Solo la luna alumbraba el peñero, su pequeño bote pesquero, aquella noche de junio pasado cuando la frase viajó, con entonación criminal, desde la lancha contigua, que se había aproximado a toda velocidad, recuerda Luis Alberto Morán.

Un grupo comando de ocho hombres apuntaban con armas de fuego a los tres marineros en los márgenes occidentales del Lago de Maracaibo, en el estado venezolano del Zulia, a 700 kilómetros de Caracas.

Morán, capitán del bote, de 50 años y padre de tres hijas, no lideraba ya una faena de pesca. Coordinaba, en cambio, la rendición de su tripulación a medianoche.

“¡Sigan levantando las redes! ¡Agáchense y no miren! ¡Al que mire, lo quebramos (matamos)!”, advirtieron a gritos los delincuentes.

Aterrados, se atrevieron a alzar la mirada solo cuando los asaltantes les ordenaron, para entregarles el motor, sus redes y las cestas llenas de camarones, recuerda Morán. Fueron diez minutos eternos, dice, luego les abandonaron a la deriva.

El capitán y sus subordinados utilizaron unas tablas del peñero para remar hasta la orilla. Mientras, escucharon múltiples disparos a la distancia.

Ya en tierra firme, extenuados, se enteraron que una custodia privada pagada por los pescadores de la zona se encaró a tiros con los ladrones. Los bandidos, dicen, huyeron con un vasto botín: otras 10 lanchas pesqueras sufrieron el mismo destino de amenazas, robo de equipos y naufragio, señalan.

“Los fueron desvalijando a todos. Llegamos desconsolados”, cuenta el capitán, frustrado, sentado sin camisa sobre una lancha que reposa este mediodía sobre la arena de la costa occidental del Lago de Maracaibo.

El lago zuliano es el más grande de América Latina y el décimo noveno más extenso del mundo. Tiene 13.820 kilómetros cuadrados de aguas salobres y dulces. Su cuenca es de las zonas de mayor riqueza petrolera en los cinco continentes.

La estatal Petróleos de Venezuela reportó que su subsuelo almacena reservas de 20.286 millones de barriles de crudo.

Está además asolado por violentas bandas organizadas de piratería.

Riberas de terror

Venezuela es uno de los países más peligrosos del mundo, según las Naciones Unidas, que el mes pasado en su Estudio Mundial sobre el Homicidio reveló que Venezuela es la segunda nación más violenta de América, solo detrás de El Salvador y de los territorios controlados por el grupo Estado lslámico.

La Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD) indicó que Venezuela experimentó “el incremento más dramático” de asesinatos del continente entre 1991 y 2017. Escaló de 13 a 56,8 homicidios por cada 100.000 habitantes.

La ONG Observatorio Venezolano de Violencia reportó 23.047 asesinatos intencionales en el país en 2018. Es una tasa de 81,4 homicidios por cada 100.000 habitantes, según sus proyecciones.

El Lago de Maracaibo es vitrina de ese nivel de violencia. Los piratas han asesinado en sus riberas a por lo menos 26 pescadores desde agosto de 2017, es decir, un homicidio por mes, de acuerdo con un recuento de víctimas reportadas por la prensa venezolana.

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Hubo cuatro masacres de pescadores durante asaltos en sus aguas el año pasado, según reportes de la policía publicados por la prensa local. En la última, en septiembre de 2018, mataron a cinco pescadores de Santa Rosa de Agua, una comunidad de Maracaibo.

Los criminales torturaron a las víctimas antes de matarlas, contaron los sobrevivientes: los rociaron con gasolina, les caminaron por encima cuando los tenían sometidos en la playa, desnudos; y a algunos los mutilaron parcialmente.

Winton Medina, secretario general del sindicato de Pescadores del municipio Miranda, afirma que sus representados han sufrido 147 robos entre enero y julio de este año.

Reportes policiales han notificado de la muerte de al menos 26 pescadores en el Lago de Maracaibo en los últimos dos años.

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Es un promedio de 21 atracos por mes, sin tomar en cuenta las cifras de los otros 18 municipios que comparten costas con el lago, según Medina.

Fuentes policiales reportan que 17 bandas organizadas operan en los 13.000 kilómetros cuadrados del Lago de Maracaibo, minando el trabajo y las vidas de aproximadamente 30 mil pescadores.

Si bien llevan operando en el estuario desde hace 30 años, su presencia y violencia han escalado en la última década, según cuentan pescadores de los municipios costeños del Zulia.

La policía zuliana ha detenido a integrantes de las mafias que operan en el Lago. Reportes a la prensa de instituciones militares y civiles, entre ellas la Guardia Nacional Bolivariana, el Comando Nacional Anti Secuestro (Conas), el Comando de Vigilancia Costera y el Cuerpo Bolivariano de Policía del Estado Zulia, dan cuenta de que los piratas usan armas de guerra, como fusiles automáticos ligeros, escopetas y rifles de alto calibre.

La mayoría de los detenidos son venezolanos, aunque se ha reportado casos de indocumentados. Son violentos al abordar a sus víctimas, según testimonios de los pescadores afectados. Los operativos contra los piratas se realizan frecuentemente y de manera coordinada entre los organismos castrenses y policiales.

Omar Prieto, gobernador del Zulia, y figura cercana al presidente en disputa Nicolás Maduro, activó en julio una brigada lacustre que cuenta con 35 policías, una lancha rápida, cinco peñeros, ocho motocicletas y dos patrullas.

“Vamos a dar el frente a los piratas que actúan, que dañan, secuestran, asesinan y extorsionan a los pescadores del Lago de Maracaibo”, declaró el funcionario a la prensa al activar la división.

Temor compartido

Reina un olor pestilente a gasolina, aceite y arena remojada en la playa de El Bajo, en el municipio San Francisco del Zulia. El calor, húmedo y pegajoso, ronda los 35 grados centígrados bajo sombra, en el día de nuestra visita.

Rubén Morales, un indígena wayuu de 65 años, tiene 43 en el oficio en el cual le han robado tres veces en el Lago de Maracaibo.

Rubén Morales, un indígena wayuu de 65 años, tiene 43 años en el oficio en los que le han robado tres veces en el lago Maracibo
Rubén Morales, un indígena wayuu de 65 años, tiene 43 años en el oficio en los que le han robado tres veces en el lago Maracibo

Une retazos de las redes, los entrelaza rápidamente con una aguja artesanal de unos 15 centímetros, sentado en un taburete entre dos lanchas fuera de servicio.

“Antes no se veía eso. Se podía pescar tranquilo, a toda hora”, expresa, nostálgico.

El hambre recorre hoy la costa a zancadas. Sin mayor éxito en la pesca la noche anterior, los pescadores de El Bajo piensan saciarse comiendo coco, almendrones o mangos.

No obstante, un pescador de tez morena, con su braga ennegrecida por el petróleo que abunda en el lago, desciende de un bote con un par de baldes llenos de pescado fresco. Salvación.

Johan Morán, de 35 años, comienza a alistarlos sobre un mesón en la estación de cocina. Asesta un cuchillazo en la cabeza de un peje plateado antes de destriparlo y remover sus escamas con experticia.

Cuenta, entretanto, que lo han robado siete veces en el lago.

Johan dice que esquivó la muerte en el lago hace dos años, cuando a dos de sus compañeros los asesinaron mientras pescaban un noche del 2017.
Johan dice que esquivó la muerte en el lago hace dos años, cuando a dos de sus compañeros los asesinaron mientras pescaban un noche del 2017.

​“Los piratas no dejan trabajar a uno. Siempre tenemos que estar pendientes”, dice, despedazando ágilmente el almuerzo de las tripulaciones de nueve lanchas.

Afirma que esquivó la muerte en el lago hace dos años. Cuenta que su primo, Alexander, y uno de sus mejores amigos, Daniel, lo invitaron a pescar una noche de principios de 2017.

Se excusó para visitar a su familia. “No quise ir”, detalla, conciso. Se entristece de repente.

Hubo una masacre en esa jornada, dice Johan. Alexander, Daniel y el resto de su tripulación intentaron defenderse a balazos de un asalto de piratas, relata con dolor. A sus primos, los hirieron de muerte. Recuerda que sus cuerpos flotaron días después.

“Eso fue un dolor muy grande para la familia”, dice más afligido, lavando sus manos en un grifo que conecta con el agua del mar.

A veces tienes “suerte”

Si sobrevives a un asalto en el lago, tienes suerte. Le sucedió a Manuel (*) un pescador delgado, de barba profusa y dentadura malgastada, en el municipio Cabimas.

Recostado a un pilar de madera, sobre un piso de cemento y bajo la sombra de un techo de palmas a unos diez metros del agua, recuerda vívidamente el asalto que sufrió hace tres años junto a cuatro de sus compañeros en el estrecho oriental del Lago de Maracaibo.

“¡Estás robao’, métete pa’ abajo!”, relata, también imitando la voz del líder de los bandidos.

Prefiere que le llamen Manuel, porque teme que lo maten por “sapo”, como se llama popularmente en Venezuela a los delatores.

Le robaron a las 10:00 de la noche en la víspera del Jueves Santo de 2016. Dice que cinco hombres armados en una lancha de doble motor interceptaron su bote al regresar de una pesca exitosa de camarones.

Cuenta que los llevaron hasta una plataforma petrolera abandonada. Los tendieron boca abajo, mientras otros delincuentes se llevaban su bote, su motor y los 300 kilos de camarón que habían pescado.

Dice que se salvaron porque el jefe de los ladrones, ordenó a sus cómplices: “Dejá a los chamos quietos, que están colaborando”.

Los lanzaron al lago, a 500 metros de la orilla, cerca del complejo La Salina, una isla artificial de Petróleos de Venezuela.

Que te lancen al lago, con aguas de hasta 30 metros de profundidad, es lo mismo que una sentencia de muerte si no se tiene resistencia ni visibilidad, remarca Manuel. Sus colegas y él lograron bracear hasta una zona empedrada de la orilla.

Angustia contagiosa

La angustia de los pescadores del Lago de Maracaibo la viven sus parejas y familias. Yucseby López, de 33 años, espera cada jornada a su marido junto a sus hijos, en zozobra.

Sus temores se agitan con los ladridos de los perros que custodian el hogar. Ellos alertan la llegada de las lanchas en plena madrugada.

Ha desarrollado un hábito: los escucha, se planta en la orilla, mira fijamente a la lancha y cuenta cuántos tripulantes regresan. Cuando identifica a su marido, le vuelve la calma. Respira con alivio. Una madrugada a la vez.

Fuente: Voz de América

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