Bolivia no es el único país que se ha visto obligado a posponer sus elecciones presidenciales debido a la pandemia. Pero llega a esta situación en circunstancias complicadas y liderado por un gobierno no electo, que mantiene un coqueteo problemático con el autoritarismo.

La presidenta interina Jeanine Áñez llegó al poder con dos tareas principales: la de convocar nuevas elecciones y de unificar un país peligrosamente dividido. Y mientras que los comicios – aunque sin fecha exacta- están previstos para antes de octubre, la polarización entre masistas y antimasistas ha hecho todo menos atenuarse en los últimos meses.

La política de mano dura, implementada por Áñez desde que asumió la presidencia interina, ha sido objeto de fuerte crítica dentro y fuera del país. “La retórica que atenta contra los derechos humanos no es un fenómeno nuevo en Bolivia”, dice Fernanda Doz Costa, directora adjunta para las Américas en Amnistía Internacional. Pero asegura que “se han observado señales preocupantes del nuevo gobierno como acusaciones infundadas de sedición y subversión contra periodistas y miembros de la Asamblea Legislativa” – órgano de mayoría socialista.

Represión en nombre del coronavirus

Los masistas acusan al gobierno transitorio de persecución política y sienten que la opresión se ha intensificado con la llegada del coronavirus. Desde que se decretó la cuarentena denuncian represión selectiva de opositores. Señalan allanamientos y detenciones arbitrarias, obstaculizaciones de entregas humanitarias a municipios controlados por sindicatos cocaleros y atentados contra la libertad de expresión. Desde el exilio, Evo Morales echa leña al fuego, acusando a Áñez de usar la pandemia para aferrarse al poder. “El coronavirus llegó como anillo al dedo a la derecha para que pueda postergar (las elecciones)”, dijo el exmandatario a AFP.

A pesar de sus intenciones obvias de continuar en el poder – Áñez anunció su candidatura presidencial en enero – expertos no creen que la exsenadora tenga interés en aplazar los comicios ad infinitum. “A quien más conviene actualmente llevar el país a elecciones es al gobierno”, opina el politólogo boliviano Marcelo Arequipa, y concluye que “todos los retos que vamos a vivir probablemente vayan a mellar la legitimidad que está intentando construir Áñez”.

Falta de legitimidad

La legitimidad es el gran problema de Áñez. Su formación política apenas pasó del 4% en las elecciones anuladas. Antes de tomar las riendas del país, la exsenadora carecía de un perfil político destacado. Según el politólogo Arequipa, eso la llevó a buscar legitimidad a través del miedo y la evocación de un bien mayor que justifica medidas drásticas: “Solamente puede ofrecer disciplina y acción punitiva, porque estrategia concreta de cara a la crisis sanitaria no se ve”.

A la llamada “securitización” de la crisis sanitaria mediante la fuerte implicación del ejército y la policía se opone la estrategia discursiva de Áñez. “Se basa en la maternidad y en la religión”, apunta el analista político Fernando Mayorga, y se pregunta que frente a una crisis de esta naturaleza, “¿quién mejor que una madre?”.

Y por ahora, el plan funciona. Con poco más de mil casos de infecciones con coronavirus confirmados en el país, la mayoría de bolivianos ve con buenos ojos la gestión de crisis del gobierno interino.

Pero con un sistema de salud frágil y un gran porcentaje de informalidad económica, el miedo de los bolivianos al coronavirus es grande. Según la encuestadora Captura Consulting, el 75% teme un impacto fuerte en su economía de hogar y la consultora Ciesmori atesta que la crisis se ha cobrado ya lo ingresos del 38% de los bolivianos.

Futuro incierto

Sumadas a una crisis política y social, las consecuencias económicas del coronavirus pueden ser devastadoras para una Bolivia inestable, predice Arequipa: “Es una pesadilla que va creciendo. Va a ser muy difícil de soportar, de administrar y de manejar. Lo único que podría aminorarlo serían pactos políticos de gran escala”.

Pero con brechas ideológicas cada vez más profundas, una cooperación multilateral por el bien del país roza la utopía. Tratar de mitigar la polarización será el gran reto del próximo mandatario. Las artimañas del gobierno interino y la guerra abierta entre izquierda y derecha han arrastrado Bolivia a una a profunda crisis de representación política.

El panorama que se encontrará el ganador de las elecciones extraordinarias será una mezcla peligrosa de desencanto político, división social y malestar económico. Para evitar escenas dramáticas como las del año pasado, la clase política boliviana tendrá que reinventarse. Si no lo logra, dice el politólogo Arequipa: “Estamos ad portas de ver terminar una generación política”.

Fuente: DW.