En total, estas ciudades producen el 52 % de gases de efecto invernadero del mundo. Considerando que 170 países adoptaron el Acuerdo de París para combatir el cambio climático, estos resultados muestran que el foco debe ir al régimen de Xi Jinping

El activismo ambientalista se ha centrado en la cultura occidental para la reducción de la emisión de gases para «salvar al planeta» del holocausto climático que amenazan hace décadas. Sin embargo, poco se habla de China, el mayor contaminador del mundo.

De las 25 megaciudades más contaminadas en el mundo, 23 están en China, de acuerdo con una investigación que publicó la Universidad Sun Yat-sen, reseñada por El Confidencial. En total, estas ciudades producen el 52 % de gases de efecto invernadero del mundo. Considerando que 170 países adoptaron el Acuerdo de París para combatir el cambio climático, estos resultados muestran que el foco está mal ubicado.

La institución académica que publicó el estudio se encuentra en China. Desde allí se enfocó en registrar las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) de 167 ciudades distribuidas en un total de 53 países y demostró que China produce más que los restantes 52 países, sobre todo en la producción de energía mediante carbón.

Comúnmente el activismo ambientalista viene de la mano con la crítica al capitalismo. Sin embargo, poco se escucha sobre cómo la mayor potencia comunista es el mayor depredador ambiental. Al contrario, existe el término «sandía». Se refiere al hecho que entre los ambientalistas es común que sean verdes por fuera, ecologistas, y rojos por dentro: comunistas.

La percepción para encajarles en esta definición se debido a que en sus constantes alocuciones, se evidencia un desvió que no apunta a la innovación y la resolución de conflictos, sino a la imposición, la regulación y la expropiación.

Frente a esto el presidente de Vox reclamó enérgicamente que dejen en paz a los agricultores de España y enfoquen su atención en el régimen comunista chino que más daño le hace al planeta.

Desastres ambientales del comunismo

El régimen comunista chino lleva más de medio siglo devastando al planeta en nombre de la revolución. Durante el periodo conocido como El Gran Salto Adelante, la reforma agraria incluyó la guerra contra cuatro especies: las moscas, los mosquitos, las ratas y sobre todo los gorriones. Estas aves fueron acusadas de comerse el grano. Como el socialismo no admite la competencia, la erradica.

Solo en Shanghái mataron a más de 1,3 millones de gorriones. Las personas recibían premios por entregar los cuerpos y las multitudes se burlaban de quienes no podían cazar muchos. Incluso los niños participaron matando a las aves con sus hondas, mientras los más ancianos morían en el intento de trepar árboles.

Matar a tantas aves no favoreció a la cosecha, al contrario, alterar el ecosistema provocó una hambruna masiva. Tal como resalta Chen Yizi, ex alto cargo del Partido Comunista Chino en el exilio: «Las muertes provocadas por la hambruna durante el Gran Salto Adelante rondan entre los 43 y los 46 millones de personas”.

Este ejemplo no solo aplica únicamente en el caso chino. Bajo la Unión Soviética se secó un mar entero, el Mar Aral. Donde alguna vez hubo azul en el mapa, hoy hay buques varados en medio de un desierto, tal como reseña Ethic.

Con el fin de convertir a Asia Central en el mayor productor de algodón del mundo, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas usó a los dos ríos que alimentaban el Mar Aral para irrigar. El resultado fue devastador: 95% de los embalses y humedales cercanos se volvieron desierto. Se secaron más de 50 lagos de los deltas, con una superficie total de 60.000 hectáreas.

Esta desecación eliminó el efecto de amortiguador que ejercía la zona en su entorno. Se recrudecieron los inviernos y veranos. Esto afectó al viento que desplazó toneladas de arena salinizada. De la mano con el uso indiscriminado de fertilizantes y pesticidas contaminaron el aire y las aguas freáticas.

La ingeniería social que ha implementado históricamente el socialismo también aplicó en su manera de tratar los recursos naturales. Superó el límite de salinidad establecido por la OMS, provocó problemas serios con el suministro de agua potable.

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Como consecuencia, la región registra la tasa de mortalidad infantil más alta de toda la antigua URSS. La bronquitis crónica ha aumentado un 3000 % y la artritis un 6000 %. En la región uzbeka de Karakalpakistánlas mujeres padecen una pandemia de anemia. Del mismo modo, el 97 % presentan niveles de hemoglobina inferiores a los 110 gramos por litro de sangre que fija la Organización Mundial de la Salud.

Pese a la devastación masiva, el caso es poco conocido. Lo cual impide que tantos activistas ambientalistas vean cómo el socialismo (sobre todo cuando llega a la etapa comunista) depreda al planeta y daña a las personas.

La ideologización de la causa ambientalista tiene su raíz en la caída de la Unión Soviética. El economista socialista Robert Heilbroner admitió que la planificación central había fracasado económicamente, pero dijo que necesitábamos «repensar el significado del socialismo» para enfrentar «la carga ecológica que el crecimiento económico está imponiendo al medio ambiente».

De su mano la nueva izquierda dejó en segundo plano la causa obrera y apuntó a una nueva utopía: salvar el planeta. Según Heilbroner, aunque los mercados pueden ser mejores en la asignación de recursos, solo el socialismo podría evitar el desastre ecológico.

Pero la realidad es que la planificación central no ha servido para aminorar el impacto ambiental. Al contrario, le ha dado a los gobiernos el poder de secar ríos, lagos y mares, de acabar con especies animales y dejar morir a millones de personas mientras tanto.

Mamela Fiallo Flor – Panampost.com