El nuevo presidente de Perú asume el cargo tras mes y medio de suspenso por un resultado muy estrecho de apenas 44000 votos de diferencia

El izquierdista Pedro Castillo asumió la Presidencia de Perú envuelto en simbolismo. Con su investidura el país entra en una era comunista coincidiendo con la celebración del bicentenario de su independencia del Reino de España. Pero además, tomó posesión del cargo el mismo día en que cumpliría años el fallecido dictador venezolano Hugo Chávez, repitiendo Pedro Castillo el lapidario juramento por una nueva constitución que caracterizó la investidura de Chávez en 1999.

“Juro por Dios, por mi familia, por mis hermanas y hermanos peruanos, campesinos, pueblos originarios, ronderos, pescadores, docentes, profesionales, niños, jóvenes y mujeres, que ejerceré el cargo de Presidente de la República en el período constitucional 2021-2026. Juro por los pueblos del Perú, por un país sin corrupción y por una nueva constitución”, dijo Pedro Castillo al tomar posesión del cargo.

Pero esta no fue la única coincidencia con el discurso chavista. Pedro Castillo apeló al «pueblo», ese retórico término tan usado por los populistas de izquierda, casi calcando una frase de Hugo Chávez. «Esta vez un gobierno del pueblo, ha llegado para gobernar con el pueblo y para el pueblo».

Su arribo a la Casa de Pizarro es un parto más de los últimos 200 años –salvo contadas excepciones– de una letanía de caudillos megalómanos, bufones e ineptos, en comparsa con una muchedumbre mezquina, ya que su elección, necia e irresponsable, es una estocada más –sino definitiva– al cuerpo maltrecho de esta república en agonía que nunca alcanzó la madurez y (sobre)vivió dos siglos a base de promesas incumplidas. Así describe La Gaceta Iberosfera la historia reciente de Perú.

La revolución, que desgarró al país y dividió familias en 1821, se repite “exacerbada” dos siglos después con los matices propios del neomarxismo encarnado en el dirigente de Perú Libre –partido aliado del chavismo– y su “guía” detrás del sillón presidencial, el exgobernador regional condenado por corrupción y simpatizante del Che Guevara, Vladimir Cerrón.

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Un error histórico

El maestro forma ahora parte de la colección de tragedias, dificultades y tensiones, pero a pesar de las guerras, las plagas y la vileza de algunos líderes que, en tantos momentos de vida republicana no estuvieron a la altura de la responsabilidad que se les encomendó, existe la certeza de que la ciudadanía se impone y con ello las ansias de superación de toda la patria, afirma El Comercio, porque “en honor a la verdad, con prescindencia de las adversidades que la realidad impone, la evolución democrática y las convicciones que lo componen pueden enfrentar obstáculos, porque la noche, los frenos y las complicaciones nunca son eternas”.

Este diario peruano se muestra optimista, pero Pedro Castillo ya amenaza con una ley de medios porque “la televisión dice porquerías y cosas basura». Así se refiere a la prensa el nuevo presidente de Perú, repitiendo el discurso de sus camaradas izquierdistas como Nicolás Maduro en Venezuela o Daniel Ortega en Nicaragua.

El nuevo camino político con el docente rural a la cabeza del Poder Ejecutivo avizora que hay “fundadas razones para la preocupación, y aunque las dudas pesen más que las certezas, la historia de un país curtido por haber padecido todo lo que la vida le lanzó, no deja de albergar esperanzas”.

Las necesitan. Más cuando entre lo pendiente destaca la recuperación del rumbo perdido por la crisis pandémica, y ahí, las instituciones «libres de corrupción y burocracia paralizante» serán clave en una tarea tristemente postergada.

Un epicentro de interés

Castillo arriba a la Presidencia con sólo 44000 votos de diferencia con la candidata de Fuerza Popular, Keiko Fujimori. El número comprueba que hay un sector de la población que rechaza el socialismo del siglo XXI. Las marchas y plantones contra el comunismo bolivariano son un inicio del rechazo al modelo que encarna.

Sus maniobras políticas en este campo serán determinantes porque Perú es una pieza geoestratégica en América del Sur. De acuerdo con la lectura anglosajona, es un hub geográfico de interconexión estratégica desde el mar y el aire hacia Sudamérica. Sin Lima y el puerto del Callao no se puede entender la integración económica sudamericana. En la misma lectura, en términos políticos, Perú es un país desestabilizador del orden regional que se proyecta de inmediato sobre sus vecinos.

Sí, porque el eje geopolítico en Latinoamérica tiene dos vectores que se conectan. El vector Caracas-Lima-Buenos Aires, y el otro es Santiago-Brasilia-Bogotá. El centro de esos vectores, en términos geoestratégicos es Perú.

Por eso, el interés de Evo Morales de cruzar la frontera a acompañarlo e impregnar la ceremonia de socialismo.

Inicio con problemas

La juramentación de Castillo ocurre en “momentos muy difíciles y probablemente tardará un tiempo todavía en esclarecerse”, asegura el escritor Mario Vargas Llosa, quien considera que “lo importante es que la realidad peruana acepte que la libertad es un hecho absolutamente fundamental y sin ella, los países están destinados a fracasar. Sin la libertad no hay progreso posible, cualquiera que no esté cegado, que no tenga una ideología muy estrecha y fanática, podría reconocerlo”.

En ese punto, el nuevo mandatario es impredecible. Su discurso cambia en función a la plaza donde se presenta. Pese a su desconocimiento en el área económica, impulsa con retórica la necesidad de «un Estado que genere recursos internos a partir de la soberanía de sus recursos». En la práctica apunta a la nacionalización.

Y esa es “una política que convierte a los países en una factoría dirigida por el Estado, llevándolos a la ruina económica y al desorden político”. El capitulo con Pedro Castillo apenas comienza.

Gabriela Moreno – Panampost.com