vidas que nos rodearon el año pasado hayan dejado cicatrices mentales. Y sabemos que las cicatrices del trauma pueden conducir a la agresión y, en ocasiones, a la violencia.

“Basándonos en nuestra revisión de la literatura”, escribieron los psicólogos clínicos Daniel J Neller y John Matthew Fabian en un estudio de 2007, “creemos que el trauma probablemente contribuya a la violencia por vías directas (por ejemplo, aprendizaje social, anomalías fisiológicas), así como por vías indirectas (por ejemplo, mayor probabilidad de consumo de sustancias, trastorno de la personalidad, etc.)”.

Esto no significa que todas las personas que experimentan un trauma se vuelvan violentas, sino que corren un mayor riesgo de serlo porque el trauma tiene la capacidad de cambiar los procesos fisiológicos de nuestro cerebro.

En el innovador libro The Body Keeps the Score (El Cuerpo Lleva la Cuenta), el psiquiatra e investigador Bessel A. van der Kolk lo expresa así: “Hemos aprendido que el trauma no es sólo un acontecimiento que tuvo lugar en algún momento del pasado; es también la huella que deja esa experiencia en la mente, el cerebro y el cuerpo”.

Y continuó:

“Esta huella tiene consecuencias continuas en la forma en que el organismo humano consigue sobrevivir en el presente. El trauma provoca una reorganización fundamental del modo en que la mente y el cerebro gestionan las percepciones. Cambia no sólo cómo pensamos y en qué pensamos, sino también nuestra propia capacidad de pensar”.

Además, en un taller del Foro sobre la Prevención de la Violencia Global, el Dr. Charles Zeanah, Jr. que ocupa la cátedra Mary Peters Sellars-Polchow de Psiquiatría en la Universidad de Tulane, dijo a la audiencia que “las experiencias adversas tendrán un impacto negativo en el desarrollo del cerebro y que las amenazas, el abuso y la violencia conducen a una activación excesiva de los circuitos del miedo y de los sistemas de respuesta al estrés, que luego comprometen el desarrollo normal del cerebro”.

Cuando experimentamos un peligro prolongado, ya sea real o percibido, ciertas áreas del cerebro se vuelven hiperactivas mientras suprimen otros componentes, creando un desequilibrio. Esto puede hacer que la amígdala se agrande y potencie la respuesta de huida o lucha de la persona, colocándola en un estado de ansiedad. Cuando la amígdala está hiperactiva, las personas pueden tener una menor tolerancia al estrés y más dificultades para controlar sus emociones.

Habría que vivir bajo una piedra para no saber que la delincuencia ha aumentado prácticamente en todos los Estados Unidos. Según un informe, los delitos de odio contra los asiáticos aumentaron un 150% el año pasado. Dado que el coronavirus se originó en China, muchos sospechan que este aumento se debe a que los individuos culpan a los asiáticos en su conjunto de la pandemia.

La violencia entre parejas también se disparó, lo que ha llevado a algunos a calificarla de “pandemia dentro de la pandemia”. Los incidentes domésticos aumentaron un 25% en Argentina, un 33% en Singapur, un 50% en Brasil, un 18% en San Antonio, un 22% en Portland…. y la lista continúa. Durante la pandemia, la gente se ha encontrado en lugares cerrados con pocas salidas, lo que significa que las víctimas tienen poca o ninguna escapatoria de los abusos.

Y luego están las peleas de las aerolíneas. La Administración Federal de Aviación (FAA) dijo a *NBC News que las tripulaciones de vuelo han estado lidiando con un elevado número de incidentes en el aire. Según sus datos, en un año normal puede haber entre 100 y 150 personas perturbadas. Pero a principios de 2021, ese número ya superaba los 1.300, a pesar de que había menos pasajeros en el aire.

Y, por supuesto, no olvidemos el infame motín del Capitolio el 6 de enero. 

Hay, por supuesto, muchas causas subyacentes a la delincuencia: la incertidumbre económica, la falta de oportunidades sociales que pueden alejar a los adolescentes afuera de las calles y de los problemas, y los sentimientos de desesperanza que pueden llevar a la gente a sentir que no tienen nada que perder. Pero ciertamente hay razones para pensar que el impacto mental luego que nuestro mundo se haya cerrado y el estrés extremo en el que tantos de nosotros incurrimos como resultado, ha contribuido en los cortocircuitos y en los comportamientos agresivos de algunos.

Lo que se ve y lo que no se ve

El economista Frederic Bastiat dijo: “En la esfera económica, un acto, un hábito, una institución, una ley, produce no sólo un efecto, sino una serie de efectos. De estos efectos, sólo el primero es inmediato; aparece simultáneamente con su causa; se ve. Los demás efectos sólo surgen posteriormente; no se ven. Sólo hay una diferencia entre un buen economista y uno malo: el mal economista se limita al efecto visible; el buen economista tiene en cuenta tanto el efecto que se puede ver como los que hay que prever”.

Los que impulsaron los cierres de las escuelas creyeron que estaban impulsando acciones que mantendrían a la gente a salvo de un virus. Se equivocaron en eso, pero sus intenciones eran genuinas. Pero desde el principio, esas personas fueron advertidas por buenos economistas y estudiantes de economía de las consecuencias invisibles que estas acciones traerían.

Algunas de estas consecuencias eran predecibles y estaban previstas, como la inflación, el desempleo y el retraso escolar de los niños. Otras, como el aumento del comportamiento agresivo, pueden tardar más en verse o no ser identificadas como consecuencia de las acciones gubernamentales apropiadamente.

Como dijo Soo Jeong Youn, psicóloga investigadora de la Facultad de Medicina de Harvard y del Hospital General de Massachusetts, “Esto no va a desaparecer… Estos efectos a largo plazo no van a desaparecer”.

Como ocurre a menudo, el gobierno hace desastres y nosotros nos quedamos recogiendo los pedazos rotos.

Hannah Cox – fee.org.es