Los padres siempre quieren darles a sus hijos lo mejor, pero ¿qué es lo mejor para ellos?

Proporcionarles alimento, abrigo, afecto y contención parece ser una responsabilidad implícita, pero más importante aún, los padres deben enseñarles a los niños a ser buenas personas.

Cuenta una antigua historia china que un bandido había cometido tantos delitos, que finalmente fue llevado ante los tribunales y condenado a muerte. Antes de su ejecución, el delincuente pidió un último deseo: ser acunado por su madre por última vez. El juez concedió el deseo, y cuando la madre se acercó llorando y abrió sus brazos para acunarlo, el bandido la mordió con fuerza.

Desconcertada y dolorida, la madre preguntó a su hijo por qué le hacía daño a quien lo había criado por tantos años.

El malhechor, con lágrimas en sus ojos, contestó: “Cuando era chico y me aproveché de un hombre por primera vez, no me regañaste; en cambio, me elogiaste y me dijiste que era muy inteligente. Cuando por primera vez traje lo que había robado a nuestra casa, tampoco me reprendiste; en cambio, me halagaste y lo llamaste un ‘acto de piedad hacia la familia’. Tú eres la razón por la que me he convertido en un ladrón desenfrenado que hoy está a punto de ser ejecutado; ¿por qué no me estás aplaudiendo ahora? ¡Si me hubieras disciplinado siempre que me encontraras haciendo algo malo, hoy no estaría frente a la guillotina!”

Esta historia nos brinda un claro ejemplo de cómo un progenitor que solo satisface las necesidades materiales de sus hijos deja de cumplir el rol más importante para ellos: el de brindar una educación moral digna de un ser humano.

El niño está sujeto a las buenas y a las malas influencias; por eso es que cada palabra y acción de sus padres son una forma de educación para él.

La gente de la antigua China solía decir: “Es una falla del padre si viste y alimenta a un hijo pero no le enseña a distinguir lo bueno de lo malo”.

Mientras que el sabio chino Lao Zi enseñaba: “Los padres no deberían ser demasiado tolerantes, ni demasiado estrictos. Solo cuando hay padres sabios, hay buenos hijos. Solo cuando hay padres afectuosos, hay hijos respetuosos. Los padres deberían ser conscientes de esto”.

Cada persona madura a un ritmo diferente, pero la educación de una persona antes de su adultez generalmente tiene la mayor repercusión en su carácter.

Si un niño es capaz de distinguir correctamente lo bueno de lo malo, la bondad de la maldad y la verdad de la mentira, será capaz de hacer buenas y sabias elecciones.

Si a los niños del mundo se les enseñase a ser sinceros, amables y compasivos, esto los hará impermeables a la presión social que los induce a hacer cosas malas y no tendríamos que preocuparnos por la posibilidad de que incurran en malas elecciones y arruinen sus vidas.

Procuremos que el bajo nivel moral de la sociedad de hoy no tenga un impacto mayor en las vidas de las futuras generaciones.

A fin de enseñar a nuestros niños a distinguir lo bueno de lo malo, los padres tenemos que saber distinguirlo primero nosotros mismos. En una sociedad caótica como la de hoy, esta parece ser la única forma de crear un ambiente positivo para nuestros niños, los adultos del futuro.

(Adaptado de artículo de la revista 2013 y más allá editada en Argentina)

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