Serguéi Konstantínovich Krikaliov es conocido como el último ciudadano de la Unión Soviética. La gestión comunista que lo envió a las estrellas dejó de existir antes de traerlo de vuelta a la Tierra.

Es probable que los argentinos osados que viajaron al exterior durante la pandemia, al ver que Alberto Fernández desautorizaba arbitrariamente los vuelos de regreso, hayan pensado que nada en el mundo podía ser peor. Estar varado en otro país, lejos de casa y con el efectivo escaseando puede hacerle sentir a uno que se trata de una verdadera desgracia. Sin embargo, la historia reciente muestra que puede haber cosas peores. ¿Cómo qué? Como que la potencia espacial que te mande a las estrellas deje de existir mientras estás mirando al planeta desde lejos.

Eso fue lo que le pasó a Serguéi Krikaliov, que partió desde la Unión Soviética con rumbo al espacio exterior el 19 de mayo de 1991. Aunque viajó acompañado por un compatriota y una astronauta británica, sus colegas fueron regresando según estaba establecido. Sin embargo, para el mes de julio, Krikaliov accedió a permanecer un tiempo más para realizar unos experimentos y ciertas tareas de mantenimiento en la estación. Se trataba de uno de los ingenieros más preparados del Instituto de Mecánica de Leningrado, por lo que era el hombre ideal para la tarea.

El plan era que un astronauta de Kazajistán lo reemplace en el corto plazo, producto de una negociación de las cúpulas políticas, absolutamente alejadas de la realidad. El problema era que el país no contaba con un especialista entrenado y, como si fuera poco, la disolución del bloque soviético terminó con los acuerdos del espacio comunista. Krikaliov seguía en el espacio mientras la Unión Soviética se desmoronaba como un castillo de naipes. “Todo está bien”, le decían al hombre que comenzaba a impacientarse y a preocuparse por su vida.

Mientras que sus contactos le decían que no había nada por lo que preocuparse, y seguían pasando los meses, en el rincón del planeta donde había nacido el astronauta pasaba de todo.

Como rechazo a las políticas de reformas de Mijaíl Gorvachov, un espacio político buscó generar un golpe de Estado para retornar al modelo centralista autoritario, que de a poco dejaba de existir. El mismo fue frustrado y las consecuencias fueron las opuestas a las intenciones de los golpistas. Gorvachov terminó renunciando y el 26 de diciembre de 1991, formalmente la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas dejó de existir.

Ante semejantes movimientos históricos, en Moscú el pobre hombre en el espacio no era la prioridad número uno. Luego del acomodamiento político y burocrático, el astronauta pudo regresar a su planeta recién el 25 de marzo de 1992. La URSS ya no existía y ni bien aterrizó le informaron que, a partir de ahora, él era un ciudadano ruso.

Había pasado 331 días, 20 horas y un minuto en la estación espacial Mir.

Ya como astronauta ruso, tras la disolución de la URSS, viajó cuatro veces más al espacio y es el segundo ser humano que más tiempo pasó en el cosmos. Hoy en día es uno de los veteranos más respetados de Rusia. En mayo de 2007 fue nombrado «Ciudadano Honorable» de San Petesburgo.

Marcelo Duclos – Panampost.com

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