Nadie espera que Luis Arce sea un Lenin Moreno, pero podría ser un pequeño Deng, si optara por liberar potenciales de la economía en vez de apostar por la asfixia estatista

Llaman la atención las reacciones disímiles que se han registrado en Bolivia, desde el poder formal constituido en la sede de gobierno y desde el poder de facto asentado en El Chapare, frente a la conocida investigación del FBI que ha copado titulares en los últimos días.

Por una parte, tenemos la postura expresada por la ministra de la presidencia, María Nela Prada, apuntando a que la coyuntura facilita posibilidades de normalización diplomática entre Bolivia y Estados Unidos, algo bastante razonable en momentos en que el país necesita abrir puertas de cooperación económica y sanitaria, sin limitaciones de tipo político.

“Hemos restablecido relaciones de confianza con Estados Unidos. (…) No vamos a hacer que temas ideológicos perjudiquen las gestiones que son para el pueblo”, dijo Prada.

Muy distinta fue la reacción del autócrata desempleado, Evo Morales, quien mostró aprensión ante la noticia, sugiriendo que detrás podría haber algún oscuro plan imperial para implicar a quién sabe qué otras personas.

“Qué hay detrás de la detención. Yo me acuerdo, una vez fue detenido en Panamá un general de la policía, (René) Sanabria, lo detuvieron y para liberarse en Estados Unidos, el general acusó a altas autoridades del Estado plurinacional de narcotraficantes. Es algún mensaje de Estados Unidos hacia Bolivia”, dijo en la radio Kausachun Coca.

Claro, Morales se da cuenta que en manos del FBI y de la fiscalía estadounidense está alguien como Arturo Murillo, que puede conocer muchos pormenores de las actividades ilícitas chapareñas, tanto por su experiencia como empresario hotelero en esa región como por su calidad de exministro de gobierno, encargado de la lucha antidrogas.

La disonancia entre los dos poderes del régimen muestra que uno de ellos podría tener la oportunidad de subirse al tren del pragmatismo democrático, mientras que el otro representa a un callejón sin salida, vinculado a formas autoritarias construidas sobre las realidades del crimen organizado.

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Nadie espera que Luis Arce sea un Lenin Moreno, pero podría ser un pequeño Deng, si optara por liberar potenciales de la economía en vez de apostar por la asfixia estatista. Es eso o calentar el sillón presidencial para el retorno de su exjefazo, quien parece estar operando activamente para que esto suceda antes del 2025.

En vez de la hoz y el martillo, el logotipo del evismo podría estar compuesto por la hoz y el serrucho, que va seccionando empeñosamente el piso debajo del primer mandatario.

La normalización de relaciones con las principales democracias occidentales (lo que incluye por supuesto a la Unión Europea) puede ser el inicio de un camino para tener una base propia de sustentación internacional, reduciendo la dependencia del gobierno boliviano hacia las quebradas autocracias regionales.

Emilio Martínez Cardona – Escritor invitado al Panampost.com