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(Redacción Bles) El consumo de opio tiene sus raíces en la antigüedad y ha sido causante del ocaso de varios imperios, entre ellos el de la Dinastía Qing de China.

El opio y sus derivados (morfina, heroína, etc.) constituyen las drogas más adictivas. Para el año 1839 el opio ya estaba al alcance de los obreros y campesinos en China. Por ejemplo, un trabajador medio chino adicto al opio gastaba dos terceras partes de su sueldo en esta droga, dejando a su familia en la miseria.

El esplendor manchú se fue apagando y paulatinamente comenzó a ingresar en un periodo oscuro. El emperador Daoguang estaba aterrado frente al desorden en la moral y salud pública a causa del estupefaciente que se intercambiaba con Gran Bretaña por el preciado metal de la plata.

El emperador, cansado de esta situación, en 1839, tuvo la ocurrencia de bloquear la actividad portuaria de los británicos en la provincia de Cantón y así se desató el conflicto bélico anglochino que estalló ese mismo año y finalizó en 1942, terminando con la Dinastía Qing.

Pero este flagelo no se limita solo a la antigüedad. De acuerdo con datos recogidos por la agencia estadounidense DEA (Administración para el Control de Drogas), en 2016 al menos 63.600 estadounidenses murieron por causa del consumo de opiáceos. Esta cifra equivale a 174 fallecimientos diarios y 7 cada hora. La epidemia de opioides que desde 2015 reporta un crecimiento en EE.UU., se ha convertido en una de las principales causas de muerte en tal país, por encima de los accidentes de tránsito.

Otro dato alarmante es que la mayoría de las personas que están muriendo por sobredosis de fármacos en EE.UU. fallece por drogas legales formuladas por médicos y despachadas en las grandes cadenas de farmacia. Los nuevos adictos y muertos por sobredosis de ese país, se hacen adictos inicialmente porque sus médicos les recetan “painkillers”, es decir, analgésicos muy fuertes (como el Vicodin, el Percocet y el OxyContin), opiáceos sintéticos, mucho más potentes que la heroína y la morfina.

Atrapados por estas sustancias, cuando se les acaban las recetas, acuden al mercado negro. Así llegan al fentanilo, un opiáceo sintético muy potente y barato que en los laboratorios clandestinos se mezcla con heroína y provoca fácilmente sobredosis.

¿Qué son los opiáceos y por qué son una epidemia?

Los opiáceos son un grupo de medicamentos fabricados (a partir de la planta adormidera o amapola) para servir como analgésicos o anestésicos, es decir, para aliviar dolores severos. Sus propiedades permiten el bloqueo de la sensación de dolor al momento de unirse con receptores neuronales. En algunas ocasiones este tipo de droga puede ser recetada a pacientes con cáncer, enfermos terminales o que acaban de salir de una cirugía. Pero pese a su uso médico, el riesgo de adicción es alto y peligroso.

De acuerdo a la Casa Blanca, la epidemia de opioides que se ha detectado en EE.UU., y que está matando más gente que el sida en su peor momento, está asociada a varias drogas legales, especialmente al fentanil, pero también al Vicodin o al oxycodone, que se distribuyen en las farmacias o por Internet, y que a veces se revenden como si fuera heroína.

El fentanil es 50 veces más potente que la heroína. Y hay otra droga sintética incluso más letal, el carfentanil, que se usa para dormir elefantes, y que es 100 veces más potente que el fentanil. Bastan pocos granitos de carfentanil en la lengua para matar un humano.

Uno de los principales impulsores del aumento en las muertes por sobredosis de opiáceos es el creciente comercio en el mercado negro de fentanilo ilícito y análogos de fentanilo, potentes drogas sintéticas mucho más potentes que la morfina, describe la Casa Blanca.

Otro factor determinante es la amplia disponibilidad de opiáceos recetados. El número de recetas en los Estados Unidos se cuadruplicó desde 1999 hasta la actualidad, mientras que las sobredosis que involucran a estos medicamentos han aumentado exponencialmente.

Algunos estados, como Ohio y Mississippi, ya han demandado por daños a la gran industria farmacéutica (McKesson, Purdue Pharma, Johnson & Johnson, etc.) por producir y comercializar sin controles píldoras que son el primer paso para la adicción o el último paso para la muerte por sobredosis.

En octubre del año pasado, el presidente Donald Trump declaró “emergencia de salud pública” el abuso de analgésicos opiáceos, lo que permite destinar fondos ya existentes a nivel estatal y federal a la lucha contra la adicción.

“Trabajaremos para fortalecer a las familias y comunidades vulnerables, y ayudaremos a construir y hacer crecer una sociedad más fuerte, más sana y libre de drogas”, dijo el mandatario.

Para Trump, la adicción es más que un simple problema de política. Cuando era joven, él fue testigo del dolor de la adicción en su familia y vivió de cerca la muerte de su hermano Fred. Ahora como presidente, él está luchando contra el flagelo. “Lo aprendí por Fred. He aprendido. Y eso es lo que creo que es tan importante”, dijo el presidente.

“Tuve un hermano, Fred, tipo genial, chico guapo, la mejor personalidad”, señaló Trump a los asistentes en la Sala Este de la Casa Blanca en octubre pasado. “Pero él tenía un problema. Tenía un problema con el alcohol, y él me decía: ‘No bebas. No bebas’”… Él lo decía una y otra y otra vez”.

Hasta el día de hoy, el presidente se abstiene de beber. “Tuve a alguien que me guió, y tuvo una vida muy, muy, muy dura por el alcohol”, reflexiona.

Como muestra la historia del Presidente, la adicción no es un fenómeno nuevo para Estados Unidos. Pero el panorama de hoy se ve diferente y la mayoría de las muertes son por sobredosis de drogas, aproximadamente dos tercios, y encima ahora involucran a un opioide.

Twitter White House

Pena de muerte y “mano dura” para los responsables

El 19 de marzo pasado el presidente Donald Trump manifestó en un discurso en el estado de Nueva Hampshire que está evaluando la pena de muerte para traficantes de drogas como solución para la crisis de sobredosis de opioides que azota a Estados Unidos.

“La única manera de resolver el problema de las drogas es siendo duro”, comentó el presidente Trump en ese evento en Moon Township.

También en una conferencia en la Casa Blanca sobre los opiáceos, dijo que hay países que tienen penas muy duras contra las drogas, incluso la pena máxima.

“Y, dicho sea de paso, tienen muchos menos problemas con drogas que nosotros, así que vamos a tener que tener penas mucho más duras”, expresó.

Trump asegura que mientras una persona puede ser condenada a la pena de muerte o cadena perpetua por dispararle a una sola víctima, un traficante de drogas puede matar a miles y pasar poco tiempo en la cárcel o ni siquiera pisarla.

Están “matando a nuestros hijos, están matando a nuestras familias, están matando a nuestros trabajadores”, afirma el mandatario.

Estados Unidos se ha propuesto reducir en un tercio, en tres años, el número de recetas de opiáceos como la vicodeína o la oxicodona. Los tratamientos médicos estarán sujetos a mayor control central, para detectar abusos y evitar que esta adicción “sea subvencionada por los impuestos de los americanos”.

El opio en la era de Obama

Graves denuncias circularon en épocas de guerra con Afganistán, planteando una doble moral por parte del expresidente Obama durante su gestión gubernamental.

Mientras por un lado el exmandatario proclamaba que liberaría a EE.UU. del opio, por el otro defendía el derecho de los narcotraficantes a seguir operando sin interferencia en territorio afgano, el mayor productor de opio en el mundo.

Enormes plantaciones de opio en Afganistán.

Si bien la protección estadounidense a la producción de opio -patrocinada por los británicos en Afganistán y que creció 40 veces después de la ocupación de Estados Unidos y la OTAN en ese país- comenzó en 2001 bajo el gobierno de Bush y Cheney, fue Obama quien suprimió los esfuerzos para eliminar a los capos de la droga y narcotraficantes que financiaban al Talibán y las operaciones de insurgencia, precisamente en el momento en que los patriotas estadounidenses dentro de las fuerzas armadas delineaban una estrategia para eliminar a los narcotraficantes.

Varios veteranos de la guerra afgana describieron que bajo el acuerdo de la OTAN sobre las fuerzas en Afganistán, en las normas de combate de la OTAN se prohibía de manera absoluta definir como objetivos militares a los “narco-kahns” (capos de la droga), las bodegas de opio y heroína, o a los narcotraficantes. Solo los “terroristas” e “insurgentes” contra la ocupación angloamericana y de la OTAN se podían definir como objetivos militares.

La corrupción del Estado y los sobornos de las farmacéuticas

De acuerdo a medios alternativos de comunicación, la industria farmacéutica invierte más que ninguna otra en influenciar a los políticos. En la última década, han desembolsado cifras millonarias para ejercer presión en miembros del Congreso para influenciar la legislación para controlar desde el precio de los medicamentos hasta la forma en que se aprueban las nuevas drogas.

Así podemos inferir que esta epidemia de opiáceos no ha surgido de la nada, sino que en parte se debe a una inversión millonaria por parte de las grandes farmacéuticas, que a sabiendas han promovido que estas drogas sean recetadas tan ligeramente, siendo subestimados los riesgos implícitos al tratamiento.

Uno de los ejemplos más claros es el caso de Purdue Pharma, fabricante del OxyContin, que en 2007 fue condenada a pagar más de 600 millones de dólares de multa tras probarse que engañaron a pacientes, médicos y reguladores sobre los riesgos adictivos de este medicamento, cuyos riesgos ya conocían antes incluso de que fuese aprobado para su venta, tal y como quedó demostrado en sus correos electrónicos internos.

Además de doblar su número de comerciales entre 1996 y 2002, o de aconsejar a los médicos subir la dosis en vez de acortar el espacio entre ingestas, dieron cupones a los médicos para que sus pacientes pudiesen obtener una muestra de opioides gratis para un tratamiento de un mes, entre otras prácticas de marketing agresivo.

Otras compañías que copan este lucrativo mercado son Johnson & Johnson, Depomed, Insys Therapeutics y Mylan, y todas en conjunto han invertido miles de millones de dólares en hacer lobby en el Congreso estadounidense. Tanto es así que la población de EE.UU. representa un 5% de la población mundial pero consume el 75% de los medicamentos con receta del mundo, y el 80% de los opiáceos.

Este tipo de analgésicos adictivos se han recetado en masa en los últimos veinte años para tratar dolores crónicos o simples migrañas como si fueran inocuos. Aquí también juegan un rol los médicos quienes muchas veces son ‘encandilados’ por los regalos y las promesas de los laboratorios.

Siendo así, no es descabellado suponer que las élites del poder están detrás de las grandes corporaciones de la farmaindustria con el fin de adormecer a la población e influenciar a los medios de comunicación, ofreciéndoles cuantiosas sumas de dinero.

Entonces, para cortar este problema de raíz hay que atacar la corrupción de las multinacionales y más aún, la del Estado (el denominado ‘Estado profundo’) que opera desde las sombras y del que el presidente Trump ha demostrado que no quiere ser un títere, como lo fueron sus predecesores.

Le recomendamos: La compilación completa de “El nuevo orden mundial”.

 

La epidemia del opio, el grave problema que Trump quiere cortar de raíz
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Temas: Categorías: Mundo

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