Doblaron las campanas en América Latina al saberse las noticias que llegaban desde Chile. Un hálito de desaliento para unos o la efervescencia triunfalista para otros se configura en un país marcado por una polarización que se ha constituido en determinante para los chilenos a la hora de plantear su voto: ¿por cuál de los extremos, finalmente, me inclino?

Pero hay ciertas cuestiones que no podemos dejar de lado en el análisis de un país de referencia para los demócratas del continente. Desde el denominado ‘estallido social’ de 2019 que dio pie a las convulsiones sociales que se prolongaron durante meses, Chile se enfrenta a su propio destino: es el país donde todo está en cuestión.

Todo empezó con las falsas premisas de que el sistema chileno no funcionaba, que las élites no habían hecho su trabajo y que era uno de los países más desiguales del continente. Pero después de que el transporte público incrementase su precio, la mecha se había encendido y todos aquellos argumentarios extraviados parecían calar con sutileza entre un grupo de ciudadanos insatisfechos.

Entonces, como si de un remilgo obsoleto se tratase, empezaron a brotar las arengas empecinadas demandando una nueva Constitución. La historia se repite, las comparaciones son odiosas y nadie aprende en cabeza ajena. La realidad es que la Constitución de 1980 tiene más de cincuenta reformas. En el año 2005 el presidente socialista, Ricardo Lagos, tras la aprobación por el Congreso chileno de una serie de reformas constitucionales propuestas por él mismo, manifestó:

“Hoy, el nuevo texto constitucional se pone a la altura del espíritu democrático de todos los chilenos (…) hoy Chile se une tras este texto constitucional”. Entonces, el falaz argumento de que la Constitución del ochenta es la ‘constitución de la dictadura’ o la ‘carta del dictador’, sencillamente, no se sostiene.

En contrapartida, Chile con su actual Constitución es una democracia sólida y la tercera mejor de América Latina donde sus ciudadanos gozan de garantías y libertades plenas. Es el país con las instituciones públicas más respetadas de la región, con los índices más bajos de corrupción y uno de los países que más ha reducido sus índices de pobreza y desigualdad en el continente.

Vargas Llosa había anticipado, a propósito de las elecciones en Chile la situación de la región latinoamericana bajo la siguiente idea: “en estos días podremos estar perdiendo América Latina”. Podemos atender a ese alegato siempre y cuando sepamos con qué envoltura se disfraza el discurso ‘progresista’ amamantado por los mejores intérpretes caribeños y transnacionales: feminismo, igualitarismo, intervencionismo, estatismo y plurinacionalidad.

Al final del día, para las alegorías iniciales y los discursos radicales resulta que los problemas de Chile no son la economía, el fortalecimiento institucional y democrático, los niveles de desempleo o el desarrollo humano, sino, los mismos que se abordan con ímpetu e ingenuidad rastrera en la España de Pablo Iglesias y Podemos o en la Argentina peronista de Alberto Fernández, entre otros miembros que se jactan de los vicios del perverso modelo político cubano.

Boric, presidente de Chile, ha ganado las elecciones con una interesante diferencia de algo más de diez puntos frente a Kast. Será presidente de aquel país un político que nunca en su vida trabajó ni ha digerido los sinsabores de la clase trabajadora, oprimida o excluida, a la que dice defender. Empezó estudiando Derecho, carrera que nunca pudo concluir y se perfila como primer mandatario de uno de los países con mejores índices de competitividad y educación de América Latina, hasta ahora.

Las élites chilenas no se han aclarado y no reflexionaron acerca de su capacidad para maniobrar la movilización social que se venía gestando desde tiempo atrás porque se confiaron en una planteamiento erróneo y reiterativo: mientras la economía vaya bien, lo demás vendrá por añadidura…Y todo bajo la estela de un centrismo inocuo, cuando la izquierda nórdica que añoran sus adeptos en América Latina, sencillamente, no existe.

Y sí, la política juega un papel determinante en un ambiente de discursos enfrentados, tanto como la economía y la cohesión social. Algo de lo que han sido incapaces los presidentes, políticos y alfiles del sistema que preceden a este momento histórico.

Las nuevas generaciones de chilenos que han crecido en ese estado de bienestar que les ha proporcionado su país no han conocido la decadencia, el sufrimiento de la migración, las colas del hambre o las cartillas de racionamiento. Han votado a un presidente que defiende un modelo probadamente fracasado en el mundo y, más aún, en una región que se empecina en repetir sus mismos errores una vez tras otra. Chile, entonces, se suma a la lista del progresismo utópico que nada tiene que ver con mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Se viene el Chile de la involución.

Mateo Rosales – Panam Post.

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