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La mayoría de los estadounidenses sienten una aversión innata hacia los regímenes autoritarios. Pero The New York Times no. El conocido periódico, una vez más, ha pintado un cuadro glorificado de una dictadura comunista.

El último ejemplo es una serie de artículos interactivos que elogian y celebran el ascenso de China. Una de las piezas se titulaba “El sueño americano está vivo… En China”.

La serie ensalza el crecimiento de las riquezas de China en las últimas décadas, pero en medio de la adulación, uno percibe notables carencias. Matthew Continetti, del Washington Free Beacon, dio en el clavo.

Mathew Continetti tuiteó: “La palabra ‘libertad’ no aparece en este artículo”.

“El Sueño Americano está vivo… En China”, escribió repitiendo la afirmación del New York Times.

“Imaginen a dos chicos pobres de 18 años, uno en los EE. UU. y el otro en China. ¿Cual tendría más probabilidades de alcanzar el éxito? ¿Está seguro?”, preguntó el periodista.

Continetti, señaló que los jóvenes adultos de China ni siquiera pueden leer acerca de lo maravilloso que les está yendo todo, porque los censores de Internet del régimen autoritario bloquean la información que proviene de fuentes estadounidenses.

La libertad de expresión y el acceso a la información son sólo algunas de las pocas libertades fundamentales que están altamente restringidas bajo el régimen chino.

Un sistema distópico de “crédito social” sigue su curso en China, el cual monitoreará todo lo que sus sujetos hacen -con recompensas por el “buen” comportamiento y castigos por el “mal” comportamiento. Esto abre una nueva forma de control potencial sobre la vida pública que difícilmente podía imaginarse ni siquiera en las tiranías más represivas del pasado.

China no sólo está creando este sistema orwelliano para su propio pueblo, sino que está tratando de exportarlo a otros lugares.

Por supuesto, el “mal” comportamiento incluye cualquier discurso o actividad que se considere crítica con el gobierno. La prosperidad económica que el artículo del Times celebra sólo se podría lograrse gracias a la buena voluntad del régimen.

El “sueño” comienza y termina con el estado.

Esta exclusión y represión incluye a grupos enteros de personas cuyo único delito es tener ideas supuestamente “erróneas”.

La BBC informó en octubre de cómo millones de uigures musulmanes de la provincia de Xinjiang han sido internados en campos de reeducación masiva -un archipiélago de modernos Gulag.

Olivia Enos, investigadora asociada del Centro de Estudios Asiáticos del Davis Institute for National Security and Foreign Policy de The Heritage Foundation, escribió en julio:

Las autoridades del gobierno chino han perseguido durante mucho tiempo a los más de 11 millones de uigures de la región, recolocándolos, demoliendo sus residencias, exigiéndoles que se sometan a pruebas de ADN y biométricas invasivas, y ahora les obligan a vivir con funcionarios chinos en sus hogares.

Esto es algo que los estadounidenses no deberían aceptar a la ligera. En cambio, debería llevarnos a reevaluar la noción de que se llegó al “final de la historia” cuando la Unión Soviética se derrumbó.

El final de la Guerra Fría fue sin duda un triunfo para la gente libre en todas partes del planeta y evidenció con claridad que el capitalismo supera al comunismo.

Sin embargo, la caída de la URSS -una victoria tan grande como esa- no puso fin al conflicto recurrente entre libertad y tiranía, ni garantizó el abrazo universal del gobierno representativo y la preservación de los derechos concedidos por Dios.

En cambio, es posible que nos haya hecho estar menos atentos al despotismo invasor.

El artículo del New York Times pasó por alto un aspecto clave del Sueño Americano: Que no se trata sólo de la acumulación de riqueza. Nuestra prosperidad es el subproducto de un sistema de orden y libertad, establecido por la Constitución, que protege las libertades fundamentales que nos resultan tan queridas: La libertad de religión, la libertad de asociarse y protestar contra el gobierno y las leyes injustas, la libertad de protegerse y defenderse a sí mismo y a su comunidad.

Fomentar estos derechos, entre muchos otros, es lo que ha convertido a Estados Unidos en un faro que alumbra el mundo.

Un hombre rico que debe temer practicar la religión bajo amenaza de encarcelamiento, que puede ser colocado arbitrariamente en un campo de reeducación debido a sus opiniones religiosas o políticas, y que ni siquiera tiene poder sobre la decisión más fundamental de traer vida a este mundo, no es un hombre libre y, por ende, apenas vive el “sueño americano”.

Ese es un hombre que vive bajo el mismo tipo de gobierno arbitrario contra el que se rebelaron los Padres Fundadores, contra el cual trabajaron los defensores que se alzaron en contra de la esclavitud, como Abraham Lincoln, y al que se opusieron generaciones de estadounidenses en el siglo XX tras el ascenso del fascismo y el comunismo.

El sistema único que se desarrolló en Estados Unidos se basó en conceptos de consenso, en la idea de que el Estado no es portador de todas las “verdades” y que nacemos libres e iguales con derechos inalienables que no deben violarse.

Aunque Estados Unidos no siempre ha estado a la altura de estos ideales, son metas dignas e intemporales que hacen de Estados Unidos no sólo un gran país, sino un buen país.

Nuestro reto en el siglo XXI es el mismo que en los siglos anteriores. Tenemos que tomar una decisión: ¿Aún nos aferramos a las verdades eternas de nuestra fundación, o hemos perdido la fe en las ideas que nos llevaron a convertirnos en el país más poderoso y próspero de la tierra en un abrir y cerrar de ojos histórico?

Tal vez muchos hoy en día -incluyendo distinguidos periodistas del New York Times- olvidan cómo algunos estadounidenses en épocas anteriores miraban con envidia a los gobiernos autoritarios e incluso los veían como un glorioso camino hacia el futuro.

El potencial de los gobiernos arbitrarios para dominar el poder sobre sus ciudadanos presenta una amenaza mucho más profunda a la libertad que las “noticias falsas”, o el aparente caos que se produce a través de la libertad de expresión y asociación.

Como escribió el dramaturgo Joseph Addison en: “Cato: Una tragedia”, una de las obras favoritas de George Washington:

Un día, una hora, de virtuosa libertad

vale toda una eternidad en esclavitud.

Esta es la semilla del Sueño Americano, de un pueblo que -a pesar de la recompensa material que suponía vivir bajo el dominio británico- se negó a aceptar las cadenas de la autocracia a cambio de cierta incomodidad temporal.

El periódico liberal oficial describe con nostalgia a una nación que valora la prosperidad material por encima de la libertad genuina, pero los estadounidenses deberían ser prudentes.

En lugar de glorificar la autocracia, deberíamos reexaminar los rasgos que nos han hecho no sólo poderosos y fantásticamente ricos, sino excepcionales, un lugar donde el hombre y la mujer comunes y corrientes pueden abrirse paso sin violar los dictados de su conciencia, sin suplicar al Estado por las sobras esparcidas bajo la mesa de las autoridades todopoderosas.

Jarrett Stepman

Este artículo fue publicado en The Daily Signal

El New York Times demuestra su desconocimiento sobre China
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Categorías: Mundo

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