Esta es una historia real que me contó mi abuelo, que era un médico muy conocido en su pueblo natal. Una vez recibió una llamada urgente de un pueblo vecino, así que esa misma noche se subió a un bote para ver a su paciente. Llegó muy temprano de madrugada y, para no incomodar a los parientes del enfermo, decidió esperar hasta una hora más adecuada antes de golpear la puerta. Encontró un banco en la oscuridad y se acomodó para tomar un descanso.

Mientras descansaba, escuchó una conversación entre dos niños. “Vamos, olvídate de la deuda. De todos modos ella es tu madre”. “De ninguna manera. Deuda entre familiares también es deuda. Ella me debe y tiene que pagarme cada centavo”. “¿Cuánto te debe?” “Siete centavos”. “¿Cómo vas hacer para recuperarlos?” “Yo tengo mi manera. ¡Observa!”

Mi abuelo se despertó y se dio cuenta de que se había quedado dormido. Aunque la conversación entre los niños le había parecido muy real, miró alrededor y no había gente ni casas u hospedajes cerca. ¿De dónde habían venido las voces? Estaba confundido. Volvió a observar y se encontró sentado en una especie de cementerio, entre muchas tumbas nuevas. Cerca de él había una que era muy nueva; la tierra estaba húmeda y aún fresca.

Mi abuelo estaba asustado. En ese momento, al amanecer, vio a una mujer joven acercándose. Tenía un bonito pañuelo en la cabeza y un lindo delantal con un estampado de flores azules, y llevaba una canasta. Al acercarse, vio que tenía una pequeña flor blanca en su cabello (una costumbre china; cuando se muere un miembro de la familia, las mujeres llevan pequeñas flores blancas en el cabello y los hombres llevan una tela negra en uno de sus brazos) y que lucía muy triste.

La mujer se dirigió hacia la tumba nueva, prendió unas velas e incienso, y sacó un poco de arroz y unos platos pequeños. Mientras lloraba, decía: “Hijo mío, moriste tan joven. ¿Sabes cuánto te extraño cuando veo a otros niños? Hijo mío, soy tan miserable. Por favor, respóndeme si puedes escucharme…” Escuchando su lamento, mi abuelo estaba profundamente conmovido por el sufrimiento de esta joven madre que había perdido a su hijo.

De repente, el fuego de una vela encendió el delantal de la mujer. Cuando apagó el fuego, su precioso delantal tenía una punta quemada. Ella se lamentó: ‘Apenas ayer compré este delantal por siete centavos”.

Mi abuelo quedó sorprendido, con la boca y los ojos muy abiertos. Comprendió en ese instante que la vieja enseñanza contada desde siempre por los ancestros era cierta: cada acción debe pagarse, lo bueno con lo bueno, lo malo con lo malo. De una u otra forma, al final, la cuenta siempre terminará por saldarse.

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Temas: Categorías: Cultura

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