La izquierda global renueva lemas, pieles, se hace menos repudiable, pero siempre mantiene los mismos nefastos ideales que causan pobreza y atraso.

El término progresismo no tiene relación con el desarrollo, mucho menos con el económico, sino todo lo contrario, representa el retraso que implica un totalitarismo con rostro amigable. Bajo esta ideología e ideario es que la izquierda internacional se está reorganizando mediante la “Internacional Progresista”.

Tras la caída del Muro de Berlín, la izquierda se ha agrupado en distintas coaliciones. Sin el amparo de los recursos monetarios y armamentistas de la Unión Soviética, Fidel Castro convocó al líder sindical Lula da Silva, que a la postre se convertiría en presidente de Brasil, para darle sede al Foro de São Paulo respaldado por el petróleo venezolano de la era chavista.

Con el triunfo de Jair Bolsonaro, que abiertamente anunció que los impuestos ciudadanos no financiarán más a tiranías como las de Cuba y Venezuela, el centro logístico se trasladó a México con un Gobierno favorable a su causa, el de Andrés Manuel López Obrador, materializado en el Grupo de Puebla.

El politólogo y profesor Pedro Urruchurtu, en conversación con el PanAm Post, analizó ese nuevo proyecto político y comentó: “La Internacional Progresista es a la Internacional socialista lo que el Grupo de Puebla es al Foro de São Paulo”.

Ahora, en un contexto de confusión y convulsión nació —oficialmente – la Internacional Progresista. Un movimiento que se presenta como una idea innovadora, algo nunca antes visto en activismo político y social, pero que, con echarle un poco de lupa, es perfectamente detectable cómo la izquierda opera bajo el lema del progresismo. Es decir: imagen distinta, mismas ideas.

Los orígenes de este movimiento datan del 2018, en un comunicado en conjunto del Sanders Institute y el Democracy in Europe Movement 2025 (DIEM 25). El primero es un think tank creado por Jane Sanders, esposa del abiertamente socialista Bernie Sanders, senador y varias veces aspirante a la presidencia de EE. UU., el segundo es un movimiento político de izquierda europeo que busca, supuestamente, la “democratización” de las instituciones europeas poniendo la vista en el año 2025.

Contexto del nacimiento

2020 sin dudas será un año que marcará un antes y un después del mundo tal y como lo conocemos. El coronavirus acapara todas las miradas, pero detrás de este virus, los hilos del poder se mueven sigilosamente con la clara intención de expandir el control del Estado y lograr el cambio cultural para que la ciudadanía no solo lo acepte, sino que lo exija fervientemente.

No es casualidad que la Internacional Progresista haya salido a la luz justo ahora, en plena crisis no solo económica y sanitaria a nivel global, sino en medio de una sociedad confundida intelectual e ideológicamente hablando. En 2018 decían que este movimiento nacía con la intención de luchar contra el autoritarismo. Algo curioso si se tiene en cuenta que sus participantes apoyan a diestra y siniestra a tiranías como la de los Castro en Cuba o la de Nicolás Maduro en Venezuela. Es cuanto menos llamativo que este movimiento decida anunciar con bombos y platillos su irrupción justo en el momento que las libertades individuales y las democracias liberales —junto al sistema capitalista— más están siendo amenazadas por el avance de los totalitarismos.

Algunos de los miembros del consejo de este movimiento son el filósofo Noam Chomsky; el exmandatario de Ecuador, Rafael Correa: la argentina Alicia Castro; el brasilero Fernando Haddad (rival de Bolsonaro en las últimas elecciones presidenciales) y otro gran número de personajes relacionados con la izquierda tradicional y al progresismo actual.

Su maquinaria, intelectuales al frente

“Es hora de que las personas progresistas del mundo nos unamos”, espeta la página web de este movimiento que está integrado por políticos, artistas, intelectuales, líderes y personalidades que comparten ideales socialistas.

Además, cuenta con el apoyo de todo movimiento que en la actualidad se considere aliado del “progresismo”. Colectivos feministas, ecologistas, movimiento LGBTI, entre otros. De hecho, uno de los apartados dentro de los objetivos del movimiento es “empoderar a todas las fuerzas progresistas del mundo”. Discurso que se ve arraigado y recibido constantemente dentro de las masas y que la izquierda bien ha detectado para generar polarización, resentimiento y enfrentamiento social; tres elementos fundamentales para su retroalimentación.

Sin lugar a dudas este movimiento también contará con un aparato comunicacional importante. No solo en medios abiertamente progresistas y proizquierda alternativos, sino además en los medios de mayor prestigio y alto alcance como El País de España, un diario que comparte muchas posturas de la internacional y que, de hecho, dio la bienvenida abiertamente al nacimiento de la Internacional Progresista: “Noam Chomsky, Naomi Klein, Yanis Varoufakis, Fernando Haddad y la primera ministra islandesa, entre otros, instan a la defensa de la democracia, la solidaridad, la igualdad y la sostenibilidad”, lanza la entradilla de uno de los medios españoles más importantes.

Es muy importante hablar de cómo comunican en el sitio web para impactar en el lector: mediante el lenguaje inclusivo. Sabiendo que es mucho más fácil mostrarse como un movimiento incluyente, solidario, que apoya a las “causas justas” para así poder captar —sobre todo— a los jóvenes mientras estos aún se sientan identificados con sus maniobras comunicativas. La izquierda sabe venderse, ahora bajo el brazo progresista.

Por qué estas estrategias de comunicación

Apela a los jóvenes con la noción que todo lo anterior a la posmodernidad es “retrógrada” y por tanto descartable. Por ello todo, comenzando por el lenguaje, debe ser “deconstruido”, hasta la sexualidad y la identidad de las personas, pero sobre todo el rol del Estado como regidor central de la moral y el discurso. Como tal debe ser el mayor proveedor de la educación y en caso que los padres de familia estén en desacuerdo, el Estado tiene la potestad de actuar como “salvador externo”. Así sucedió en Ecuador respecto a la educación sexual, mientras que en España Vox busca impedirlo mediante el pin parental.

Es decir, no proponen una educación científica, respaldada en evidencia, mucho menos retroalimentada con el intercambio de ideas, sino una voz única y emitida desde las esferas del poder.

Fiel a lo dicho por Karl Marx, padre del socialismo científico, “en la sociedad burguesa el pasado domina el presente, en la sociedad comunista el presente domina el pasado”. A través de la infiltración en el ámbito académico, la agenda progresista ha logrado desde censurar autores, de acuerdo con su sexo y raza, hasta instaurar “espacios seguros” en las universidades para evitar todo tipo de debate, y equiparar las palabras “incómodas” con “delitos de odio”.

De modo que las universidades se han convertido en centros de adoctrinamiento donde el debate se suplanta por el pensamiento único y la exigencia que la autoridad proteja de las palabras “hirientes”.

Gobiernos tiránicos y dictatoriales han quemado y prohibido libros. El progresismo ya lo hace, llevando la redistribución de la riqueza de Marx a la “redistribución del conocimiento” en el ámbito académico. Si un grupo es considerado “privilegiado”, autores que pertenecen a él deben ser sistemáticamente removidos y suplantados por los “oprimidos”.

Por ejemplo, a través de la “interseccionalidad” que estratifica el grado de privilegio/opresión, en la Universidad Reed un grupo de estudiantes se manifestó contra la clase de una ayudante de cátedra, Lucia Martínez Valdivia, que se identifica como mestiza y queer (no conforme con los géneros binarios) porque enseñaba sobre la poetisa Safo, de la Antigua Grecia, y quien era considerada “eurocéntrica”, no lo suficientemente “interseccional”. Lo que muestra que aún entre los supuestos oprimidos hay grados de opresión que se superponen a otros.

En términos orwellianos no se trata de lograr la paz, sino de vivir en guerra perpetua. Pues acorde más conflicto social haya más se justifica la presencia del Estado regulador hasta en el aspecto más íntimo de la vida de las personas.

La guerra es la paz, la libertad es esclavitud, la ignorancia es la fuerza, es la consigna que representa el mundo gobernado por una tiranía socialista, donde la historia se reescribe cada día. Así lo advirtió George Orwell, luego de que arriesgó su vida por pelear junto a los rojos en la Guerra Civil Española y luego fue perseguido por estos cuando tomaron el poder.

A esta tripartita habría que agregarle: el progresismo es progreso, pues apelando al juego dialéctico busca instaurar opuestos como sinónimos. Porque sus artífices comprenden que controlar el lenguaje conduce al control de las mentes.

Fuente: Panam Post.