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“Sentí de pronto un fuerte calambre en la pierna izquierda. Traté de llegar hasta ella… con mi único brazo, pero encontrándome demasiado débil, llamé a un enfermero y le dije: por favor, hágame unas fricciones en la pantorrilla izquierda. Él dijo: ¿en la pantorrilla…?¡Si no tienes ninguna compañero! ¡Te las tuvieron que cortar!”.

Del mismo modo que las “imágenes fantasma” captadas por la sumamente cuestionada cámara fotográfica Kirlian, los miembros inferiores del soldado norteamericano George Dodlow se hallaban, expresándolo en términos prácticos, físicamente inexistentes. Y como tales, cualquier tipo de sensación proveniente de estos órganos es lógicamente imposible.

Sin embargo, el célebre caso del soldado Dodlow, quien perdiera sus piernas y un brazo durante la guerra civil norteamericana, representa sólo uno de los miles de casos de “miembros fantasma” que el neurólogo Weir Mitchel registró a lo largo de su carrera, y también uno de los millones observados en el ochenta por ciento de los casos de amputaciones de miembros que se realizan actualmente en todo el mundo.

Este sorprendente fenómeno médico, en el que los individuos que pierden una extremidad, un ojo, un diente y hasta una mama, continúan percibiendo sensaciones de cosquilleo, calor, frío y dolor en su inexistente anatomía, permanece como un mecanismo en extremo desconcertante para los científicos que se dedican a indagar los mecanismos de funcionamiento del más complejo de los sistemas del cuerpo humano.

Asimismo, existe una cantidad de casos en los que el paciente con una parálisis franca de miembros ha sido sometido a los más rigurosos exámenes médicos y, sin embargo, dichos individuos no acusan, en apariencia, ninguna diferencia con un individuo sano y activo. Sus músculos y vasos sanguíneos denotan lo mismos síntomas involutivos que cabrían esperar en cualquier caso de parálisis; sin embargo, sus nervios se encuentran en perfecto estado tanto en su trayecto como a nivel espinal. El “tendido eléctrico” se encuentra en condiciones; los motores, a punto y listos para funcionar; sin embargo, nada se mueve.

Muchos neurólogos coinciden en que la pérdida de un miembro deja desempleada la zona encefálica encargada de las recepciones sensoriales para dicho miembro y, por lo tanto, las regiones somatosensoriales adyacentes tienden a invadir a la primera, provocando respuestas de todo tipo, tales como dolor o entumecimiento.

En cuanto a la teoría más apoyada hasta el momento para explicar la existencia de miembros y sensaciones fantasmas, el profesor de psicología Neeraj Jain, de la Universidad de Vanderbilt, asegura que el cerebro sufre una reorganización parcial después de las lesiones, por lo que “sujetos que han perdido un brazo suelen sentir la sensación de ser tocados en este miembro cuando algo les ha rozado la cara”.

Sin embargo, el abanico de teorías modernas aún no logra explicar cómo los niños que nacen sin un miembro pueden presentar, del mismo modo, los mismos síntomas que aquellos adultos con miembros amputados.

El cuerpo intangible

Una de las más nuevas y controvertidas hipótesis barajadas a la hora de explicar cómo el cerebro puede continuar alojando una representación espacial sensorial completa del miembro perdido, se presenta como una inquietante posibilidad para los científicos que ponderan estar a poco de conocer todos los misterios que encierra el cuerpo humano: el cuerpo intangible o cuerpo “microcósmico”.

Compuesto de partículas subatómicas ordenadas y dispersas de acuerdo a las dimensiones físicamente visibles del organismo, un cuerpo intangible podría explicar por qué un miembro claramente extirpado en esta dimensión celular podría continuar intacto en otra dimensión. De igual manera podría explicarse por qué en algunos casos, a pesar de no existir indicios de patología o daño alguno en el cuerpo físico del paciente, el miembro se rehúsa a moverse o percibir sensación alguna.

Pero, ¿es científicamente posible la existencia de un cuerpo compuesto por partículas sumamente microscópicas? ¿Puede ser físicamente comprobable que un órgano determinado posea formas análogas constituidas por partículas subatómicas tales como quarks o neutrinos, constituyendo de ese modo una forma de existencia en otra dimensión espacial?

Probablemente, uno de los más curiosos y evidentes casos de la posible existencia de este tipo de miembros “microcósmicos” sea el de cierto ciudadano norteamericano a quien le fue amputado uno de sus brazos tras una parálisis dolorosa que perdurara durante años.

Por mucho tiempo, después de la infortunada “desaparición” de su miembro, el sujeto padecía un agudo dolor proveniente de su antebrazo extirpado, que se prolongaba desde el lugar inexistente que ocupaba su mano, hacia el muñón de su codo y, desde allí, al plexo braquial de su espina dorsal. Según el paciente, la causa del molesto dolor radicaba en que, en el momento de la extirpación de su brazo, las uñas de su mano se encontraban profundamente clavadas en la palma de ésta con una tensión insoportable.

Aunque las neuronas sensitivas del dolor que aquejaba al paciente aún parecían trasportar información desde un órgano inexistente hacia el sistema nervioso, paradójicamente, el individuo no sabía cómo ordenar a sus neuronas motoras que realizasen la ruta opuesta para liberar la tensión perpetua que lo condenaba a visitar periódicamente a los especialistas.

El problema fue resuelto de una manera tan ingeniosa como sorprendente: un buen día, por inspiración repentina, uno de los neurólogos más renombrados del planeta, el Dr. V. S. Ramachandran, diseñó un dispositivo para animar al paciente a relajar su miembro fantasma.

La idea fue simple y contundente a la vez: una pequeña caja rectangular abierta, con un par de orificios en un lado y un espejo apostado a un tabique intermedio que dividía al dispositivo en dos compartimentos. La hipótesis experimental consistía en que el paciente extendiera ambos brazos hacia la caja, introduciendo la mano ilesa dentro de esta, e imaginando, con ayuda del espejo, que su mano amputada aún continuaba del otro lado.

Así, con su mano visible abriéndose muy lentamente más la ayuda de una poderosa imaginación, la persona realmente pudo sentir cómo, después de tanto tiempo, sus uñas por fin se desencajaban de la piel de su mano.

Entre la medicina y el misticismo

Tal como se afirma en los círculos de las disciplinas orientales, cuando un miembro del organismo es extirpado, tal cambio no sucede en dimensiones más profundas. La energía y las partículas incorpóreas de cada órgano continúan siendo parte del individuo, y su cuerpo en otras dimensiones aún se adapta y transforma según los requerimientos de la disciplina.

Por ejemplo, cuando para la medicina occidental se presenta un fenómeno de inflamación o úlcera, para la medicina tradicional china existe allí un bloqueo de la energía vital (qi) y la sangre. Por lo tanto, cuando dichos elementos pueden ser restaurados a su equilibrio primordial, los síntomas en la superficie también desaparecen.

Existen casos médicos sorprendentes donde pacientes con patologías diversas, como protuberancias del disco vertebral lumbar, mostraban la existencia y la desaparición de la anomalía en las imágenes radiográficas anterior y posteriormente a tratamientos alternativos con métodos completamente no invasivos (curación por ‘chikung’ o ‘qigong’).

Si estudios futuros pudieran determinar la existencia de un cuerpo totalmente invisible al ojo humano, el descubrimiento implicaría una reescritura total de la biología moderna e implicancias tales como nuevas formas de medicina y entendimiento del universo corporal. Hasta entonces, sólo podremos continuar investigando cuán enormemente extraño nos resulta el mundo de los miembros perdidos.

¿Tenemos cuerpos en otras dimensiones?
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Categorías: Cultura

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