El Partido Comunista Chino se empeña en ocultar sus dinámicas inquietantes que derivan en el control sobre sus ciudadanos mediante la tecnología, campañas de educación en colegios y universidades, el uso del nacionalismo o leyes que prevén el establecimiento de células en toda empresa donde haya al menos tres militantes entre los empleados.

El Partido Comunista Chino llegó a su centenario pensando en el futuro y en sus planes no está dejar el poder. Extender su permanencia ininterrumpida más allá de 72 años —tiempo con el que ya deja atrás a su par soviético que sólo logró mandar la tercera parte— implicará una readaptación de su política siempre represiva para garantizar su supervivencia. Y está dispuesto. A su manera, con sus reglas.

El plan está definido. La organización se apoyará en “una gestión que ofrece un balance que en su trazo grueso trasciende las zonas oscuras y grises” como muestra de su tendencia a la heterodoxia, ya sea con guiños a la izquierda o a la derecha para sostenerse en medio de una realidad cambiante. Esto, en teoría, incluiría “giros de 180 grados, como el experimentado en su progresivo aggiornamento cultural, en un marco de reafirmación ideológica”, aseguran desde el Observatorio de la Política China.

Ocurrirá de esa forma porque el partido enfrenta con Xi Jinping dos giros trascendentales. De una parte, una mirada introspectiva que en el renacer del legismo plasma la trayectoria hacia una gobernanza basada en la ley como fundamento de una nueva legitimidad. La segunda tiene como centro el resurgir del ideario marxista como expresión de fidelidad a su naturaleza y misión fundacional.

Está claro que el Partido Comunista Chino nació de una organización integrada por miembros de una corriente ideológica de izquierdas para desafiar al Kuomintang gobernante, con un ejército campesino como su fuerza principal. Ganó. Mao Zedong fundó la República Popular China. Y, después de muchos años y penurias, el partido de los campesinos se convirtió en un partido de la clase media. Mejor educado, preparado y mucho más rico. Es el único partido político en el mundo que tiene organizaciones de base en todas las empresas —medianas y grandes—, pueblos, escuelas, institutos de investigación, comunidades, organizaciones sociales y unidades militares del país.

Es la evidencia de su adaptación a la evolución en la era post-Mao. Una muestra es que desde 2001, autoriza a empresarios y profesionales del sector privado a afiliarse.

También ha diversificado sus técnicas de propaganda (telenovelas, aplicaciones para teléfonos inteligentes o canciones de rap que glorifican al partido) para parecer «más atractivo» entre la población joven. Sin embargo, los fundamentos del PCCh no han cambiado: los métodos de control utilizados durante la era de Mao siguen vigentes. “Referencias al marxismo y al maoísmo siguen siendo muy frecuentes y Xi Jinping no duda en reivindicar la superioridad del socialismo sobre el capitalismo”, apunta El Mundo.

De hecho, el partido se basa en un sólido sistema de monitoreo de la sociedad, que mezcla vigilancia humana y tecnológica. Este sistema, y el miedo que genera entre la élite del partido y parte de la población limita el surgimiento de cualquier oposición o alternativa política. Es muy probable, si no existe una disidencia que pueda sublevarse, que este sistema perdure ante la obsesión por la inmortalidad partidista.

En todos los rincones

En el “este, oeste, norte, sur; el partido lo controla todo”, asegura Xi Jinping. Así es. Desde los tiempos de Mao Zedong nadie acumuló tanto poder en un par de manos. Xi Jinping es el jefe de Estado, el presidente de la Comisión Militar Central, secretario general del partido y “núcleo” de la formación.

Es la consecuencia de la derogación de la cláusula que limitaba a diez años el mandato hace cuatro años, volviendo previsible que Xi renueve su mandato en el 20º Congreso el año próximo y continúe en el poder al menos un lustro más.

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De esa manera el PCCh reescribe su propia historia que ya acumula siete presidentes. Una que comienza con una reunión clandestina de 53 personas en una casa de Shanghái y que va hasta los casi 95 millones de miembros que tiene hoy en toda China. De ellos, el 71,2 % son hombres. Hay más chinos con el carnet del partido que habitantes en Alemania.

Es justo, ese intenso control ha sofocado la disensión interna. La larga campaña contra la corrupción dejó fuera de combate a posibles oponentes políticos. Defensores de derechos humanos y abogados engrosan la lista de detenidos y acallados y bajo el argumento de la lucha contra el terrorismo, en Xinjiang se han cometido graves abusos contra los derechos humanos de la minoría uigur.

Los peligros del mañana

Todo plan siempre tiene espacio para los errores y en el futuro inmediato, el mayor peligro para la supervivencia del partido chino deriva no tanto de la gestión de una agenda siempre complicada, sino de ese riesgo conceptual que se sustenta en el alarde de una eficacia cuando elude la necesidad de un esfuerzo para alargar las bases de la democracia o mejorar los derechos humanos. Ese es el desafío de fondo.

Mientras tanto, las estrategias se enmarcan en rivalizar con Estados Unidos, presumir de ser los primeros en aterrizar en la cara oculta de la Luna, que además construye una estación espacial en solitario y que quiere llevar una misión tripulada a Marte.

Pero nada de ello ocultará ni los aspectos oscuros del pasado —como el Gran Salto Adelante, la Revolución Cultural o Tiananmén— ni sus dinámicas inquietantes del presente que derivan del control sobre sus ciudadanos mediante la tecnología, campañas de educación en colegios y universidades, el uso del nacionalismo o leyes que prevén el establecimiento de células en toda empresa donde haya al menos tres militantes entre los empleados.

Gabriela Moreno – Panampost.com