Creer en algo sin pruebas, sólo con proyecciones hipotéticas en el futuro, es un culto. Un culto apocalíptico, por cierto.

El único argumento a favor del cambio climático es que la mayoría de «expertos» y «científicos» dicen que es así. Pero el argumento de autoridad es una falacia lógica. Argumente cómo son los hechos, no que mucha gente piense de cierta manera por muy respetados que sean. Y es que la popularidad de una creencia no equivale a su grado de verdad. Creer en algo sin pruebas, sólo con proyecciones hipotéticas en el futuro, es un culto. Un culto apocalíptico, por cierto.

Los medios ponen el énfasis en imágenes de glaciares derritiéndose; un enfoque seleccionado (un árbol) que deja fuera todo lo demás. El conjunto (el bosque) dice que las playas están en el mismo lugar donde estaban cuando empezaron con esta estafa propagandística hace 50 años o que en marzo de 2021 se registró el mayor nivel de hielo en el ártico de la serie histórica. Cinco segundos de imágenes televisivas más de una cosa que de otra es editorializar tácitamente al manipular el contexto.

El efecto invernadero es una estafa. Los hechos son que el C02 en la atmósfera representa el 0,04 % de la misma, y de ese 0,04 % sólo el 0,01 % se debe a la actividad humana. ¿Cómo influye eso en la temperatura global, que ni siquiera se puede medir? Todo sea dicho, China es el país que emite la mayoría de ese 0,04 % x 0,01 % = 0,0004 %, insignificante para la temperatura del planeta azul. Además, ¿los gases que no dejan salir los rayos solares no deberían impedir que entrasen en primer lugar? La narrativa es absurda.

La temperatura y el clima de la tierra siempre están cambiando, independientemente del comportamiento humano. El factor principal, entre otros innumerables, es la temperatura de la superficie del Sol. La humanidad no puede alterar eso. Una cosa es la contaminación, un problema, de hecho; algo completamente distinto a la temperatura de la tierra, pero que se mezcla maquiavélicamente para conseguir el lavado de cerebro.

Lo que se repite es sencillamente propaganda destinada a explotar las debilidades del ego. Hace sentirse importante por ser parte de la gente guay; es decir, elitismo («científicos», «expertos») y alimenta el narcisismo mesiánico de la época de Instagram. De este modo, al sentirse bien, el ego se encuentra (más allá de la consciencia) dispuesto a aceptar la pérdida de derechos y libertades, para implantar la totalitaria agenda globalista (Agenda 2030 de la ONU / Great Reset) que satisface sus objetivos animales (grupo, reproducción, estatus social, ganancia).

Es la misma historia cuando los «expertos» dicen que las mascarillas, empobrecer a la sociedad, la campaña de terror mediático o los toques de queda son buenos para la salud. La propaganda lleva al síndrome de Estocolmo, a ser esclavos de nuestros instintos, y hace que la mayoría compre la soga con la que se ahorca. El ego defiende la mentira porque la verdad es una amenaza a sus objetivos ocultos. Que cada uno muere por su propia mano es un hecho indiscutible.

Las ideas generalizadas siempre están equivocadas. En la Edad Media, decían ser «religiosos» y los que se oponían «herejes». En el siglo XX, los buenos hacían las cosas por el «bien del estado» y aquellos que se oponían eran «enemigos del estado». Ahora, lo llaman «ciencia», y los que se oponen son «anticientíficos». Es exactamente la misma estructura del ego representada en el colectivo.

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Desde la aparición del protoplasma en la tierra hace millones de años, la evolución ha ido desplegándose progresivamente con la más elegante y sutil de las armonías. Decir que el ser humano, cúspide de esa evolución, está destruyendo el planeta por el mero de hecho de existir es la mayor de las absurdeces; un intento de rebelión adolescente contra la vida misma equivalente a un inconsciente suicidio colectivo. Falta de serenidad interna proyectada hacia la sociedad.

Javier Villar – laiberia.es