Si alguien quería destruir la esperanza de una generación en su capacidad para salir adelante, no podía haber ideado un mejor sistema federal que los planes de reembolso basados en los ingresos.

El presidente Joe Biden dio a conocer el miércoles un amplio plan para que los prestatarios de préstamos estudiantiles morosos puedan transferir decenas de miles de dólares de deuda a los contribuyentes. Si fuese un líder con mentalidad bíblica, Biden habría aprovechado su rueda de prensa televisada a nivel nacional para arrepentirse de su papel en la creación de la crisis de los préstamos estudiantiles en primer lugar.

El plan de rescate de préstamos estudiantiles de Biden le permite a las personas cancelar 20.000 dólares en préstamos estudiantiles no pagados si recibieron becas Pell o 10.000 dólares si no las recibieron. El plan está abierto a los hogares que ganan hasta 250.000 dólares al año o a individuos que ganen hasta 125.000 dólares. También reduciría el número de personas que tienen que hacer pagos de préstamos estudiantiles en lo absoluto, así como la cantidad y el tiempo que deben pagar antes de que los contribuyentes estadounidenses paguen la cuenta de su préstamo completo.

Mientras que gran parte de los comentarios se han centrado en los estudiantes que se negaron a realizar los pagos de sus préstamos, pocos han discutido cómo las sucesivas administraciones presidenciales han llevado a esos estudiantes a una situación de fracaso. El gobierno federal nacionalizó en gran medida la industria de los préstamos estudiantiles en 2010 a través de una ley relacionada con el *Obamacare, la “Ley de Reconciliación de la Salud y la Educación de 2010”. El gobierno de EE. UU. tiene ahora el 92% de todos los préstamos estudiantiles – y la deuda estudiantil total del país se ha duplicado con creces, pasando de 811.000 millones de dólares en abril de 2010 a 1.748 billones en abril de 2022.

Parte de la razón por la que las cifras se han disparado -y los estudiantes comienzan la vida tan endeudados- se debe a las políticas progresistas que hicieron imposible que la mayoría de la gente pagara alguna vez sus préstamos estudiantiles. En su prisa por hacer que el contribuyente estadounidense suscribiera el importe máximo de la matrícula universitaria, transformaron la mayoría de los préstamos estudiantiles de un préstamo con intereses fijos -como una hipoteca o el préstamo de un auto- a un plan basado en los ingresos del estudiante luego de haberse graduado. Poco a poco, la participación del prestatario en sus préstamos universitarios se redujo, mientras que la del contribuyente aumentó.

El primer plan de reembolso basado en los ingresos -el Programa Federal de Préstamos Directos William D. Ford, establecido en julio de 1994 bajo la administración Clinton- exigía a los estudiantes pagar hasta el 20% de sus ingresos discrecionales durante 25 años; cualquier saldo restante sería pagado por los contribuyentes. El gobierno de George W. Bush aprobó la Ley de Acceso y Reducción de Costos Universitarios de 2007, que le permitía a los graduados pagar el 15% de sus ingresos por encima del 150% del umbral federal de pobreza. La administración Obama-Biden redujo ese porcentaje al 10 por ciento y condonó los préstamos universitarios no pagados después de 20 años en virtud de una serie de nuevas políticas de préstamos entre 2012 y 2014.

Estas políticas hicieron que la deuda de los préstamos estudiantiles fuera efectivamente permanente e impagable.

La Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO) explicó el proceso en un exhaustivo informe de febrero de 2020. Los investigadores de la CBO siguieron a los graduados universitarios que comenzaron a pagar los préstamos estudiantiles en 2012. “A finales de 2017, más del 75% de esos prestatarios debían más de lo que habían pedido prestado originalmente. Por el contrario, el saldo promedio entre los prestatarios en planes de pago fijo disminuyó constantemente”, señalaron. “Los préstamos a menudo se reembolsan más lentamente en los planes basados en los ingresos porque los pagos requeridos son demasiado pequeños para cubrir los intereses acumulados. En consecuencia, los prestatarios de estos planes suelen ver crecer su saldo con el tiempo en lugar de reducirlo”.

El gobierno federal se hizo cargo de casi todos los préstamos estudiantiles, obligó a los estudiantes a hacer pagos durante años para que se atrasaran aún más, y luego entregó la deuda ampliada a los contribuyentes estadounidenses. Las políticas desacertadas comenzaron ya en 1978 con la Ley de Ayuda a los Estudiantes de Renta Media, que permitía a todos los estudiantes universitarios acumular deudas de préstamos estudiantiles. Una serie de proyectos de ley ampliaron esta red de endeudamiento a un porcentaje cada vez mayor de estadounidenses, y Joe Biden apoyó cada uno de los pasos en falso de la legislación. También hizo que fuera casi imposible cancelar los préstamos estudiantiles en caso de bancarrota, asegurando que los pagos de los préstamos que se acumulan sin remedio continúen sin fin – y que los administradores de las universidades sigan cobrando.

Si alguien quería destruir la esperanza de una generación en su capacidad para salir adelante, no podía haber ideado un sistema mejor.

Como dijo el pelele francés, esa política es “peor que un crimen; es un error”. La mayoría de los préstamos estudiantiles están basado ahora en los ingresos, según la CBO, y los préstamos que el gobierno emitiría entre 2020 y 2029 costarán a los contribuyentes unos 82.900 millones de dólares. Todo esto ignora el hecho de que el Tío Sam ha demostrado ser un mal contable. Un informe de la Oficina de Rendición de Cuentas del Gobierno (GAO) publicado en julio descubrió que el Departamento de Educación predijo que los préstamos estudiantiles generarían 114.000 millones de dólares para el gobierno federal; en cambio, perdieron 197.000 millones de dólares, un error de 311.000 millones de dólares, en su mayor parte debido a un análisis incorrecto.

Sólo el gobierno federal podría perder dinero en una industria que ha crecido cuatro veces con la tasa de inflación. Como observó una vez Milton Friedman, “si pusieras al gobierno federal a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena”.

Y, por supuesto, esos cálculos no consideran la posibilidad de que Biden transfiriera una parte considerable de esa cantidad a los contribuyentes productivos de EE.UU., que no pueden dejar de pagar los impuestos obligatorios.

Biden y el ex presidente Barack Obama deberían arrepentirse de haberles dado esta carga de deudas a la generación más joven, aumentando así la insondable deuda nacional para todos los estadounidenses. En el anuncio del presidente Biden el miércoles por la tarde deberíamos haberlo visto inclinarse ante el público, susurrar un “mea culpa” y ofrecer las condonaciones como un acto de restitución y reparación por las malas políticas que apoyó durante más de cuatro décadas. Para que se ajuste a una restitución bíblica adecuada, el pago tendría que hacerse al 75% de los estudiantes que tomaron préstamos estudiantiles creados por el gobierno y basados en los ingresos desde la administración de Obama, especialmente a aquellos que hicieron sus pagos. También tendría que tener la autoridad legal y constitucional para redistribuir el dinero de otras personas, cosa que no hace. Pero si lo hiciera, ese acuerdo sería al menos justo.

Pero en la Biblia, el arrepentimiento (μετάνοια) significa cambiar de opinión y de comportamiento. El nuevo rescate de préstamos estudiantiles de Biden no representó un arrepentimiento sincero, sino un desafío de corazón. En lugar de volver a poner el barco del Estado a salvo, Biden gritó: “¡Malditos sean los torpedos, a toda velocidad!”. En lugar de abandonar la servidumbre de los préstamos estudiantiles basada en los ingresos que él y Barack Obama diseñaron, redujo aún más los pagos mínimos al 5% de los ingresos discrecionales de los nuevos graduados, elevó los ingresos discrecionales al 225% del nivel de pobreza y dejó que los estudiantes transfirieran sus préstamos no pagados a los contribuyentes después de 10 años. Esto condenará a aún más graduados a una vida de desesperados pagos de intereses y servicios y obligará a los contribuyentes a comer un porcentaje aún mayor de la deuda no pagada e inflada.

Esto sólo tiene sentido si los progresistas tienen la intención de colapsar el sistema, como muchos creían que diseñaron el Obamacare para forzar el sistema de salud de Estados Unidos en una espiral de muerte y reemplazarlo con una alternativa socialista administrada por el gobierno. Obama admitió que estaba a favor de la medicina socializada en 2008. “Si tuviera que diseñar un sistema desde cero, probablemente seguiría adelante con un sistema de pagador único”, dijo Obama en un acto de campaña. Pero por el momento, retocaría el sistema existente hasta que los estadounidenses “decidan que hay otras formas de proporcionar atención médica de forma más eficaz”.

¿Es posible que éste sea el siguiente paso hacia la universidad financiada por el gobierno? Sea lo que sea, no es el camino de vuelta a la cordura económica.

Biden y Obama deberían arrepentirse. Y si no se humillan, los votantes deberían humillar a quienes apoyan sus políticas inmorales en las urnas.

Ben Johnson – fee.org.es

 

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