La predicción de The Atlantic sobre lo que pasaría si en Georgia se levantaban las restricciones por la pandemia fue un desastre. Pero puede enseñarnos mucho.

Es un titular que ciertamente llama la atención.

“Experimento sobre sacrificio humano en Georgia”, rezaba el título de un artículo del 29 de abril de 2020 en The Atlantic.

Escrito por la redactora Amanda Mull, el artículo sugería que la decisión del gobernador de Georgia, Brian Kemp, de dar marcha atrás en el cierre del estado y levantar las restricciones a las empresas era un experimento para ver “cuántas personas necesitan perder la vida para recuperar la economía”.

La decisión, se le dijo a los lectores, fue imprudente y mortal.

“Los funcionarios de salud pública coinciden en general en que la reapertura de los negocios -especialmente los que requieren un contacto físico estrecho- en lugares donde el virus ya se ha propagado matará a la gente”, escribió Mull.

Sin que el gobierno los proteja, lo único que pueden hacer los georgianos es “tratar de protegerse lo mejor posible”, dijo Mull. Pero concluyó que, debido a la forma en que funciona el virus, otra avalancha de casos “podría ser inevitable”.

“[Podrían pasar] dos o tres semanas antes de que los hospitales vean una nueva oleada de personas cuyos pulmones parezcan estar salpicados por vidrio molido en las radiografías”, escribió Mull. “Para entonces, no se sabe cuántas personas más podrían llevar la enfermedad a los salones de uñas o de tatuajes, haciendo su vida cotidiana, porque se les dijo que podían hacerlo sin peligro”.

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Las escabrosas predicciones de Mull no se cumplieron. En la actualidad, la tasa de mortalidad por COVID del estado es entre un 30% y un 35% más baja que la de muchos estados que aplicaron cierres estrictos, como Nueva Jersey, Nueva York, Rhode Island y Massachusetts.

Aunque la afirmación del artículo de que Georgia estaba cometiendo “sacrificios humanos” era hiperbólica, no era particularmente única. Otras publicaciones utilizarían un lenguaje similar – “Los republicanos llevan a Estados Unidos a una muerte segura”, decía un titular de The New Republic – cuando otros estados empezaron a levantar las restricciones por la pandemia.

Pero The Atlantic no es The New Republic. Es quizás la revista más estimada de Estados Unidos. Es donde la “gente inteligente” va a leer porque todavía se preocupa por el buen periodismo y cuenta con escritores como Graeme Wood.

¿Cómo es que The Atlantic falló tan gravemente? La respuesta no es difícil de encontrar. Como tantas publicaciones de medios de comunicación, la revista fue presa del miedo. Una vez que esto ocurrió, la pandemia se convirtió en una lucha moral entre los que se preocupaban por las vidas humanas y los que se preocupaban por la economía. Al emprender su cruzada, la revista, como muchos, cayó en una falacia simplista: más restricciones gubernamentales equivalen automáticamente a menos muertes.

Que este supuesto es una falacia es cada vez más obvio hoy en día, con numerosos estados abiertos que han visto la disminución de los casos de COVID, incluso cuando los estados restrictivos siguen luchando. Sin embargo, en aquella época la falacia no estaba tan clara.

Una de las razones por las que la falacia persistía era que los cierres se habían convertido en un dogma científico que no debía ser cuestionado. De hecho, el mismo mes en que The Atlantic publicó el artículo sobre el “sacrificio humano” de Mull, la revista se negó a publicar un artículo presentado por el Dr. Martin Kulldorff en el que se defendía la protección centrada en lugar de los cierres.

Para los que no lo sepan, Kulldorff es profesor de Medicina en la Facultad de Medicina de Harvard. También es bioestadístico y epidemiólogo en el Brigham and Women’s Hospital de Boston.

No obstante, The Atlantic concluyó que las opiniones de Kulldorff sobre la eficacia de los encierros no podían publicarse. Mientras tanto, la revista publicó el artículo de Mull en el que comparaba el levantamiento de las restricciones y el permitir que la gente se moviera libremente con el “sacrificio humano”.

Para ser justos con Mull, las palabras “sacrificio humano” no aparecen en ninguna parte de su reportaje; es muy posible que sean obra de un editor indisciplinado con una imaginación hiperactiva. Sin embargo, Mull no tiene credenciales científicas aparentes, mientras que Kulldorff es un epidemiólogo con experiencia directa en la detección y seguimiento de brotes de enfermedades infecciosas.

Sin embargo, las reflexiones de Mull sobre COVID se consideraron publicables, mientras que las de Kulldorff no lo fueron.

Un año después ¿Qué ha cambiado?

Un año después, han cambiado muchas cosas.

Como el propio Kulldorff señaló recientemente, The Atlantic publica ahora perfiles elogiosos del gobernador de Florida, Ron DeSantis, uno de los primeros gobernadores en adoptar una estrategia de protección selectiva en vez de los confinamientos.

“[DeSantis] retrasó el cierre de bares y restaurantes hasta después de las vacaciones de primavera de 2020. Puso fin a las restricciones antes de tiempo, permitiendo que todos los negocios de Florida re-abrieran en septiembre”, escribe David Frum. “El estado de Florida nunca impuso un mandato de mascarilla y DeSantis le prohibió a los gobiernos locales cobrar cualquier multa por violaciones de sus propios mandatos. Tal vez su decisión más consecuente fue reabrir las escuelas de Florida al aprendizaje en persona, a partir de agosto del 2020”.

Estas acciones, admite Frum, fueron amargamente controvertidas. Pero sus resultados no lo fueron.

“Florida se sitúa en el medio entre el grupo de 50 estados en cuanto a casos y muertes durante el transcurso de la pandemia: el  número 23 en casos y el puesto 28º en muertes”, escribe Frum.

Florida logró estos resultados a pesar de tener el segundo porcentaje más alto de personas mayores de 65 años en los EE.UU., sólo por detrás de Maine. (Algo que Frum no menciona.) Mientras tanto, el gobernador de Florida puede señalar dos grandes logros.

“El primero es que la tasa de desempleo en Florida nunca se disparó tanto como en otros estados. En marzo, la tasa de desempleo de Florida era del 4.7%, lo que la situaba en el puesto 19 del país; la de California era del 8.3%”, escribe Frum. “La segunda, y probablemente más importante a largo plazo, es que Florida abrió sus escuelas a la enseñanza presencial en agosto, devolviendo a los estudiantes a las aulas, incluso cuando la enseñanza en muchos otros estados seguía siendo remota”.

Qué diferencia hay entre un año y otro.

Sin embargo, a pesar del claro fracaso de los cierres -que provocaron graves consecuencias imprevistas que persistirán por décadas- y de las profecías fallidas de las casandras mediáticas, en cierto modo, parece que hemos aprendido poco. Los dogmas de COVID persisten, y Kulldorff y otros científicos de gran prestigio se encuentran censurados en YouTube por compartir opiniones médicas que los desafían. (Mientras tanto, en un golpe de ironía, la directora general de YouTube, Susan Wojcicki, fue recientemente galardonada con el “Premio a la Libertad de Expresión” del Freedom Forum Institute).

Pero los hechos, como dijo una vez John Adams, son cosas obstinadas. Y nada engendra más humildad que el fracaso. Así que hay razones para creer que una vez que el polvo de la pandemia se disipe, una nueva generación llegará a reconocer la inmortal lección de F.A. Hayek sobre la economía.

“La curiosa tarea de la economía es demostrarle a los hombres lo poco que saben realmente sobre lo que imaginan pueden diseñar”, observó el Premio Nobel.

Si los seres humanos no absorbemos este poquito de sabiduría después de lo ocurrido en el 2020, me temo que nunca lo haremos.

Jon Miltimore – fee.org.es