Redacción BLesDesde la antigüedad los chinos creían que la humanidad debe armonizarse y fusionarse con el cielo. Destacaban que el Universo y la Tierra marchan de acuerdo con normas que siguen las leyes divinas impuestas por los dioses. 

En China han surgido muchas creencias espirituales rectas y se han desarrollado diversas religiones, que con distintos matices convergieron siempre en la creencia en Dios y la defensa de los valores rectos.

“El hombre sigue la Tierra, la Tierra sigue el Cielo, el Cielo sigue al Dao, y el Dao sigue lo que es natural”, aseguró el filósofo chino Lao Zi unos 500 años antes de Cristo, resumiendo el sistema de creencias que prevaleció en la China antigua. 

En los últimos cien años, la abrupta invasión del espectro comunista ha creado una fuerza que se opuso a la naturaleza divina y a la humanidad, causando ilimitado sufrimiento y tragedia.

Desde que el Partido Comunista Chino (PCCh) tomó el poder del gobierno por la fuerza en 1949, las religiones y creencias espirituales fueron prohibidas, intervenidas y deformadas por el partido. Al mismo tiempo que sus seguidores fueron perseguidos, torturados y asesinados por su Fe.

La Revolución Cultural liderada por el dictador Mao Tse Tung entre 1966 y 1976, tuvo el objetivo declarado de preservar el comunismo como ideología dominante y única, para lo cual se buscó llevar a cabo la eliminación total de los 5 mil años de cultura tradicional china, y de todo tipo de creencia en Dios, incluyendo las diversas religiones vigentes en aquel entonces.

Con distinta intensidad según los períodos históricos, el hostigamiento contra las religiones y creencias espirituales bajo la china comunista continúan hasta el día de hoy. En el presente artículo, que estará dividido en 4 partes, nos centraremos en la persecución a los tibetanos, a los musulmanes uigures, a los cristianos y a los practicantes de la disciplina Falun Gong, también conocida como Falun Dafa.

El Tíbet, historia, cultura y religión

El Tíbet, muchas veces descrito como una región mágica que exhala paz, cargada de espiritualidad y de un fuerte misticismo potenciado por el imponente entorno natural del Himalaya. 

Allí el tiempo parece haberse pausado junto con su cultura que lucha por mantener con vida su idioma autóctono, sus costumbres y su religión tal como la transmitieron los milenarios ancestros tibetanos. 

Los restos de las civilizaciones humanas más antiguas hallados en el Tíbet, datan de más de 21 mil años. Desde ese momento hasta la actualidad han convivido diversas comunidades que muchas veces se enfrentaron entre sí hasta eliminarse por completo. 

Pero los historiadores concuerdan en que la historia del Tíbet tiene comienzo con la unificación que llevó a cabo Songtsen Gampo entre 605 y 617 dc., el rey que logró unificar bajo un mismo gobierno a todos los pueblos que habitaban en el valle del río Yarlung, dando como resultado la fundación del próspero Imperio Tibetano.

Con el paso de los siguientes reyes, el pueblo tibetano también fue unificando su creencia religiosa hasta llegar a establecer el budismo como religión oficial de la región. 

El budismo ingresó desde la India, y desde que llegó al Tíbet combinó las enseñanzas esenciales del budismo mahayana con el tántrico y el chamánico, sumado a ciertas prácticas de una antigua religión tibetana llamada bon, dando origen al budismo tibetano.

El imperio tibetano amplió también sus fronteras logrando así expandir su cultura hasta llegar en los años 780 dc. a extender su reinado por territorios que hoy pertenecen a Afganistán, Bután, Bangladesh, Birmania, Nepal, China, India, Pakistán, Tayikistán, Kirguistán y Kazajistán.

Luego sucedieron varios siglos con alternancia de períodos de paz y guerra, tanto por conflictos internos como por imperios extranjeros que intentaban avanzar sobre el conformado territorio tibetano.

A comienzos del siglo XX, Gran Bretaña había logrado colonizar muchos de los países vecinos, entre ellos India. En 1904 los británicos anunciaron su interés por generar una apertura fronteriza entre India y Tíbet. Con este propósito terminó invadiendo Lhasa, la capital tibetana. 

A partir de 1906, mediante un histórico tratado de paz, la región del Tíbet se declaró como zona autónoma bajo el protectorado británico. Pero dos años después el tratado se modificó y se devolvió a China el control sobre el Tíbet. 

Oficialmente la invasión China comenzó en 1950, cuando el ejército del PCCh derrotó al escaso y débil ejército tibetano, obligándolo a firmar un Plan para la Liberación Pacífica del Tíbet. El Plan de Liberación pretendía una administración conjunta del gobierno chino y el gobierno tibetano.

En la Revolución Cultural China, el Tíbet sufrió irreversibles daños en su patrimonio cultural y religioso, destruyendo templos y monasterios budistas, al mismo tiempo que se asesinaron a sus monjes y seguidores.

A pesar de la terrible persecución que perdura hasta el día de hoy con constantes hostigamientos por parte del PCCh en el Tíbet, las creencias religiosas se mantienen firmes y sus ciudadanos llevan a cabo una vida de entrega hacia lo divino siguiendo sus creencias espirituales.

Muchos monjes budistas llevan a cabo técnicas espirituales avanzadas, incluyendo exigentes meditaciones que les permiten tener visiones extraterrenales. Se dice que aquellos que desarrollaron las antiguas técnicas del yoga tibetano pueden lograr un control mucho mayor sobre el cuerpo que otros seres humanos, pudiendo incluso controlar la temperatura corporal, el ritmo cardíaco y otras funciones normalmente automáticas.

Los budistas además mantienen un estricto control sobre los impulsos y deseos mundanos, buscando siempre la armonía y la estabilidad emocional a la hora de enfrentar sus problemas. 

 

70 años de ocupación comunista 

El PCCh tomó el control total de la vasta región del Himalaya en 1951, luego de que las tropas de Mao Zedong invadieron las débiles y pacíficas defensas del Tíbet. Durante los siguientes años el régimen chino fue endureciendo constantemente su trato en la región.

Luego de ocho meses de la infernal ocupación y bajo evidente presión del régimen comunista, el Dalai Lama, líder tibetano con apenas 15 años, firmó el polémico “acuerdo de los 17 puntos”, oficializando la anexión del territorio tibetano a China. 

En ese entonces el Tíbet no decía ser “independiente” por simple capricho o rebeldía de sus habitantes, realmente tenía las características que debe reunir un país propiamente dicho; un gobierno propio y legítimo, líderes políticos, líder religioso, idioma propio, ejército, normas culturales y sociales locales ampliamente enraizadas y aceptadas por la comunidad. 

El poderío del PCCh logró doblegar rápidamente al ejército tibetano en la zona oriental del país, y seguidamente presionó a una delegación enviada por el gobierno tibetano para negociar en Beijing, amenazando que de no someterse a las demandas del PCCh se desataría una guerra a gran escala con consecuencias catastróficas. Así fue como se firmó el acuerdo de los 17 puntos y China logró anexar todo el territorio.

Los especialistas en asuntos del Tíbet suelen asegurar que luego de haber firmado, China, no mostró ninguna inclinación a honrar su propia parte del acuerdo incluyendo las promesas de no interferir con el funcionamiento del gobierno del Tíbet o con el estatus y el papel del gobernante y líder espiritual del Tíbet, el Dalai Lama.

Con la ocupación china comenzaron las tensiones en el Tíbet, las cuales se intensificaron gradualmente, hasta que el 10 de marzo de 1959 comenzó la primera gran rebelión del pueblo tibetano en rechazo a la opresión comunista, la represión de los militares chinos contra los pobladores tibetanos dejó un saldo de alrededor de 86 mil tibetanos muertos.

Los tres principales monasterios de Lhasa: Sera, Drepung y Ganden, resultaron gravemente dañados por los bombardeos. Y el Dalai Lama se vio obligado a huir al exilio.

En las siete décadas desde la firma del acuerdo, el régimen chino ha instituido unilateralmente políticas cada vez más duras buscando socavar la cultura y la religión tibetanas, negando sistemáticamente la libertad de expresión al pueblo tibetano.

Además el PCCh ha explotado los recursos naturales y económicos del Tíbet para provecho propio sin siquiera mejorar las condiciones de vida de los locales.

El régimen chino ha negado constantemente la independencia del Tíbet tergiversando completamente la verdadera historia y sometiendo a los niños tibetanos a procesos de adoctrinamiento feroces, buscando desde allí eliminar la tradición y colonizar la cultura de la región.

A lo largo de los años, cualquier forma de protesta en el Tíbet en contra de Pekín ha sido fuertemente reprimida. El Dalai Lama y sus seguidores aseguran que cerca de 1,2 millones de personas han muerto en la región durante el dominio chino, principalmente durante la violenta Revolución Cultural entre 1960 y 1970.

 

Sinización forzada en el Tíbet hasta el día de hoy

El régimen comunista chino, tras 70 años de aplicar extrema violencia en la región, no ha logrado erradicar la pacífica cultura tibetana. Por tal motivo continúa hasta el día de hoy un sistemático plan para transformar desde adentro la tradición y reemplazarla por los valores que promueve el comunismo. 

En diciembre de 2021 la Agencia Tibetana de Derechos Humanos hizo un llamado urgente a las Naciones Unidas y a la comunidad internacional con una petición: Acabar con el inhumano sistema escolar colonial del Partido Comunista Chino (PCCh) en el Tíbet, citado en un informe de investigadores del Tibetan Action Institute ese mismo año.

Según el informe, en la actualidad, tres cuartas partes de los estudiantes tibetanos, más de 800.000 niños, son obligados por el gobierno del PCCh a vivir en internados, incluidos los niños de cuatro años. En los polémicos centros educativos los menores son constantemente agredidos, abusados sexualmente y sometidos a terribles castigos físicos.

Los investigadores denuncian que los niños tibetanos internados sufren graves traumas psicológicos y emocionales producto de los abusos físicos y sexuales regulares, racismo y lavado de cerebro que contradice las enseñanzas y la educación recibida en su núcleo familiar.

Según el informe, cientos de miles de estudiantes tibetanos de entre 6 y 18 años en las escuelas públicas gestionadas por el régimen, fueron obligados a unirse al PCCh, además deben aprender chino (mandarín) y ser educados en el patriotismo y el amor al partido. Se los aísla de la familia y la comunidad, y no se les permite practicar sus creencias religiosas.

Si los padres se oponen a este tipo de internado, son amenazados por el PCCh con acusaciones de ser antigubernamentales. El informe denuncia que un policía les dijo que el aparato de inteligencia tiene la capacidad de rastrear “todos los chats en WeChat” y qué si alguien desobedece o no acepta la política educativa negando enviar a su hijo a la escuela, es interpretado como una protesta con todo lo que ello implica. 

“Rastreamos todos los chats en WeChat. Si alguien desobedece, nos ocuparemos de ellos uno por uno. Si alguien no acepta esta política y se niega a enviar a su hijo a la escuela, lo tomaremos como una protesta”, dijo el policía según el informe.

Otro método perverso de sinización utilizado por el PCCh en el Tíbet es el implementado en los llamados campamentos de transformación por medio de educación. Se trata de un sistema de prisión para adultos implementado por el PCCh en en todo el país, donde millones de reclusos, principalmente personas perseguidas por practicar su Fe, son explotados laboralmente al mismo tiempo que padecen un violento proceso de adoctrinamiento con el objetivo de hacerlos abandonar sus creencias. 

Según un informe publicado por la organización Bitter Winter, estos campamentos también se encuentran en el Tíbet donde las mujeres, monjas y niñas, son sometidas a una verdadera “cultura de la violación”, donde son abusadas rutinariamente por sus guardias, buscando con esa terrible acción quebrar la identidad étnica y religiosa de las mujeres.

Las denuncias de violación también son acompañadas de torturas de todo tipo, los corresponsales tibetanos de Bitter Winter afirmaron que los guardias de los campos de reeducación tibetanos usan picanas para ganado “para controlar y torturar a los reclusos, y es común que los usen para violar a las mujeres insertándolos en sus partes íntimas”.

“Esto les ocurre habitualmente a las monjas, a quienes se les dice que sus cuerpos ‘pertenecen’ al PCCh en lugar de a los monasterios”, dijo una fuente tibetana según reveló el informe.

El objetivo final de este aberrante hecho, es que luego de que una monja haya sido violada sexualmente, se espera que no desee regresar a un convento y decida continuar con una vida secular.

Rinzen Kunsang, una monja tibetana fue detenida por participar en una manifestación. Luego logró escaparse al exilio y desde allí dio su testimonio al medio The Taiwan Times:

“Nos esposaron y desnudaron. Dos mujeres nos golpearon con palos de bambú y nos pincharon con bastones eléctricos… En cada sesión de interrogatorio ocurrieron palizas… Luego me golpearon con un palo. Golpeaban tan fuerte y tantas veces que los palos se rompían con frecuencia. Durante las palizas, a menudo me desmayaba. El dolor no se sentía mucho en ese momento, pero en los días siguientes todo el cuerpo seguía palpitando de dolor”.

La señora Adhi, una mujer tibetana, relató al medio taiwanés su terrible experiencia en prisión. Fue arrestada junto con otras 100 mujeres por participar en protestas y una vez en prisión fue seleccionada para alimentar a los cerdos.

Esta agotadora tarea se convirtió en fuente de subsistencia, ya que recurrentemente lograba pasar de contrabando la comida de los cerdos a los monjes y otros prisioneros, o se la comía ella misma. El alimento que se les ofrecía a los reclusos era tan detestable que la comida para cerdos era considerada un manjar en la prisión, aseguró Adhi.

Este trabajo se mantuvo solo a cambio de favores sexuales para los funcionarios chinos.

Los abusos en los campos de reeducación también afecta a los hombres del Tíbet. Según un estudio publicado en septiembre pasado por la Fundación Jamestown, el régimen chino obligó a más de 500.000 tibetanos a ir a campamentos de este tipo con el objetivo de capacitar a “trabajadores rurales excedentes” en trabajadores industriales durante la primera mitad de 2020. 

Después de completar la “formación profesional” en los campos, que incluye adoctrinamiento político diseñado por el PCCh, los tibetanos son transferidos a trabajar en fábricas bajo pésimas condiciones en cualquier parte de China, asegura el estudio.

 

Dalai Lama

El Dalai Lama, traducido al español como “maestro reencarnado” o “gurú”, es el título que obtiene el máximo líder espiritual del budismo tibetano. 

Los budistas tibetanos comprenden que los Dalai Lamas son encarnaciones de Avalokiteśvara, una especie de santo o Buda considerado como el patrono del Tíbet.  

Según la religión budista, tras la muerte de una persona, su conciencia tarda un intervalo de cuarenta y nueve días para encarnarse nuevamente en una persona. El caso de los Dalai Lamas no es la excepción, y luego de ese período reencarna nuevamente en un infante que ya desde su nacimiento puede dar señales de su carácter especial.

Tras la muerte de un Dalai Lama, el Panchen Lama, la segunda autoridad religiosa, se encarga de reconocer su reencarnación utilizando señales establecidas 

El actual y decimocuarto Dalai Lama es Tenzin Gyatso, quien en 1940 con 5 años de edad fue proclamado encarnación del decimotercer Dalai Lama fallecido. A los 15 años debió asumir todo el poder político como jefe del gobierno tibetano, coincidiendo con los turbulentos años de la invasión comunista en el Tíbet.

En 1959, tras la enorme presión recibida por parte del PCCh debió exiliarse en la India tras un peligroso viaje a pie en el que cruzó los Himalayas junto con unos 80 mil tibetanos. Tenzin Gyatso fue declarado jefe de gobierno en el exilio el 17 de noviembre de 1959 y actualmente reside en la ciudad india de Dharamsala, también llamada la Pequeña Lhasa, donde también habitan unos 130 mil refugiados tibetanos

En la actualidad, el Dalai Lama además de ser el Gurú del Tíbet, se ha convertido en una especie de ícono pop y guía espiritual de budistas y no budistas en occidente. Sobre todo, luego de recibir el Premio Nobel de la Paz en 1989 ha cobrado mayor trascendencia y obtenido reconocimiento mundial. 

También ha recibido grandes críticas desde algunos sectores por mantener cierta tibieza a la hora de intervenir en reclamos contra el régimen chino por la liberación del Tíbet, o en conflictos bélicos que tuvieron de protagonistas a gobiernos declarados oficialmente como budistas, tales como Birmania y Sri Lanka, reportó el New York Times.

 

“Free Tibet”: El movimiento de liberación en el mundo

Desde la década de 1990 un pequeño movimiento comenzó a desarrollarse hasta lograr crecer con fuerza en Occidente bajo el lema de “free Tibet” (Tíbet libre). Gran cantidad de organizaciones surgieron promoviendo importantes manifestaciones en las principales ciudades del mundo denunciando el avasallamiento del régimen chino sobre los budistas tibetanos. 

Con el paso de los años y el desarrollo de los medios de comunicación, el movimiento logró expandirse por todo el mundo, sobre todo desde que estrellas del espectáculo, como Richard Gere y tantas otras celebridades y deportistas famosos, como recientemente el reconocido basquetbolista de la NBA Enes Kanter, se comprometieron con la causa.

El enorme movimiento y los esfuerzos individuales para revertir la situación en el Tíbet han sido importantes, de hecho han logrado en parte informar al mundo de lo que allí sucede y el reclamo contra el régimen chino se ha puesto en agenda de varios países e instituciones de escala mundial, pero hasta el momento los esfuerzos realizados no han logrado mucho más que denunciar y difundir las injusticias. 

Hasta el día de hoy el PCCh continúa persiguiendo con saña a los budistas tibetanos, sin ir más lejos, en diciembre de 2021 las autoridades del PCCh demolieron una estatua de Buda de 30 metros y obligaron a los monjes tibetanos y a otros residentes locales del poblado de Kardze a presenciar la destrucción del venerado monumento. 

El PCCh se empeña en destruir la identidad tibetana y quebrar los valores tradicionales que éstos promueven basados en la benevolencia, la tolerancia y la paz interior que tan bien le vendrían al mundo globalizado de hoy, cargado de violencia, maldad y carente de normas morales. 

Andrés Vacca –Redacción BLes

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