(Redacción Bles) A unos 350 kilómetros de la ciudad de Jiva, Uzbekistán, se encuentra Moynaq, el que un día fue el pueblo pesquero más rico del mar de Aral, considerado antiguamente el cuarto lago más grande del mundo, con una superficie de 68.000 kilómetros cuadrados. En la actualidad, la ciudad uzbeka se muestra solitaria y polvorosa, ya que en el lugar donde había agua, solamente se encuentra un paseo marítimo que apunta al desierto y en el que se puede visitar una docena de barcos oxidados.

En la entrecruzada de países y culturas que supone Asia Central, hace poco más de 20 años había un mar en medio del desierto, el Mar de Aral, entre el norte de Kazajistán y el sur de Uzbekistán, pero llevaba 50 años secándose y en 2014 desapareció por completo.

Este lago suponía una importante fuente de vida en esa árida región, ya que alimentaba los cultivos que sin agua jamás hubieran existido. Asimismo servía de hábitat a varias especies endémicas de flora y fauna, y suponía un bonito atractivo para los habitantes de la zona, que podían bañarse en sus “playas”.

No obstante durante los años 60, la URSS decidió que iba a canalizar agua de los principales ríos que alimentaban el mar. Stalin ordenó efectuar obras de canalización para regar las llanuras adyacentes al río Sir Daria, y el delta del río Amu Daria, duplicando así la superficie de cultivo del “oro blanco”, el algodón, que pasó de 4 millones de hectáreas a 8 millones. Además, el uso de las instalaciones hidroeléctricas y embalses en Asia Central lo secaron por completo.

Ya en el año 2000 había perdido la mitad de su superficie, con unas consecuencias catastróficas; se cree que es unos de los mayores desastres ecológicos de la actualidad.

Allí dónde antes había existido un rico mar, quedó tan sólo arena que, por cierto, quedó completamente contaminada con los miles de químicos que se usaron para los campos y que habían parado al lago. Además, se encontró que la población cercana al mar de Aral presentaba una incidencia elevada de enfermedades pulmonares y otras patologías.

Las comunidades de la región que antes se dedicaban a la pesca y a la agricultura ya no pudieron ejercer esas actividades, elevando el desempleo y los problemas económicos. Además, la temperatura se ha vuelto más extrema en todas las épocas del año ya que el lago servía como regulador.

Los puertos desaparecieron, los pequeños hoteles que había fueron abandonados, las ciudades del litoral se convirtieron en “oasis” del desierto y los barcos que nadie sacó del agua, se convirtieron en un absurdo recuerdo de una tragedia natural y humana sin precedentes.

En 2005, en un intento desesperado por salvar el mar, se creo una presa para preservar el norte del mar de Aral, pero con ello se condenó a la parte sur a la muerte. En los años siguientes se mantuvo regulado el nivel del mar hasta que se secó por completo en 2014.

Puedes ampliar la información viendo este documental de Isabel Coixet, “Aral, el mar perdido”:

Crédito imágenes: Pinterest

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