Las noticias, el arte, la cultura, el entretenimiento, la educación se transmitirán a imagen y semejanza del partido comunista cubano

El régimen cubano no quiere más protestas. La forma de lograr desde ahora la sumisión será con más manipulación de la realidad, a través del nuevo Instituto de Información y Comunicación Social (IICS). Este será un organismo que sustituirá al aniquilado Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) en las labores de control mediático, con el fin de colocar al comunismo castrista como “El gran hermano” de la isla.

Solo ese será el tema. Nada más. Las noticias, el arte, la cultura, el entretenimiento, la educación, todo se transmitirá —como lo impuso el Ministerio de la Verdad de la novela 1984 de George Orwell— a imagen y semejanza del partido. El único fin que se persigue es desdibujar la memoria y los recuerdos, los sueños y deseos, gustos y opiniones personales, pero sobre todo la capacidad de cuestionar, criticar, pensar.

A ello le temen. A ello apuntan con una institución que surge ante la «ausencia de un organismo que conduzca y controle el sistema de comunicación social para fortalecer la institucionalidad del país», de acuerdo con el texto que se publica en Gaceta Oficial.

De esa manera lo vende el Consejo de Ministro que en septiembre le establecerá «las funciones específicas, estructura y composición», para intentar rescatar la audiencia perdida con la irrupción de medios de prensa independientes, así como el acceso a internet desde los móviles garantizado por Estados Unidos. Es último señalado por analistas como un hecho vital que sepulta cada vez más la ortodoxa propaganda gubernamental.

Es represión y es ley. Ya el Decreto 41 que oficializa la creación del ente que regirá los tiempos en pantalla, contenidos y voceros está en la Gaceta Oficial.

Funciones reservadas

Lo que ahora consumirán por radio y televisión los cubanos es una incógnita, aseguró 14ymedio pero no será sorpresa que la cabeza del régimen, Miguel Díaz-Canel, protagonice la adaptación que ha hecho su despacho de la obra más emblemática del escritor alemán, con el objetivo de dominar el presente y el futuro en el país caribeño.

La isla entrará a la fantasía de la retórica. Los rumores e historias se contarán en las calles pero sin testigos directos. Nadie sabrá que sucede, todo quedará en conjeturas, comentarios con dudas donde no existirán hechos o una realidad concreta y objetiva a la cual aferrarse, porque «pudiera repetirse dolorosamente el 11 de julio si no se comunica mejor”, advirtió la reportera de la emisora Radio Rebelde, Ana Teresa Badía, mientras aconseja buscar «nuevos escenarios visuales», «evitar las imágenes de reuniones todo el tiempo, las oficinas”.

Con objetivos

La meta es que “los políticos estén en los espacios productivos tienen que estar y se hace imprescindible» para refrescar la desgastada consigna «continuidad”. No parece fácil cuando “los actuales dirigentes del Partido Único, una nueva generación de funcionarios que ha heredado —sin pasar por las urnas— los timones del poder en Cuba buscan apalancarse en una manera más moderna a través de la prensa”, indicó el medio.

Cristina Escobar, reportera de la televisión cubana, sigue la línea de Badía al afirmar que «hay un sentido de la urgencia y de lo que hay que cambiar al interior del ICRT». Lamentó que el 11 de julio «la prensa cubana no cubrió lo que sucedió en la calle» y por esa razón tuvieron que «coger lo que contaron otros».

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Sobre esa jornada reconoció que «está pendiente el tema de lo sucedido con los detenidos», pero también «lo heroico» de la actuación de la policía. Además, señaló que «hay una Cuba no contada en los medios de comunicación» y que por esa razón «hay una gran cantidad de jóvenes que se enorgullecen que no ven el noticiero». «No tenemos la hegemonía pero hay que ir a fajarse por esa audiencia», agregó Escobar.

Denigrar para desacreditar

Los medios independientes son otro de los blancos del castrismo. Rosa Miriam Elizalde, primera vicepresidente de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec) los llama «timbiriches digitales» que libran una batalla cultural y simbólica con «un diseño» estratégico para generar «brechas de la comunicación» porque son «laboratorios de guerra».

Desempolva tanto la visión como algunos vocablos propios de Fidel Castro, quien usó el término «timbiriches» para denigrar a los pequeños negocios nacionalizados, iniciativas particulares que cayeron entonces bajo la estatización: desde las pequeñas cafeterías privadas que aún quedaban funcionando hasta los cajones con betún y cepillo de los limpiabotas. En el discurso del 13 de marzo de 1968, la utilización de la palabra azuzó el encono popular contra los emprendedores locales.

«Holgazanes, en perfectas condiciones físicas, que montan un timbiriche, un negocito cualquiera, para ganar 50 pesos todos los días», decía Castro, en aquel entonces. En su acto seguido agregaba: «La entrada bruta de los timbiricheros adquiere características insospechadas», en referencia a los vendedores de frita, una mezcla cárnica colocada en un pan muy popular entre las comidas callejeras. De ahí, la actual necesidad de omnipresencia del comunismo en cada rincón.

Gabriela Moreno – Panampost.com

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