Somos testigos que ante la grave situación que atraviesa el país las redes expanden toda clase de tesis amorfas y verdades a medias, las que en vez de contribuir a la solución, confunden.

Colombia es un país creyente, y su grandeza se ha estructurado en el respeto por sus tradiciones y valores. Desde comienzos de su vida republicana la familia ha sido el eje central de su sociedad, porque sabido es que tal constituye el núcleo donde se aprenden y afianzan los principios y valores. La iglesia y la cristiandad, en que se inspira, otrora marcaron la consolidación de la nación.

Hoy, el camuflado nuevo socialismo del siglo XXI percibe que solamente en la destrucción de esos principios podrá difundir su proyecto expansionista cuyos orígenes —si se revisa la historia— se encuentran desde 1960 en la era de Fidel Castro.

No nos quepa la menor duda que ese fue su comienzo, el que ahora es seguido por algunos mandatarios latinoamericanos, ya el expresidente Pastrana nos recordó como el presidente saliente de Ecuador, Lenín Moreno, acusó al dictador Nicolás Maduro de ser el “incitador y financiador” de la violencia en Colombia. Por supuesto, todos conocemos que el tirano venezolano es guiado, orientado y movido por el aparato cubano que es, al fin de cuentas, el que siempre tuvo interés en exportar su revolución armada y, ante su fracaso, ahora exporta su revolución ideológica.

Es a la historia a la que se debe acudir para entender los hechos, en vez de darnos a la tarea de las especulaciones y explicaciones aventuradas, como actualmente sucede en las llamadas redes.

Somos testigos que ante la grave situación que atraviesa el país las redes expanden toda clase de tesis amorfas y verdades a medias, las que en vez de contribuir a la solución, confunden. Muchos mensajes son manipulados, la posverdad está a sus anchas y algunos medios de comunicación en vez de trabajar y registrar con ética y objetividad la multiplicidad de noticias, toman partido y enfatizan la solidez de las marchas en inexistente contenido pacífico, cuando para nadie es desconocido ni secreto que lo que ha primado es el daño sin razón, a través de la destrucción de vidas, bienes públicos y privados.

La inmensa mayoría de los colombianos y en particular los mayores, ante el caótico momento que se vive en nuestra nación, sitiada por aquellos que desean hacerse por las vías de hecho al poder, vuelven sus ojos a los valores que están impregnados en su conciencia y luchan por mantener la patria libre y democrática, bajo la absoluta creencia de que es esa su responsabilidad con las nuevas generaciones, advirtiéndoles de los graves peligros que se ciernen sobre ellos, aun cuando así no lo crean, porque son manipulados y utilizados como carne de cañón.

Los adoctrinadores son expertos en lavarles el cerebro y convencerles de causas que ya ni siquiera se advierten en el ocaso, pero que, para sus intereses, tratan de mantener vigentes a través de movimientos y minorías a las que alimentan esos adoctrinadores en el odio y la destrucción.

Entonces, es fundamental la tarea nuestra en apadrinarles, compartir vivencias con sus amigos y compañeros de estudio, mostrarles que la consolidación de una nación se hace con esfuerzo y trabajo. Demostrarles, con diálogo permanente, que las economías que concurren a los sistemas de auxilios, ayudas o asistencialismo permanente marcan más temprano que tarde su futura pauperización.

En la gran depresión de los años 30 dijo uno de los más grades presidentes de Estados Unidos, Teodoro Roosevelt, en su discurso de posesión: “Este, en especial, es el momento de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y valor. No debemos rehuir hacer frente sin temor a la situación actual de nuestro país. Esta gran nación resistirá como lo ha hecho hasta ahora, resurgirá y prosperará”.

Asimismo, el político agregó: «Por mi parte y por la vuestra, nos enfrentamos a nuestras problemáticas comunes que, gracias a Dios, solo entrañan cuestiones materiales. Los valores han caído hasta niveles inverosímiles, han subido los impuestos, los recursos económicos del pueblo han disminuido, el Gobierno se enfrenta a una grave reducción de ingresos, los medios de pago de las corrientes mercantiles se han congelado, las hojas marchitas del sector industrial se esparcen por todas partes, los agricultores no hallan mercados para su producción, miles de familias han perdido sus ahorros de muchos años”.

Ahora, cerca de cumplirse cien años del pronunciamiento de ese célebre discurso, pareciera que fuera de ayer, pues describe nuestra actual situación. Por supuesto, la gran nación del norte no salió de la crisis a base de asistencialismo. Lo hizo a través del llamado a la unidad nacional, desde luego, optimizando el aparato productivo. Ahí radica buena parte de la solución. La empresa privada, a la que tanto se cuestiona y ataca en la actualidad, fue motor trascendente de aquella reconstrucción y lo va ser en la nuestra.

Los convocados a las marchas no se han dado cuenta que el pretexto que les dieron para salir a las calles ya no existe. Sin embargo, el movimiento continúa. La reforma tributaria se retiró, se consiguió la salida del ministro y del equipo económico, pero el paro sigue; naturalmente que se prolonga porque su finalidad no era eliminar la reforma tributaria, como tampoco es dialogar. Su propósito es hacerse con el poder sea anticipando elecciones o a través de una vía de hecho o golpe civil.

Hoy, por los bloqueos de las vías que es claro delito en las voces del Código Penal (Artículo 353 A) y el vandalismo, la carestía se ha hecho presente. La pobreza monetaria en Colombia registra un récord jamás visto en el 2020, se situó en el 42,5 % y la pobreza monetaria extrema fue 15,1 % en el total nacional. Luego, se aprecia que con la paralización del aparato productivo, agrícola y ganadero todos perdemos y de persistir en ese cese, de lo que no se dan cuenta, es que van a ocasionar, como ya empieza a darse, un mayor desempleo productivo que obviamente hará que los índices de pobreza en vez de mejorar se agraven y crezcan y de contera la carestía en los artículos de la canasta familiar se eleven, perjudicando los intereses de quienes dicen estar defendiendo.

Por el paro y el COVID-19 muchas familias colombianas se acuestan sin probar el alimento diario necesario. Ahora bien, con el fin de recuperar toda la infraestructura banalizada durante el paro, el Estado se va a ver abocado, a aumentar los impuestos, situación que agudiza la pobreza de más de 21 millones de ciudadanos, que a la sazón la padecen.

El presidente Iván Duque tiene una difícil tarea. Es clave que convoque, como lo ha hecho, a la unidad, pero debe tener mucho cuidado con un diálogo abierto, sin una clara agenda. Él no puede por la presión y vías de hecho entregar el Estado, sino que por el contrario, debe afianzarlo y asegurarlo. No puede permitir que oportunistas y solapados cercanos a los instigadores e incluso incitadores como los senadores Alexander López, Wilson Arias y otros afines a ellos se cuelen.

Es imperioso defender y hacer respetar las FFMM y de Policía; debe devolverles cuanto antes el uso de las armas al Esmad. Sin falta los desmanes abusos y destrozos deber ser judicializados. A los promotores de la protesta y paro, antes de sentarse con ellos, debe condicionarlos a que para hacerlo y escucharlos deben levantar el paro y desbloquear las vías. Hacerlo en medio de esas perturbaciones del orden, es tanto, así como negociar chantajeado, parodiando la figura es hacerlo con una “pistola en la frente”. Como expresó el Dalai Lama “Abre tus brazos al cambio, pero no dejes ir tus valores”.

Por Bernardo Henao Jaramillo – Panampost.com