A cada paso que da, alguien detiene a Mira Rai para hacerse una fotografía con ella, saludarla o simplemente agradecerle algo. Ella sonríe, posa y señala a su acompañante. Esta atleta de ultra distancia nepalí con un álbum de recuerdos sin igual, se encuentra en Tailandia, corriendo la franquicia de UTMB en tierras asiáticas. Por estos lares, le resulta imposible pasar desapercibida.

Piensa Mira que, a veces, el destino puede ser burlado. Solo a veces, y a costa de un sacrificio extremo. El suyo, destino y sacrificio, parecían escritos desde la Nochevieja de 1988, cuando llegó al mundo en un diminuto punto del planeta, una aldea en Nepal donde se levantaban, a duras penas, tres cabañas. Lejos de todo. Allí creció Mira Rai con cuatro hermanos más, tres chicas y dos chicos, una pequeña maldición para sus padres: “Ellos querían chicos porque en mi país ellos trabajan, estudian y pueden tener un futuro. Las mujeres ayudamos en casa y nos casan pronto para tener hijos, y poco más”.

Y así, cuatro años tenía cuando caminaba hora y media a la escuela y regresaba directa para ayudar en el campo, recogiendo maíz, cocinando con su madre. “Hacía lo que podía para ayudar en casa, porque había años en los que el campo no daba frutos y apenas podíamos comer. Yo siempre intentaba hacer algo más, ayudar un poco. Ya sabía lo que iba a ser mi vida, pero no quería eso”.

28 kilos a la espalda

Todo siguió el curso esperado: abandonó el colegio a los diez años, regresó al campo y comenzó a echar una mano en el mercado, o camino del mercado junto a su madre, transportando a diario sobre su espalda los 28 kilos que pesaba cada saco de arroz que vendían. Quince horas de trabajo diario interrumpidas de la manera más inesperada.

El país entró en un conflicto armado y la guerrilla maoísta irrumpió en el poblado de Mira, ofreciendo a los jóvenes la oportunidad de unirse a filas. “Era mi ocasión de cambiar, aunque yo todavía no lo sabía. En el ejército trataban igual a chicos y chicas y allí podríamos comer dos veces al día. Mira, a espaldas de sus padres, se alistó. Les dijo que apenas serían unos días fuera de casa, y fueron dos años. Su alistamiento no añade dramatismo al guion de su vida, no hay tiros ni traumas: “No, no entré en combate, aprendí a disparar pero no tuve que hacerloen realidad, pero sí fueron años que cambiaron mi vida, porque allí empecé a hacer deportes como el kárate, y empecé a correr”.

De vuelta al mundo civil y acogida por una ONG en Katmandú, Mira descubrió su vocación gracias a dos compañeros de armas: “Corrí con ellos y me pidieron que les acompañara una semana después y fui, porque me gustaba correr”. Y pasaron esos siete días y la todavía adolescente nepalí se encontró metida en una carrera de 50 kilómetros cuesta arriba y abajo sin más útiles que un par de zapatillas desgastadas, un pantalón y una camiseta. “Yo no sabía que era una carrera, pero empecé y me noté bien hasta que tuve que parar cuando empezó a granizar. Iba rápida y en el kilómetro 40 me empecé a marear porque no había comido ni bebido nada. Por suerte otro atleta me dejó dinero y pude comprar un zumo y unos fídeos. Me recuperé y llegué a meta sin saber que había ganado”.

Poco a poco, y gracias a la ayuda de varios ángeles de la guarda que apoyaron su prometedora carrera, Mira comenzó a entrenar, a cambiar su rumbo 180 grados, no sin sufrir varios tropiezos que casi casi destruyen el sueño. La gran reválida llegó cuando cruzó de continente y probó en carreras europeas, en las que arrasó. Llegó entonces el Maratón del Mont Blanc: allí estaba la élite mundial y allí estaba Mira, bañada en lágrimas apenas unos días después de que el terremoto de Nepal sepultara la vida de muchos amigos, dispuesta a rendirles tributo. Faltaban 100 metros para llegar a la meta cuando pudo por fin desplegar su pequeña bandera nepalí para mostrársela al mundo, que admiraba asombrado: ¿Quién era esa niña que había ganado a las mejores atletas del mundo y había batido el récord de la prueba?

Su historia no tardó en recorrer el planeta trail y pronto Salomon la reclutó para difundir sus valores calzando sus zapatillas y vistiendo su ropa. Ella supo aprovechar esa pequeña y bien ganada fama: “Me conocía mucha gente, así que yo quise devolver a Nepal todo lo que me había dado, por eso creé una fundación para ayudar a las niñas nepalíes, para que estudien, se formen y entrenen para que tengan las mismas oportunidades que yo. Y algunas ya lo están consiguiendo”.

Ahora, ya solo queda el futuro, en el que Mira no descarta nada: “Yo quiero seguir haciendo cosas nuevas y claro que me planteo la política, ¿por qué no? Si son ellos los que pueden hacer cosas para cambiar mi país, yo tendría que intentarlo. Palabras mayores para una mujer con mil vidas en una y que, de momento, se conforma con calzarse las zapatillas y brincar por las montañas: “Correr me hace sentir libre y cuando me siento muy cansada suelo acordarme de mi infancia. Sí, podría decir que mi vida no ha sido nada fácil, pero bueno, creo que he luchado para cambiarla”. Un cuento como merece, con final feliz.

Fuente: 20minutos.es

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