Redacción BLes –Cuando imaginamos la vida en el templo budista Shaolin, pensamos en un lugar alejado del contacto con lo mundano, donde el ambiente simple y silencioso del retiro espiritual se combina con el arduo entrenamiento de las artes marciales para ayudar a forjar la mente y el corazón de los monjes vestidos en sus túnicas naranjas, mientras transitan el camino de Buda.

La realidad es menos romántica.

En 1992, Matthew Polly, un joven estadounidense de 21 años, llegó a las puertas del famoso templo con la idea de convertirse en un discípulo y aprender Kung Fu, motivado tal vez por las películas de Bruce Lee o la serie de David Carradine en su papel de “Pequeño Saltamontes”. Su primera imagen del lugar lo desconcertó. Miles de turistas pululando por todas partes. Autos, buses turísticos y carros tirados por burros se mezclaban en las calles cercanas al templo. Decenas de restaurantes compitiendo por alimentar a los curiosos atraídos por el mítico nombre del lugar, y entre casas derruidas algunas escuelas de Kung Fu con nombres similares y de dudosa procedencia.

Como dijo Matteu: “Esto es un Disneyland barato”

Después de buscar entre el gentío, encontró a un monje en la sala de videojuegos. Sería el intermediario que lo contactaría con el futuro abad del templo, el monje Shi Yongxin.

“El aprendizaje tiene un propósito político. Yongxin es el próximo abad. Tiene una buena relación con las grandes figuras de Beijing”, dijo el intermediario.

En ese tiempo, Shi era el presidente del Templo Shaolin y representante del Congreso Nacional del Pueblo. Se movía en un auto importado de lujo con chofer, que decían, era un regalo de un conocido político de Beijing.

Fe, y algo más

Luego de entregar un sobre con 1111 yuanes a Shi, y una simple reverencia, Matthew se convirtió en el primer discípulo extranjero del Templo Shaolin.

El precio a pagar como extranjero fue mucho más de lo que pensaba. 1300 dólares al mes de matrícula sobrepasaba por mucho el presupuesto del joven. Después de regatear y mentir un poco logró acceder por menos de la mitad. Para llegar a ser un discípulo no solo depende de la fe, el sudor y las lágrimas.

Los monjes budistas deben mantenerse dentro de los requisitos de una vida austera y sin posesiones materiales, para lograr eliminar sus apegos terrenales y forjarse entre sufrimientos. Comen poco y duermen en el suelo. Históricamente, los monjes dependían de mendigar para obtener su comida. Muchos olvidaron el contenido interno de esta práctica de austeridad y se dejaron llevar por la búsqueda de comodidad. Algunos comenzaron a vender objetos relacionados con las artes marciales para obtener dinero, comprar un pasaporte y perseguir el sueño americano.

Según su punto de vista, Matthew dijo: “En el juego con el gobierno local, Shi Yongxin ganó más beneficios para el Templo Shaolin y permitió que los monjes vivieran una buena vida, muy feliz. Tuvo mucho éxito. “

A pesar de su desilusión inicial, Matthew se dejó atrapar por el Kung Fu. Entre los monjes maestros de artes marciales dentro del templo, algunos muestran capacidades singulares que asombraron al nuevo discípulo.

Uno de los monjes ancianos dominaba la habilidad de la “palma de arena de hierro”y con su mano derecha era capaz de partir una piedra del tamaño de una palma. Practicaba todos los días, su mano era visiblemente más grande que la otra.

Otro monje llamado Dong, mostró sus habilidades de la “entrepierna de hierro” en una exhibición. Abrió sus piernas y dejó que un monje lo pateara en la ingle con toda su fuerza. Dong no se inmutó. Matthew, sorprendido, quiso intentarlo por su cuenta. Tomó impulso y golpeó al monje entre sus piernas. El monje seguía impasible. Matthew enojado siguió golpeando hasta adormecer sus pies, en vano. “Su ingle es más dura que mis pies”, dijo luego.

El monje Dong mostró el entrenamiento que se requiere para lograr esta habilidad. Colocó sus testículos sobre una mesa y empezó a golpear el escroto con la palma de su mano. 

Después ató a sus partes íntimas una piedra de medio kilo y comenzó a arrastrar la piedra por el piso mientras caminaba. Aún asombrado por esta exhibición, Matthew decidió que no valía la pena llevar la práctica a este extremo.

Luego de pasar dos años como discípulo en el templo. Matthew regresó a EEUU, e inició una carrera como escritor, publicando sus vivencias en el libro American Shaolin, que alcanzó cierto éxito y en el que este relato está basado.

 Budismo Zen y Kung Fu

La historia del Templo de Shaolin comenzó con la llegada desde la India de Buddhabhadra, (Ba Tuo) quien construyó en el 495 d.C un pequeño templo en el monte Songshan, en la provincia de Henan, China, para enseñar el budismo.

30 años después, otro monje llegado de la India llamado Bodhidharma golpeó la puerta del templo para ser admitido, pero el abad le negó la entrada. El monje, tras ser rechazado, subió las montañas y se instaló en una cueva para meditar durante nueve años. La sombra del monje quedó grabada en la piedra, esta fue trasladada y hoy se exhibe en el complejo del templo.

El abad del templo finalmente aceptó el ingreso de Bodhidharma, para luego convertirse en el Patriarca del Budismo Zen.

Una vez en el templo, Bodhidharma comenzó a enseñar una serie de ejercicios que, combinados con otras técnicas marciales, dio nacimiento la versión Shaolin de Kung Fu.

A lo largo de su historia, el Templo Shaolin fue varias veces destruido y reconstruido.

Después de ser atacado por los soldados del Kuomintang y luego saqueado por las políticas antirreligiosas de Mao, en los años 70 comenzó a florecer gracias al éxito de las artes marciales en el cine y la TV.

Hoy, el Templo de Shaolin acoge a 2 millones de turistas al año, 150 mil de ellos extranjeros. Estudiantes vienen de todas partes del mundo, no para ser budistas, sino para practicar Kung Fu. 

Shi Yongxin, quien es ahora el abad del templo, es el impulsor de esta nueva etapa. De ser un templo religioso budista, se convirtió en una compañía que registró el nombre Shaolin como marca comercial y extendió su fama por todo el mundo. Compañías de monjes ofrecen espectáculos en el que muestran sus habilidades, mientras las ganancias se capitalizan con la formación de nuevas escuelas de Kung Fu, templos y centros de recreación como el anunciado en Australia, un complejo de $ 297 millones que incluiría un templo, un hotel, una academia de Kung Fu y un campo de golf. “Si China puede importar los resorts de Disney”, “¿por qué otros países no pueden importar el Monasterio Shaolin?” comentó el abad.

La excesiva comercialización del patrimonio religioso budista disgusta a los creyentes y simboliza el actual estado de degradación de las instituciones religiosas en el que se prioriza el dinero a la búsqueda espiritual. No creo que Sakya Muni, el fundador del Budismo,  y Bodhidharma  hayan querido dejar este legado.

Por Michael Mustapich – BLes.com

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