No es la ballena azul, con sus 180 toneladas de peso y 30 metros de largo; tampoco es el “General Sherman”, gigantesco ejemplar de secuoya giganteum que sobrepasa la capacidad de asombro de cualquier diminuto humano. La Tierra se encuentra repleta de seres vivos que, de a uno o en colonia, hacen ver pequeño hasta al más osado de nuestros grandes animales.

Plomizas nubes amenazaban el prehistórico firmamento de la meseta Fish Lake, actual Utah; el calor, cuya presencia se añoraba desde hacía largos meses, parecía más un recuerdo lejano que un estado climático de recurrencia cíclica.

La última glaciación que la Tierra conocería, 80.000 años antes de la era cristiana, diezmó gravemente a la población humana existente; hasta el punto casi, de poner en peligro la continuidad de la especie.

Pando, el coloso de mil caras

De más está explicar que de aquellos tiempos remotos ningún ser del planeta ha llegado vivo hasta nuestros días. Quizás ninguno excepto “Pando”, el Gigante Tembloroso.

Cual matusalénico rey de los álamos y con más de 80 siglos de historia, el reinado de Pando vio cruzar a los hombres el gélido Estrecho de Bering, al mamut extinguirse y a los neandertales perder la lucha contra su destino; vio el asentamiento de cada gran dinastía de China, el ascenso y descenso de monarcas egipcios y el nacimiento y resurrección de Jesucristo; vio a reyes y a tiranos expandir sus imperios, la colonización de América y la caída del muro de Berlín.

Pero probablemente lo más sorprendente de Pando, es que aún hoy se encuentre mirando al mundo desde cada uno de sus 47.000 rostros, casi con la misma vitalidad de un joven y la capacidad latente de reproducirse.

Unos 80.000 años en el pasado, Pando era sólo un joven tallo enraizado en algún lugar de Norteamérica. Un proyecto de álamo temblón. Pero la reproducción asexual repetida de tallos subterráneos, hizo de aquel ejemplar de populus tremuloides lo que en la actualidad se presume como el ser más pesado del planeta.

Porque aunque Pando, nombre que en latín significa “yo expando”, parezca más un modesto bosque que un solo ente, cada uno de sus árboles representa una copia clónica fiel de un tallo previo.

Cada álamo de Pando puede encontrar su origen en un álamo previo, y todos los genomas del “bosque” terminan por coincidir con el genoma primigenio, el tallo madre; aquel que conoció el apogeo de los mastodontes y perduró a la invasión de los hielos.

En total, se estima que el gigantesco Pando podría ostentar cerca de unas 6.000 toneladas de peso y ocupar un área aproximada de 43 hectáreas. Sin embargo, el récord de Pando como el ser más antiguo y más pesado del mundo se ve fuertemente cuestionado por algunos biólogos, quienes piensan que solo en Utah podrían encontrarse colonias clónicas de álamos diez veces más longevas que Pando y con el doble de extensión. Inclusive existen discrepancias sobre la edad misma del Gigante Tembloroso, adjudicándole algunos una data de al menos un millón de años.

Hongos, los monstruos del subsuelo

Seta de miel

Si Pando disputa el título de mayor peso y antigüedad, ciertamente podría verse humillado en cuanto a extensión por algunas especies subterráneas de hongos.

Comparado con algunos ejemplares Armillaria ostoyae, popularmente conocida como “seta de miel”, el Gigante Tembloroso parece ocupar un lugar discreto en el mapa. Y es que justamente un ejemplar de esta invasiva especie, aparenta tener como objetivo acabar con los árboles de todo el Bosque Nacional de Malheur, en las Blue Mountains, Estados Unidos.

Unas 890 hectáreas de pura seta subterránea (que en el año 2000 desbancó del récord a una similar en el estado de Washintong), se dedica a infiltrar filamentos invasores en cada árbol que toca, secuestrando hidratos de carbono y agua que utiliza para subsistir.

Al igual que en caso de Pando, los científicos dieron con la seta comparando diferentes muestras genéticas de un gran área del Bosque de Malheur, determinando que todas pertenecían a un único y descomunal ser subterráneo, capaz de extenderse día tras día a velocidades increíbles.

Aunque la presencia de la Armillaria permanece invisible en la superficie, en otoño suele extender pequeños filamentos dorados sobre la tierra que denuncian la presencia del gigante silencioso.

Posidonia, reina del océano

Posidonia

Si el tallo primigenio de Pando comenzaba a desarrollarse con el inicio de la última glaciación, el manto de la pradera marina más grande que actualmente se conoce tenía ya, por lo menos, unos 20.000 años de existencia.

Lento, pero muy constantemente (cerca de 2 cm. anuales), el crecimiento de la Posidonia marina que reina en las aguas de Formentera, España, transformó a esta gigante verde en la más apta candidata al título del ser más longevo y extenso del planeta.

La Posidonia de las Islas Baleares pertenece a un grupo de praderas marinas caracterizadas por su longevidad, y fue descubierta mientras científicos del proyecto “Conservación de praderas submarinas” investigaba el impacto del turismo y la contaminación sobre las mismas.

La gran “alfombra” de Formentera, capaz de alojar un ecosistema de 400 especies distintas en su seno, abarca nada menos que unos 700 kilómetros cuadrados (70.000 hectáreas) de fondo oceánico, con una longitud aproximada de 8 kilómetros a lo largo.

Toda la pradera marina de Posidonia presenta el mismo gen en su amplitud, por lo que se deduce su ramificación a partir de una sola brizna de planta. Su extensión y su longevidad empequeñecen tanto a Pando como a las setas de miel (que apenas tienen unos 2.000 años de edad) pero en un planeta donde la naturaleza aún se encuentra plagada de enigmas, el título del ser más grande y antiguo del mundo podría verse amenazado de un minuto a otro.

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Temas: Categorías: Cultura

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