Este hombre ha vivido en una alcantarilla abandonada con su esposa por más de 22 años. A pesar de las ofertas de los funcionarios municipales para darle un nuevo hogar, los rechaza a todos y dice que está contento con lo que tiene.

Hace más de dos décadas, María García y su esposo, Miguel Restrepo, se conocieron en las calles de Medellín, la segunda ciudad más grande de Colombia, la cual una vez fue apodada “la ciudad más peligrosa del mundo”.

Restrepo y García eran drogadictos en ese momento, a punto de rendirse, pero juntos, encontraron la fuerza para perseverar y salir de sus adicciones.

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Sin amigos ni familiares en los que pudieran confiar, la pareja sin dinero buscó refugio en una alcantarilla abandonada que estaba ubicada lejos del ajetreo y el bullicio de la vida de la ciudad.

Veintidós años después, en 2012, todavía viven en el lugar donde encontraron refugio.

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La pareja, junto con su perro, Blackie, viven en una alcantarilla abandonada que mide 19 metros cuadrados y tiene solo 1,3 metros de altura, y no es lo suficientemente grande como para caminar erguido en el interior.

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Dentro de su pequeña casa equipada con electricidad, lograron poner un armario, una cama, una silla y una estufa. Usan un ventilador para enfriar su lugar, cuando hace mucho calor.

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Incluso tienen televisión y radio para el entretenimiento. Dicen que aunque su hogar es inusual, tiene todo lo que necesitan.

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Mantener una buena higiene sigue siendo un desafío, la pareja no se ducha. En su lugar, usan cubos de agua para lavarse.

Cuando hay sol, la abertura circular de la alcantarilla actúa como un tragaluz, haciendo que la pequeña casa sea cálida y luminosa. Cuando llueve, usan bolsas de plástico para cubrir la abertura y evitar que el agua entre en su casa. Por la noche, “cierran” su casa colocando tablones en la parte superior de la entrada.

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A pesar del espacio limitado, Restrepo no quiere abandonar este lugar al que ha llamado su hogar durante más de 22 años.

“No quiero cambiar esto por una casa porque si me voy de aquí, tendría muchos deberes, como pagar los impuestos, el alquiler, tickets para comprar alimentos”, dice Restrepo, quien está en sus 60 años.

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El tuvo que dejar su trabajo como reciclador público debido a una enfermedad pulmonar, y ahora él y su esposa viven de la caridad de sus vecinos y, a veces, del dinero que Restrepo obtiene al ayudar a estacionar automóviles en la calle. Hay días que padecen hambre.

“Algunos días tenemos comida y otros carecemos de comida, pero uno se acostumbra a ello”, explica.

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A pesar de las duras condiciones en las que vive, logra encontrar la felicidad en sus circunstancias y apreciar lo que tiene.

De hecho, él piensa que vive “mejor que el presidente”.

Cerca de la alcantarilla, él y su esposa crearon un lugar donde cultivaron un pequeño jardín. Tienen flores e incluso un árbol de Navidad, que a veces decoran para las fiestas.

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Restrepo siempre está agradecido a sus vecinos por la forma en que lo han aceptado en este distrito industrial de Medellín.

Él comparte un pedazo de sabiduría sobre su situación: “Hay que sembrar para poder cosechar. Si uno se conduce bien, su vida es buena. Si uno se comporta mal, su vida es mala”.

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Aunque la forma en que vive Restrepo y su esposa no parece muy cómoda, parecen satisfechos con su situación y les gusta tanto su residencia única que nunca piensan en aceptar ofertas de ayuda para encontrar otro lugar.

Hablando con AFP, Restrepo dice: “No cambiaría esto por una casa”.

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Categorías: Historias

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