La Fuerza Aérea publicó la semana pasada su informe del 2018, Electromagnetic Defense Task Force (Grupo de Trabajo de Defensa Electromagnética 2018), que concluyó que un pulso electromagnético -generado ya sea por un arma nuclear o una llamarada solar- podría paralizar los sistemas que dependen del espectro electromagnético.

El informe se hace eco de una evaluación reciente de la Heritage Foundation que advierte que Estados Unidos no está preparado para un evento de este tipo.

Las erupciones solares, que emiten una intensa radiación de alta energía, tienen lugar a diario en la superficie del sol. Las llamaradas de baja intensidad golpean regularmente la tierra, afectando las comunicaciones de radio y las transmisiones de las líneas de energía, pero la magnitud, intensidad y duración de algunas llamaradas solares (tormentas) pueden ser devastadoras. En 1859, uno de esos eventos literalmente prendió fuego a las máquinas telegráficas y dejó inconscientes a sus operadores.

Con el tiempo, los telégrafos dieron paso a radios construidas alrededor de tubos de vacío, y la tecnología asociada comenzó a mejorar y a volverse inseparable de todos los aspectos de la sociedad estadounidense. A principios del siglo XX, los receptores de radio eran comunes en muchos hogares y las comunicaciones de radio bidireccionales se convirtieron en una necesidad militar.

Cuando se desarrollaron las armas nucleares, al gobierno de Estados Unidos le preocupó el efecto que un pulso electromagnético generado por un arma nuclear podría tener en esos sistemas. Para probar esos efectos, en 1962 detonó un arma a gran altitud, y el pulso que siguió se disparó en las escalas del conjunto de sensores científicos. El pulso era tan fuerte que apagó las luces de la calle y causó apagones telefónicos a más de 800 millas de distancia en Hawaii. Con el tiempo, la explosión destruyó varios satélites estadounidenses, británicos y rusos.

La electrónica de esa época era mucho más resistente a los pulsos electromagnéticos que la actual. Los teléfonos inteligentes, las computadoras, los cajeros automáticos, las instalaciones de energía nuclear y prácticamente todas las demás facetas de nuestra vida cotidiana dependen ahora de las tarjetas de circuitos electromagnéticos.

Hoy en día, incluso un pulso electromagnético relativamente pequeño puede paralizar todo, desde la electrónica personal hasta los vehículos tácticos, los nodos de mando y control, y los drones que han sido tan efectivos para nuestro ejército.

Nuestros adversarios saben cómo explotar estas vulnerabilidades críticas, y hay varios que tienen la capacidad de hacerlo.

Una detonación a gran altitud de un arma nuclear sobre los EE.UU. incapacitaría las redes eléctricas durante semanas, si no meses. Aunque el consiguiente corte de energía provocaría el caos en las principales áreas metropolitanas, tendría efectos catastróficos en nuestras centrales nucleares. El informe indica que sin una restauración casi inmediata de la energía a las bombas que enfrían las barras nucleares en esas instalaciones, podríamos sufrir fusiones en reactores en 60 lugares diferentes.

Actualmente no existe ningún plan civil o militar para restaurar la energía de estas instalaciones. Y mientras que los militares tienen normas destinadas a proteger los componentes clave de los efectos de un pulso electromagnético, hay muchas áreas en las que esas normas no se aplican o en las que persisten las incertidumbres.

La integración de los sistemas digitales -desde los controles de vuelo hasta la inyección de combustible- es ahora parte integrante de la aviación militar y comercial. El informe enmarcó esta vulnerabilidad con la pérdida de un helicóptero poco después de haber volado sobre un conjunto de antenas de alta potencia. La interferencia electromagnética hizo que el carburador digital del helicóptero cerrase el paso del combustible al motor.

El accidente pone de relieve el impacto potencial que un pulso electromagnético podría tener en todos los componentes digitales críticos y en los receptores sensibles, como los conjuntos de radares de nuestros aviones. Mientras que la mayoría de los aviones de combate y de transporte aéreo incorporan escudos y sistemas de respaldo que permitirían su recuperación segura tras un pulso electromagnético, su utilidad militar, en el mejor de los casos, estaría en entredicho.

Con el fin de proteger nuestra infraestructura, el informe ofrece tres recomendaciones principales:

Primero, debemos construir armazones más fuertes que puedan identificar rápidamente y luego dar una respuesta creíble y disuasoria a un agresor que intentara tal ataque.

Debemos motivar a los reguladores estatales y a las compañías eléctricas para que aseguren nuestra red eléctrica ahora, con el fin de mitigar la gravedad y duración de los efectos de un pulso electromagnético.

Por último, debemos fortalecer las relaciones cívico-militares que permitan restablecer rápidamente los componentes críticos de nuestra infraestructura.

La amenaza de un pulso electromagnético generado por una tormenta solar o un dispositivo nuclear es real, y el impacto que tendría en nuestra nación con su nivel actual de adaptación es nada menos que desastroso. Los pasos necesarios para minimizar esta amenaza son costosos, pero necesitamos absorber esos costos ahora, ya que el costo de tratar de recuperarse después de los hechos puede resultar inalcanzable.

 

Por John Venable, quien sirvió 25 años en la Fuerza Aérea, es un investigador senior en política de defensa en The Heritage Foundation.

 

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Categorías: América EE. UU.