Platón justificaba sus atropellos para una supuesta mejor justicia, los totalitarismos modernos avanzan sobre las autonomías individuales alegando beneficios a los más necesitados que en verdad destruyen con sus políticas estatistas junto al resto de la sociedad

No es infrecuente la inconsistencia el algunos autores, incluso célebres. Pueden extraerse enseñanzas de gran provecho en ciertos pasajes y, sin embargo, pueden aparecer contradicciones graves en otros aspectos de sus escritos. Tal es el caso de Platón con sus contribuciones en determinados aspectos del conocimiento pero que se dan de bruces con su concepción política. No solo eso sino que principalmente —junto con Jenofonte— conocemos al gran Sócrates por medio de los diálogos platónicos (y no como respondió un presidente argentino en ejercicio cuando le preguntaron en Roma cual era su lectura favorita dijo “las obras completas de Sócrates”).

Hay mucho escrito sobre la concepción política de Platón pero tal vez las dos obras más completas en este territorio sean la de Karl Popper La sociedad abierta y sus enemigos y la de George Sabine Historia de la teoría política. En este último trabajo el autor destaca la insistencia de Platón en La República en que los gobernantes civiles y militares deben operar en el contexto de la abolición de la propiedad privada, el matrimonio, la familia e incluso renunciar a tener mascotas al efecto de concentrarse en la administración del aparato estatal sin apegarse a ninguna noción del derecho y solo en base a sus inspiraciones de la justicia que han sido inculcadas por un sistema educativo totalmente estatal y también la liquidación de niños enfermizos que no sirven al estado así como la severa limitación de “poetas, pintores, y músicos que solo sirven para corromper las costumbres al infiltrar el aguijón de la voluptuosidad.”

Por su parte Popper subraya el totalitarismo de Platón y la ingeniería social utópica de Platón que todo lo abarca vía gobernantes “iluminados” que solo se vinculan con la divinidad como antecedente de Hegel en la misma materia. Incluso destaca la hipocresía de Platón al sostener en la antes mencionada obra que “es de incumbencia de quienes gobiernan la ciudad el decir mentiras para engañar tanto a los enemigos como a los propios ciudadanos para el bien de la ciudad.” Concluye Popper que este modo de proceder en palabras de Platón se traducen en “propaganda, la técnica del control de comportamientos” puesto que, como queda dicho, la justicia es definida como todo lo que sirve a los intereses del estado totalitario. Popper apunta que en el esquema platónico de la política “los filósofos y los soldados son supervisores” del sistema en base a “demandas de poderes sobrenaturales y místicos atribuidos a los líderes que no son como el resto de los mortales, ellos pertenecen a otro mundo” por lo que encuentra que el llamado “filósofo rey se me hace muy similar al rey-sacerdote de la tribu primitiva.”

Precisamente Popper y tantos otros pensadores liberales sugieren se abandone la idea del “filósofo rey” que modernamente se conoce como “estadista” para concentrarse en marcos institucionales fuertes “para que el gobierno haga el menor daño posible”. Es lo que ocurre en lugares como Suiza que nadie recuerda el nombre del gobernante pues de lo que se trata es de contar con instituciones civilizadas y no caudillejos con esas sonrisas pornográficas en campaña en medio de instituciones degradadas que no protegen los derechos de la gente sino que los conculcan.

Vivimos la era de la ingenierías sociales impuestas desde los aparatos estatales que abren de par en par las puertas para que megalómanos manejen a su antojo vidas y haciendas ajenas. Platón justificaba sus atropellos para una supuesta mejor justicia, los totalitarismos modernos avanzan sobre las autonomías individuales alegando beneficios a los más necesitados que en verdad destruyen con sus políticas estatistas junto al resto de la sociedad.

En lugar de aprovechar el conocimiento disperso y fraccionado entre millones de personas coordinados en una sociedad abierta, los burócratas concentran ignorancia con sus controles absurdos provocando todo tipo de desajustes y miserias.

En el caso argentino es indispensable repasar los consejos alberdianos y volver a implantar el respeto recíproco como eje central de convivencia, lo cual antaño hizo de nuestro suelo uno de los más prósperos del planeta moral y materialmente considerado por lo que era la atracción de todos y no como de un tiempo a esta parte que se fuga la población que puede instalarse en otros lares para zafar del Leviatán local.

Alberto Benegas Lynch – Panampost.com

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