Si el 23 de enero, luego de la juramentación de Juan Guaidó como presidente encargado de Venezuela, nos hubiéramos preguntado cómo estaríamos en seis meses, seguramente muy pocos hubieran pensado que nos encontraríamos en una encrucijada como la de hoy.

La sensación de que estamos empantanados y de que la ventana de oportunidad para salir de esta tragedia se hace cada vez más angosta va incrementando con el paso de las semanas. Hoy no queda la menor duda de que el tiempo juega a favor de un régimen que parecía desahuciado y ahora, en cambio, intenta retomar el control. 

Venezuela no va a desaparecer, pero la situación puede empeorar y sobrevivir en el país en los próximos meses se podría volver una tarea aún más titánica de lo que ya es hoy.

Esto no solo tendría consecuencias terribles para los millones de venezolanos en su tierra, sino también sería un impulso para una nueva ola migratoria que, según algunas estimaciones, podría generar un éxodo que llegue a los 8 millones de venezolanos en 2020.

Si esto ocurre, podemos imaginar un país no solo devastado en términos económicos, de seguridad y de servicios, sino también desolado. La clase media terminaría de desaparecer en Venezuela y el sueño de las mafias socialistas se cumpliría: atornillarse en el poder y gobernar un país lleno de gente viviendo en la miseria y que dependa, hasta para comer, de las migajas que les den. Un lugar en el que a nadie se le ocurriría protestar ni reclamar ni siquiera por lo más básico. 

Ahora, ¿alguien se ha preguntado qué consecuencias tendría esto en la región? Algunos de los gobiernos vecinos seguramente sí, y por eso países como Perú y Chile han empezado a tomar medidas migratorias que buscan frenar el flujo de venezolanos a sus territorios. Sin embargo, en este caso sí es cierto que Venezuela no es Cuba, no es una isla que puede ser aislada con facilidad. Sus fronteras con Colombia y Brasil son muy difíciles de controlar y si la crisis empeora, será imposible evitar un deslave de venezolanos desesperados.

En términos económicos, ningún país de la región tiene el músculo para recibir un número desmedido de venezolanos. Los costos serían inmanejables y no hay duda de que el impacto a nivel interno sería muy complicado para ellos, sobre todo para los más cercanos como Colombia, Brasil, Ecuador y Perú.

A esto, se le suma la grave amenaza de tener en la región a los grupos irregulares que ponen en riesgo la paz, la estabilidad y la democracia en todo el continente.

Precisamente a ese destino pretenden llevarnos quienes hoy abogan por “elecciones” sin condiciones o más “diálogos” en Noruega. Seguir esa ruta sería el peor error que podamos cometer y nos convertiría en cómplices del régimen chavista.

Hoy, seis meses después de que las fuerzas democráticas comenzaran esta nueva etapa de lucha en Venezuela, son muchos los peligros y pocas las opciones que nos quedan. Seguir perdiendo el tiempo no es una de ellas.

Miguel Velarde – Guayoyo en Letras.

El autor es economista y asesor político. Es fundador y Editor en Jefe de la revista @GuayoyoEnLetras. También es Director de la consultora política Alpha Politikòs.

Las opiniones expresadas en este artículos son las opiniones del autor y no reflejan necesariamente las opiniones de Bles.com.

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