(Redacción Bles) En un mundo tan vasto y caracterizado por la impunidad y los desastres de origen humano que atentan contra la vida sobre la Tierra, todo parece indicar que un siniestro plan se halla en marcha para reducir la población humana hasta 500 millones de personas (desde la cantidad de los 7.000 millones con que ya cuenta).

La cifra programada fue escrita sobre piedra, en 8 idiomas, en un monumento que fue instalado en 1979 en las colinas de Elbert County, Georgia, Estados Unidos, por encargo de R.C. Cristian, de quien no se supo nada más y se supone que dio una identidad ficticia. Junto con la cita se encuentran las 10 normas que regularían la vida sobre el planeta.

La Piedra Angular de Georgia contiene el decálogo del Nuevo Orden Mundial, en 8 idiomas.

La evidencia reunida permite asumir que efectivamente se están ejecutando en estos momentos diversas acciones destinadas a diezmar la población contra su voluntad. Una de las estrategias consiste en controlar el mundo a través de los recursos naturales y la producción de alimentos. Son muchas las voces de advertencia que se han alzado contra la aterradora perspectiva.

El paso definitivo en ese sentido se dio en la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro en 1992 al generar La Agenda 21 supuestamente con el objetivo fachada de conservar y gestionar los recursos naturales, pero resultando en un paulatino monopolio de estos y, consecuentemente, en un mayor control de la población.

(En este video se sintetiza en qué consiste la Agenda 21 y cuáles son sus intenciones)

En este artículo haremos énfasis en el creciente monopolio de la fuente de la mayor parte de los alimentos para la raza humana: las semillas, y cómo ello permite la regulación de la cantidad de habitantes del planeta.

Las semillas se convierten en monopolio de compañías transnacionales

Una manzana verde con el logo comunista. Muchos analistas afirman que detrás de la agenda ambientalista se encuentra el movimiento marxista.

Durante milenios, desde la aplicación de la agricultura, los diversos pueblos que han habitado el planeta han aprendido a recolectar y sembrar nuevamente las semillas para la obtención de los frutos de origen vegetal, llegando a constituir hasta el 82% del total de la dieta humana y el 94% del suministro total de la energía utilizada.

De generación en generación se transmitieron los procedimientos para proteger la herencia ancestral que garantizaba la subsistencia alimentaria a través de las semillas que proveerían el sustento futuro.

Pero con la tecnificación de los sistemas también se fue masificando la recolección, procesamiento y comercialización de las simientes haciendo que los granjeros pasaran a depender cada vez más del suministro externo de los insumos agrícolas, perdiendo con ello autonomía y dinero.

Por otra parte, los gobiernos iniciaron campañas de difusión de sistemas sofisticados de producción agrícola que incorporaban abonos químicos y plaguicidas relegando al olvido los conocimientos que sostuvieron la vida de los hombres durante milenios incontables.

En las últimas décadas se ha concentrado de manera amenazadora en unas pocas empresas no solo la comercialización de las semillas, sino la modificación genética de las mismas, al grado de esterilizarlas para que, una vez obtenido el fruto maduro, sus semillas ya no puedan ofrecer otras plantas de las cuales cosechar nuevos frutos como ocurría con las semillas no intervenidas.

Hasta hace poco ya eran 7 las compañías que producían semillas a gran escala, pero ahora esta importantísima labor se concentra en las manos de tanto solo tres empresas que resultan de la fusión de Monsanto con Bayer, por una parte, Dow con Dupont, por otra, y ChemChina con Syngenta por la suya.

Estas tres fusiones concentran el 60% de las semillas del mundo y el 70% de los pesticidas y productos agroquímicos. Es decir, es un hecho consumado: el futuro alimenticio del mundo depende de unas pocas personas en estos momentos.

La producción de semillas y su manipulación genética presenta un futuro ensombrecido para el hombre.

Al advertir sobre la fusión de las todopoderosas multinacionales Monsanto y Bayer, Adrian Bebb la califica de `matrimonio infernal´.

“Todas juntas, estas fusiones van a modificar el mundo agrícola, probablemente elevando los precios para productores y consumidores de todo el mundo”, destaca Adrian, quien es miembro de Amigos de la Tierra Europa, entidad internacional cuyo lema es: “por la gente, por el planeta, por el futuro”.

En el mismo sentido, para ampliar el contexto del impacto que marcaría el monopolio total de las semillas, agrega: “Los pequeños agricultores son la columna vertebral del abastecimiento alimentario del mundo. Representan al 90% de los agricultores de todo el mundo y proveen más del 80% de los alimentos consumidos por los países en desarrollo”.

Monsanto ha patentado las semillas básicas para la vida humana en casi todo el mundo al inocularles genes con diversos propósitos y ha manipulado la legislación mundial hasta convertirse en la omnipotente dispensadora de la vida, obteniendo con ellos inimaginables beneficios económicos.

Realmente, el impacto es por demás evidente en el caso de la producción de semillas alrededor del mundo.

Así acabaron suicidándose cientos de miles de agricultores en la India

Los agricultores están perdiendo la capacidad de producir sus propias semillas.

Solo por citar un ejemplo de su poderío e influencia: ya en el año 1988 el Banco Mundial implementó políticas sobre semillas que obligaron a la India a someterse a las regulaciones de Monsanto, que a partir de allí cobra regalías por “propiedad intelectual” sobre las semillas, incrementando su costo, obviamente.

Bajo el lema “Producir más y conservar más mejorando la vida de los agricultores”, Monsanto, la ya tenebrosa productora de insumos agrícola entre otra gran diversidad de productos, controla el 95% de las semillas de algodón en la India.

La estrategia que aplicó ha sido desastrosa porque introdujo semillas “estériles” a partir de las cuales ya es imposible generar nuevas plantas (quebrando el mecanismo natural), y desde entonces los campesinos se vieron obligados a comprar absolutamente todas sus semillas a las filiales de la multinacional.

Las manipulaciones genéticas de las semillas han inducido a la ruina y suicidios de miles de agricultores.

En la India ya son cientos de miles los agricultores suicidados en las últimas dos décadas a causa de las malas cosechas, en parte debido a que las semillas certificadas requieren simultáneamente costosos insumos como abonos químicos, herbicidas y pesticidas, también vendidos por las grandes compañías multinacionales, para rendir las cantidades superiores que prometen sus creadores, y que no están al alcance de los campesinos.

Estos terminan obteniendo préstamos que les resultan imposibles de pagar, por lo cual caen en un ciclo del que solo pueden salir, (después de un doloroso proceso en el que ven crecer su ruina y la de sus familias), con la muerte, la que de ninguna manera alivia a los supervivientes ahora sumidos en la más absoluta miseria.

“La agricultura requiere mucha inversión y da poco rédito”, resume Bhaskar Deovalvar, un granjero de la India citado por la BBC. “Sin productividad y con constante presión de los bancos y los prestamistas no queda más opción para los granjeros que matarse”, dice.

En Latinoamérica los campesinos se enferman y pierden autonomía alimentaria

Solo citaremos algunos casos del impacto nocivo de la agroindustria en América Latina para ilustrar la problemática.

El gran consumo de agrotóxicos en Brasil, con más de mil millones de toneladas, marca el macabro récord mundial de envenenamiento no solo del medio ambiente sino de su población.

“Hay varias investigaciones en los Estados de Ceará, de Mato Grosso y de Paraná, en Brasil, que muestran un aumento de los casos de cáncer y de malformaciones en fetos ligados al uso extensivo de agro tóxicos”, declaró Karen Friedrich, investigadora de la Fundación Oswaldo Cruz (Fiocruz) y profesora de la Universidad Federal de Río de Janeiro al medio esglobal.org en artículo de enero de 2018.

Un alto porcentaje de los tóxicos aplicados a los cultivos pasan a los alimentos.

El caso de Argentina es muy similar, con un consumo de 300 millones de litros de glifosato, siendo el promedio por persona muy cercano al de los brasileros.

Cabe destacar que un alto porcentaje de las sustancias tóxicas usadas en Latinoamérica están prohibidas en Europa.

Los países de Latinoamérica “han perdido soberanía por su dependencia extrema a un puñado de empresas biotecnológicas”, sintetiza Silvia Ribeiro, una de las más importantes investigadoras de la región en asuntos agrícolas.

Si bien Colombia no es precisamente el país latinoamericano donde Monsanto y sus secuaces “pisan más fuerte”, la asfixiante presión del poderoso lobby agroindustrial ha logrado que la legislación prohíba cosechar y sembrar de nuevo las semillas obtenidas de las cosechas generadas por las semillas compradas a las multinacionales, castigando a quienes lo hacen con penas de 4 a 8 años de prisión y decenas de miles de dólares de multa. De esta forma se va reduciendo la autonomía alimentaria y poco a poco las semillas originarias que sustentaron a la población durante milenios van siendo desplazadas por las comerciales.

Adicionalmente: “Estas grandes corporaciones presionan para que nuestros países tengan leyes y normativas que les permitan dominar el mercado, aplastar los derechos de los pequeños agricultores e ilegalizar las semillas campesinas“, explica Ribeiro.

De hecho, diversos acuerdos a nivel latinoamericano, obligan a las pequeñas compañías que operan en la región (y por ende a los campesinos que les compran) a depender de la Unión para la Protección de Obtentores Vegetales (UPOV). Este organismo agrupa a quienes modifican genéticamente las plantas, por lo cual obtienen derechos sobre ellas y sus aplicaciones. En la práctica, como es de suponer, solo las grandes agroindustrias están en condiciones de llevar a cabo estas prácticas, ya que son las únicas que pueden disponer de los laboratorios y grupos de investigaciones adecuados.

Un claro ejemplo de estas legislaciones es la Decisión 345/93 de la Comunidad Andina, la cual fue emitida en ese sentido con el evidente resultado de concentrar los recursos alimentarios en unas pocas empresas multinacionales, despojando a las comunidades de un derecho que parecía inalienable.

El conocimiento agrícola de generaciones está en peligro de desaparecer.

El inventario de los recursos naturales , a que obliga la Agenda 21 en todo el mundo, amenaza con ceder el control sobre ellos a las multinacionales en detrimento de los derechos ancestrales.

Aún está a nuestro alcance el retomar el control de nuestros alimentos

La Agenda 21 impacta en la supervivencia humana con resultados desastrosos para el futuro, dado que afecta drásticamente la natalidad al disminuirla al arbitrio de la élite. Este pequeño grupo de potentados adelanta sus propios planes para los destinos del ser humano según su conveniencia.

Los cuarenta capítulos de la horrenda Agenda 21 abarcan prácticamente todos los aspectos que involucran el disfrúte y la utilización de los recursos de la naturaleza por parte del hombre, incluyendo entre ellos el fin de la propiedad privada, instando a que el Fondo del Medio Ambiente Mundial pase a ser el depositario de todos los derechos de propiedad.

El que solo las más poderosas productoras de semillas sean las autorizadas para su uso va llevando a las poblaciones de países enteros a depender cada vez más de quienes tienen permitida la comercialización de las simientes necesarias para la obtención de sus alimentos básicos.

No hace falta mucha imaginación para entender que el sistema convertirá la manipulación de las semillas en un factor determinante de la población mundial y que el ejercicio desmedido del poder por parte de los pocos dueños de los factores de producción conllevará la pérdida de la cada vez más reducida libertad de que dispone el grupo humano.

Es tal la meticulosidad con que ha sido concebido el plan y tan hábil su puesta en marcha que todo indica que no queda mucho tiempo para que se cierre el ciclo que nos convertirá, sin remedio, en prisioneros en nuestro propio planeta.

Si observamos que la producción de semillas a nivel mundial se ha concentrado en solo unas pocas manos, se puede temer lo peor.

Depende de cada uno de los pueblos recordar sus prácticas agrícolas de antaño, no necesariamente para utilizar esos antiguos métodos de producción en el presente, sino para reconectarse con las enseñanzas transmitidas durante siglos, que decían simplemente que debemos producir nuestros alimentos con respeto al medioambiente y pensando en las generaciones venideras. Tal vez aún no sea tarde.

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Categorías: Mundo Salud

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