No somos iguales, no nos gusta serlo, jamás lo seremos, e igualarnos por la fuerza sólo nos condena a la pobreza y la miseria

El índice de Gini debe su nombre al profesor de estadística Conrado Gini (amigo personal de Benito Mussolini y alto funcionario de su gobierno).

El índice mide la desigualdad de un país en una escala de cero a uno. Su principio es simple: cuando toda la riqueza está concentrada en pocas manos estaremos muy cerca del 1. Pero cuando esta se encuentra bien distribuida, el indicador se acerca a cero. Por lo tanto, los políticos que pretenden construir sociedades más «justas», «igualitarias» y «progresistas» deberán buscar que el mencionado indicador se acerque a cero.

Sin duda, especialmente en las últimas décadas, que el índice de Gini les sirve a los políticos de muchos países como, en el mejor de los casos, instrumento de marketing y, en el peor, como justificativo para todo tipo de tropelías.

Por ejemplo, cuando Luis Arce Catacora fungía como ministro de Economía de Bolivia, en ocasión de una conferencia de prensa a inicios del 2012, manifestó lo siguiente: «Desde el año 2005, el índice de Gini comenzó a disminuir de 0,60 a 0,59 en 2006; en 2007 a 0,56; en 2008 a 0,53; en 2009 a 0,50 y 0,47 en la gestión 2011. Bolivia está entre los siete mejores países que mejor distribuye el ingreso en la región, de ser los últimos, hoy estamos entre los siete primeros, esto es del 2005 al 2012».

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Pero la obsesión con la desigualdad no es monopolio de los presidentes y ministros del tercer mundo. Por citar un caso, Barack Obama en un discurso el año 2013 dijo: «La desigualdad es el desafío decisivo de nuestro tiempo. Es inmoral y peligroso tener en una sociedad algunos que viven muy bien y otros que viven muy mal. Por lo tanto, el Estado debe redistribuir la riqueza».

Este mismo discurso, aunque con matices acordes a cada país, lo repiten personajes como Pablo Iglesias, Rafael Correa y Alberto Fernández.

Pero cabe preguntarse si acaso es cierto que una sociedad más igualitaria es siempre preferible o más moral que una con mayor desigualdad.

Y la respuesta es un rotundo ¡no!

Porque «lograr» que todos seamos iguales, cosa imposible, es inmoral. Además, que la búsqueda de esa igualdad socava el derecho y destroza la economía. Veamos.

Si usted quisiera que todos en el fútbol jueguen igual que Leonel Messi, tendría que prohibirle desplegar todo su talento o, en el caso de buscar la igualdad económica, repartir las utilidades del genio argentino entre todos los miembros del equipo. Eso sería, simple y llanamente, el equivalente de amputarle una pierna.

Pero no es necesario recurrir a Messi para ver lo inmoral del igualitarismo. Ya que el efecto sería el mismo, si se tratara de un estudiante destacado cuyas excelentes notas son repartidas en partes iguales entre todos los compañeros de curso.

Por otro lado, esa preocupación enfermiza que tienen los gobernantes por igualar los ingresos es la principal causa de pobreza. Ya que desconoce por completo la naturaleza dinámica de la riqueza —por eso siempre se habla de repartirla— y desincentiva los futuros emprendimientos.

Por eso, no es casualidad que mientras Arce Catacora presumía de haber reducido el índice de Gini, al mismo tiempo, Bolivia se posicionaba entre los países con menores grados de libertad económica. Verbigracia, el índice de libertad humana del 2020 nos coloca como el tercer peor país de la Latinoamérica, sólo superados por Cuba y Venezuela.

De hecho, y producto del matonaje judicial, empresas como PETROBRAS, SHELL y REPSOL están abandonando Bolivia. Con lo cual la crisis energética nacional se agudiza. Al extremo de que el país tendrá que importar gas natural para el 2025.

Como agravante a todo lo anterior, Bolivia tiene una cantidad de reservas en el Banco Central de Bolivia cada vez más reducida, por ende, una capacidad cada vez menor para sostener el actual tipo de cambio fijo —el último eslabón de estabilidad del sector bancario y financiero—. También acumula un déficit fiscal cada vez más difícil de sobrellevar. Además, le está siendo muy difícil conseguir financiamiento en los mercados internacionales. Sí señores, los mismos que nos prometieron «industrializar» el gas para la «dignidad» del pueblo, nos metieron en una bomba de tiempo muy peligrosa.

Si bien, a la izquierda le es muy rentable el discurso igualitario, pues explota la envidia, la ignorancia y el resentimiento. Lo cierto es que nadie quiere ser igual al otro. Puesto que las personas, guiadas por su propia naturaleza, prefieren siempre sobresaltar en lo académico, en lo deportivo, en lo artístico, etc. En resumen, no somos iguales, no nos gusta serlo, jamás lo seremos, e igualarnos por la fuerza sólo nos condena a la pobreza y la miseria.

Hugo Marcelo Balderrama – Panampost.com