BOGOTÁ— Jenifer de la Rosa tenía apenas una semana de nacida cuando el Nevado del Ruiz hizo erupción y generó un alud de lodo que sepultó una localidad entera de Colombia y dejó 25.000 muertos.

Durante las caóticas secuelas del desastre ocurrido en 1985, la menor fue entregada a un trabajador de la Cruz Roja y a la larga la adoptó una pareja española.

La actual realizadora de documentales busca encontrar la respuesta a una pregunta que la ha obsesionado: ¿Qué sucedió con su familia biológica?

Un instituto genético de la capital colombiana anunció el jueves que había resuelto parte del rompecabezas, ya que expertos anunciaron haber confirmado mediante exámenes de ADN que una mujer que aún vive en la nación sudamericana es su hermana.

“Esto es solo de película”, dijo.

La historia de las hermanas perdidas podría ser una de tantas sobre niños separados de sus padres a causa de aquel desastre, rescatados de entre los escombros y después ofrecidos en adopción porque ningún pariente se presentó a reclamarlos.

Según medios locales, se consideró abandonados a los menores no reunidos con sus familias pasados seis meses de la tragedia, aun cuando existía la posibilidad de que algunos padres continuaran convaleciendo en hospitales, incapaces de buscar a sus hijos.

Múltiples colombianos y extranjeros ansiosos de adoptar recibieron autorización de hacerlo, criando a los niños en países tan lejanos como Holanda y Francia. Ahora ya adultos, algunos como De la Rosa están regresando en busca de respuestas.

“Fue como mil emociones”, declaró De la Rosa. “Siempre seguía preguntando”.

La travesía de los adoptados a menudo conduce primero hacia Francisco González, quien perdió a su padre y hermano en la tragedia y convirtió en una misión personal el reunir a familias. Dijo que su fundación, Armando Armero, ha compilado información de 478 personas que buscan a menores ante su convicción de que sobrevivieron, así como de 65 que fueron adoptados cuando eran menores.

“Sabemos que muchos menores salieron vivos”, dijo González desde su casa, donde conserva periódicos viejos y pilas de carpetas con información de los casos. “Hubo adopciones regulares, irregulares, no hubo una presencia del Estado eficaz”.

Muchos factores antecedieron los sucesos de aquel día de noviembre.

Armero era conocido como la “Ciudad Blanca” por sus abundantes cultivos de algodón. Los habitantes no se preocupaban demasiado del volcán y lo apodaban el “León Dormido”. Los científicos habían advertido durante meses sobre la posibilidad de una erupción trágica, pero no se implementó ningún plan de respuesta en caso de que ocurriera.

Cuando el Nevado del Ruiz hizo erupción, fundió parte de su cumbre de nieve, generándose así una masa de lodo de 45 metros (150 pies) de alto que descendió vertiginosamente por el río Lagunilla.

Unos 23.000 de los aproximadamente 28.000 habitantes de Armero murieron o desaparecieron cuando la corriente de lodo arrancó árboles y sepultó casas completas. Otras 2.000 personas perdieron la vida o desaparecieron en el lado opuesto del volcán.

Fue la imagen de Omayra Sánchez, de 13 años, aferrándose a la vida mientras los socorristas intentaban rescatarla del lodo la que se volvió emblemática de la tragedia y captó la atención mundial en los días posteriores.

Debido a la dispersión de las familias y a que pocas contaban con documentos de identificación, algunos emprendieron búsquedas personales para localizar a sus seres queridos. González mismo se propuso buscar a su padre y hermano, pero hasta la fecha jamás ha encontrado sus restos.

Los periódicos publicaron imágenes de menores rescatados con la expectativa de que algún pariente los encontrara. Algunos estaban tan chicos que ni siquiera podían decir su nombre.

“Dieciocho meses aproximadamente”, decía un texto al lado de la fotografía de un chico de pelo oscuro con estrabismo. “Dice: ‘pa’ y ‘más’”.

Muchos de los padres posiblemente fallecieron y otros resultaron gravemente heridos, pero sobrevivieron.

Gladys Primo estuvo en coma tres meses. Cuando despertó descubrió que no se sabía nada del paradero de su hija e hijos chicos. A la fecha continúa creyendo que están vivos, convencida de que un chico que apareció en televisión mientras era subido a un helicóptero es su hijo.

Primo figura entre los centenares de personas que se han hecho exámenes de ADN.

“Sé que algún día ellos van a aparecer”, afirmó.

Primo y otras familias afirman que la institución encargada del bienestar de los menores en Colombia no les ha ayudado porque nunca les da una explicación completa sobre los niños adoptados. La oficina del gobierno encargada de las adopciones no respondió a una solicitud para que hiciera declaraciones sobre el asunto.

Hace siete años, González acudió a Emilio Yunis, precursor colombiano en estudios genéticos, para ver si podría ayudarle a encontrar a parientes. La labor ha tenido continuidad con el hijo de Yunis, Juan Yunis, cuyo instituto genético ha compilado perfiles de 275 personas relacionadas con la tragedia de Armero, entre ellos de 48 hombres y mujeres adoptados cuando eran niños.

Juan Yunis dijo que han ayudado a resolver cuatro casos, incluido el de un hombre que creció en Estados Unidos y fue reunido con su padre biológico. Dijo que el Estado podría ayudar facilitando laboratorios como el suyo con acceso al ADN de quienes fueron sepultados en fosas comunes.

“No ha hecho absolutamente nada”, afirmó.

Por su parte, De la Rosa, de 34 años, siempre supo que fue adoptada después de la tragedia. Sus padres españoles siempre le compartieron abiertamente lo que sabían de ella, incluida documentación que indicaba que su madre biológica se llamaba Dorian Tapazco Téllez.

Durante sus años de adolescente, De la Rosa comenzó a buscar en internet el nombre de nacimiento de su madre pero nunca consiguió resultado alguno.

La inquietud de indagar más, que le llegaba y le desaparecía, culminó con su decisión de estudiar periodismo, vía que De la Rosa afirma le permitió explorar a distancia una parte dolorosa y confusa de su pasado. Estudio producción cinematográfica y ahora trabaja en un documental.

“Decidí que iba a venir aquí a Colombia”, afirmó. “También me pertenecía”.

Cuando comenzó su búsqueda en serio, se sorprendió de conocer a una mujer que vendía comida callejera en Barrancabermeja que también buscaba a una madre con un nombre similar. Ángela Rendón, de 35 años, había vivido una vida drásticamente distinta siendo madre soltera de dos chicas adolescentes pero que también se había preguntado toda la vida si aún tenía parientes vivos.

Con la asistencia de González, ambas se reunieron por primera vez el año pasado, aunque en ese momento no estaba confirmado que fueran parientes mediante exámenes de ADN.

De la Rosa estaba escéptica, aunque Rendón tenía esperanzas de que el ADN de ambas coincidiera.

“Solamente Dios y la ciencia lo sabrán”, afirmó.

Lo poco que saben de su historia coincide: Los documentos y anécdotas que ambas han expuesto indican que su madre las dejó con personas distintas después de la tragedia, lo que indicaba que habría sobrevivido. Ambas han emprendido ahora la misión de encontrarla, pero no han podido localizar a nadie con el nombre de su madre en el registro civil de la nación.

Los exámenes fueron difundidos el jueves y en ellos se estableció que ambas tienen un vínculo materno, aunque los expertos no han podido determinar si comparten un padre, debido a la ausencia de más material genético.

De la Rosa dice que todavía le cuesta trabajo creer que ambas sean hermanas, aunque Rendón ha advertido similitudes sorprendentes, como cuando llevaban chaquetas floreadas en su reunión inicial y tatuajes en su brazo izquierdo que se habían hecho años antes.

Mientras conversaban el jueves con la prensa, De la Rosa frotó el hombro de su hermana y ambas compartieron un breve abrazo. Más que un vínculo instantáneo, las mujeres dijeron que continuarán cultivando su relación con los años.

“Hemos vivido realidades muy muy diferentes”, señaló De la Rosa. “Somos ejemplo que los vínculos se construyen”.

Categorías: América Colombia

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