Los cubanos desafían a las fuerzas de seguridad del régimen comunista de la isla para manifestar su descontento social y político.

Patria y vida. Los cubanos no quieren menos de eso en la isla. Su reclamo estremece a las calles de las comunidades más pobres y retumba sin tregua en la dictadura de Miguel Díaz-Canel, quien apela a la represión policial para intentar ocultar el descontento.

Las acciones del régimen castrista ya no intimidan ni enmudecen. Los datos de El Observatorio Cubano de Conflictos (OCC) revela que tan solo en abril se registraron 203 protestas públicas, una cifra que equivale a un promedio de seis manifestaciones diarias.

En el fondo de los números hay una realidad: los reclamos están en ascenso. En marzo el promedio diario cerró en cinco protestas. Ahora, una más representa el auge de la insatisfacción colectiva que ya no resiste la crisis.

Así se justifica que el 57 % de las manifestaciones —156— fueron en rechazo a la represión y abuso policial y en apoyo a la huelga de hambre y sed que mantuvo Luis Manuel Otero Alcántara por ocho días en su casa, sede del Movimiento San Isidro ante los ataques en su contra divulgados en redes sociales.

Otras 47 manifestaciones las impulsaron motivos económicos y sociales, entre ellas, las multas, la falta de medicamentos y viviendas, el encarecimiento de la vida por la unificación monetaria y la expansión de la pandemia del COVID-19.

Grave e incierta

El panorama en La Habana refleja que “el pueblo de Cuba está claramente expresando su deseo de libertad y su voluntad de luchar por la misma” analiza Nuevo Herald.

Y la procura implicará conflictividad. Así lo proyecta el informe del Observatorio Cubano de Conflictos donde se considera que la situación “es mucho más grave e incierta que la del llamado período especial de los años 90 porque esta vez no es solo una crisis económica sino también ideológica y política”.

Está escrito. Es real y el octavo Congreso del Partido Comunista de Cuba evidenció la desconexión de esa organización y sus líderes de “la hambruna creciente, el colapso de los sistemas de salud y educación, la quiebra de la infraestructura —temas trascendentales para el ciudadano de a pie— que fueron pasados por alto en favor de las manidas condenas al imperialismo y llamados a la guerra ideológica”.

Con el coronavirus en tránsito por los rincones de la isla, el escenario empeora debido a la negativa del régimen a adquirir vacunas a precios asequibles mediante el mecanismo COVAX de la Organización Mundial de la Salud y su empecinamiento en desarrollar vacunas autóctonas, lo que, aun si las lograran producir no reducirían el retraso de un plan de inmunización, afirma Cubanet.

En una escalada

El estado de sitio en Cuba intenta recrudecer la persecución de la disidencia pero aún no la doblega. Desde noviembre Cuba está inmersa en una escalada de confrontación del castrismo con el Movimiento San Isidro y el 27N, que arroja 915 protestas en todo el país.

La militarización, los toques de queda y los arrestos domiciliarios de los activistas se convirtieron en medidas repudiadas y sin efectos sobre los ánimos de los cubanos, a pesar de “las agresiones el físicas, golpizas, arrestos arbitrarios y amenazas de muerte” que el comunismo desenfunda.

Tampoco han servido los cortes de las comunicaciones, la destrucción de los celulares y la vigilancia ilegal. Lo crucial del escenario es que “el régimen nunca ha tolerado la disidencia, pero es evidente que es incapaz de extinguirla y una vez más se confirma que la represión genera más protestas”. apunta Radio Televisión Martí.

El gran problema para Díaz-Canel es que “los mensajes de esta nueva disidencia tienen gran alcance y eficiencia comunicativa que trascienden las fronteras”. La prueba de ellos es que en otros tiempos, la detención de un joven disidente cubano habría pasado desapercibida. Pero cuando la policía arrestó al rapero Denis Solís en noviembre él hizo algo que solo ha empezado a ser posible en la isla hace poco: grabó el encuentro con su teléfono celular y lo transmitió en vivo por Facebook.

No está claro todavía si este movimiento de protestas reunirá el momentum y la disciplina requerida para transformar de manera significativa un sistema político que ha sofocado décadas de desafíos o simplemente se disipará.

Sin embargo, “lo que está sucediendo en Cuba es sin precedentes”, admite José Miguel Vivanco, director para las Américas de Human Rights Watch y representa “un despertar”.

Desespero en la cúpula 

El oficialismo intenta eclipsarlo. Desprestigia al Movimiento San Isidro (MSI), al que pertenecen los artistas Maykel Castillo y Luis Manuel Otero Alcántara, quienes desde Cuba acompañaron a Gente de Zona, Yotuel y Descemer Bueno en la canción Patria y Vida, que molestó al régimen cubano.

Los muestran en televisión como delincuentes comunes pero evaden que los han obligado a replegar a las fuerzas policiales con sólo sus consignas y lejos de la violencia que hoy perturba, por ejemplo, a Colombia, donde los saqueos y las revueltas agitan las mareas políticas y suman a 500 uniformados heridos.

Para Ricardo Herrero del Cuba Study Group, una ONG con sede en Estados Unidos que analiza las relaciones entre ambos países, “la campaña del gobierno cubano contra los artistas sólo desalienta a los funcionarios de Joe Biden a priorizar políticas de acercamiento”.

Por Gabriela Moreno – Panampost.com