Una personalidad tan narcisista como la de Guevara no estaba dispuesta a morir en el olvido. La izquierda tiene una enorme capacidad de crear relatos, y hoy, la veneración al Che no es un problema sólo de Latinoamérica, sino de Europa, Asia y África

Su enorme capacidad de crear relatos es algo que debemos reconocerle a la izquierda. Por medio de elaboradas historias de «opresores» y «oprimidos», «reivindicaciones» y «revanchismos», se instalan como novísimas tesis que, de lo viejas que son, ya huelen a naftalina.

Para estos defensores de los absurdos Cuba no es una dictadura, sino otra forma de «democracia». Tampoco reclaman por la violenta represión a periodistas en la Nicaragua de Daniel Ortega. Los miles de venezolanos que huyen del hambre y la miseria son gente con poco espíritu bolivariano. Y el Che Guevara —quien asesinó a cientos de homosexuales en La Cabaña y en el campo de concentración de Guanahacabibes­— es el máximo símbolo de libertad para la comunidad LGTB. Básicamente, los panegiristas de la izquierda convierten lo bueno en malo y viceversa.

Empero, pasar de asesino de gais a héroe del colectivo multicolor no es el cuento más absurdo que inventó la izquierda sobre Guevara, sino convertirlo en prototipo del guerrillero valiente —aunque en la práctica era un pésimo estratega y un cobarde de campeonato—. Veamos.

El 25 de diciembre de 1964, Guevara emprendió una gira por los países africanos. En esa excursión, el Che consiguió el apoyó del presidente de Tanzania, Julius Nyerere, para montar una retaguardia en el lago Tanganica —que limita con el Congo—. Y de esa manera montar una guerrilla para apoyar a las fuerzas rebeldes congoleñas.

En ese mismo periplo, Guevara se reunió con Gamal Abdel Nasser, presidente de Egipto, con la intención de arrancarle algún apoyo para su aventura. Nasser —luego de explicarle que los negros no iban a aceptar ser comandados por un blanco extranjero— mandó al Che por un tubo, pues no estaba dispuesto a gastar un centavo en tamaño disparate.

A pesar de todo esto, a mediados de 1965, partió de Cuba con rumbo al Congo Ernesto Guevara. El Che llevaba un pasaporte falso, además, del sueño de tumbar al imperialismo en el continente negro.

No obstante, al poco tiempo de su arribo al Congo, el Che pudo constatar los malos hábitos vigentes entre los guerrilleros locales. Pues los combatientes congoleños frecuentaban más los burdeles que los campos de entrenamiento. Ni siquiera el uso de su nombre y fama le sirvieron para obtener el respeto de los locales. Pues —como ya se lo había advertido Gamal Abdel Nasser— para los africanos los blancos, sin importar el discurso que traigan, siempre serán extranjeros e imperialistas. De hecho, fue el propio Guevara quien hizo público la mala relación que tenía con los congoleños. Por ejemplo, en su diario de campaña escribió lo siguiente: «Les hablé en francés, enfurecido les dije que prefería un ejercito de mujeres antes que a individuos de esa categoría».

Después de no pocas dificultades, el Che decidió atacar la planta hidroeléctrica de Front de Forcé. Cuando los 40 guerrilleros cubanos y los 160 congoleños se enfrentaron a los soldados que protegían la planta se dieron cuenta que pasar más tiempo en burdeles que entrenando traía consecuencias. Guevara resumen ese episodio como un fracaso completo, y en su diario de campaña se puede encontrar lo siguiente: «Abrieron fuego contra el cuartel tirando al aíre, pues la mayoría de los combatientes cerraban los ojos y oprimían el gatillo hasta acabar con la munición». Empeorando las cosas, varios guerrilleros cubanos plantearon su deseo de volver a Cuba.

Para mal de males, el 03 de octubre de 1965, Fidel Castro leyó la famosa carta de despedida que Guevara le había entregado. Muchos aseguran que esta lectura fue una jugada estratégica de Castro para deslindarse de todos los errores de Guevara y, de esa manera, sacárselo de encima. El comandante Guevara, superado por la realidad, decidió emprender la retirada.

Sin embargo, una personalidad tan narcisista como la de Guevara no estaba dispuesta a morir en el olvido. Eso nos lleva nuestra siguiente parte: la guerrilla en Bolivia.

Si bien Castro ya había destruido políticamente a su camarada, al enterarse que el Che pretendía instalar una guerrilla en Bolivia, intentó convencerle de regresar a Cuba para «apoyarlo» en la planificación de tan grande empresa.

¿Por qué Castro, ya enrolado con la URSS, ayudaría al Che en su aventura boliviana?

Porque, si Guevara tenía éxito ¡estupendo! Castro tendría un satélite en el centro de Sudamérica. Empero, si fracasaba, con una fuerte lamentación le bastaba. Total, el Che ya había roto cualquier vinculo oficial con Cuba.

Con un puñado de 15 hombres, y con la esperanza de conseguir el apoyo del Partido Comunista Boliviano, el Che ingreso a Bolivia el 07 de noviembre de 1966. Pero, aparte de un grupo de marxistas fanáticos (como los hermanos Peredo), el Che no consiguió ninguna ayuda de la izquierda boliviana —en ese entonces completamente alineada a la URSS—. Incluso, y repitiendo la experiencia del Congo, Mario Monje, presidente del Partido Comunista Boliviano, le reclamó que un extranjero pretenda dar órdenes en Bolivia.

Para sumar a todas esas dificultades, fueron los mismos campesinos bolivianos que se encargaron de notificar a las autoridades locales la presencia de los guerrilleros extranjeros. Iracundo ante la apatía de los campesinos Guevara escribió en su diario una de sus tantas sentencias de corte racista: «Los bolivianos son como animalitos».

Finalmente, luego de asesinar a soldados y policías bolivianos (además de matar al perro policía Tempestad), el 08 de octubre de 1967, el Che Guevara es tomado prisionero en la quebrada del Yuro en la provincia boliviana de Vallegrande. Al día siguiente, Mario Terán, sargento del Ejército boliviano, cumpliendo órdenes superiores, fusila al guerrillero.

La derrota, captura y muerte de Guevara son, sin lugar a duda, las páginas más gloriosas de la historia del Ejército boliviano en la segunda mitad del siglo 20. Penosamente, esa victoria que se gano en las armas se perdió en la cultura. Puesto que la izquierda supo capitalizar la imagen del Che. Ya que convirtieron a un sanguinario y estratega fracasado en un símbolo de la bondad y la lucha por las causas nobles.

La veneración al Che no es un problema sólo de Latinoamérica, sino de Europa, Asia y África. Hoy el Che es un estandarte de las movilizaciones populares en sus diferentes versiones y manifestaciones. Cabe tanto en un acto del Partido Comunista como en una cancha de fútbol; en un concierto de los Rolling Stones, como en una marcha ecologista; en una manifestación obrera, o como cuadro decorativo de un restaurante elegante de cualquier barrio acaudalado de una capital occidental. En resumen, Guevara es el producto de consumo para el revolucionario que quiere cambiar el mundo desde el Starbucks más cercano a su casa.

Hugo Marcelo Balderrama – Panampost.com

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