Redacción BLes – Los antiguos egipcios eran consumados escultores, tallaban multitudes de estatuas de los faraones, la nobleza y los altos funcionarios con una precisión sorprendente para la época. Sin embargo, la mayoría de ellas han llegado a nuestros días con el apéndice nasal roto, ¿por qué? 

Adela Oppenheim, curadora del Departamento de Arte Egipcio del Museo Metropolitano de Arte de la ciudad de Nueva York tiene una teoría. 

Oppenheim relata a Life Science que los antiguos egipcios pensaban que las estatuas tenían una fuerza vital y si alguien, por ejemplo, un ladrón de tumbas, quería ‘desactivar’ ese poder, la mejor manera era romper la nariz de la estatua para que esta no pudiera ‘respirar’. 

Por supuesto, los antiguos egipcios no creían realmente que las estatuas, incluso con su fuerza vital, pudieran levantarse y moverse, dado que estaban hechas de piedra, metal o madera.

Los egipcios tampoco pensaron que las estatuas estaban literalmente respirando. “Sabían que no estaban inhalando aire, podían ver eso”, dijo Oppenheim a Live Science. 

Pero es muy posible que las leyendas de terribles maldiciones a quien perturbara el descanso de los faraones o los lugares sagrados fueran los suficientemente convincentes como para que alguien pudiera realizar este gesto, por si acaso. 

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Uno de los ejemplos más conocidos de estas ‘maldiciones’ se produjo durante el descubrimiento de la tumba intacta de Tutankamon a principios del siglo XX.

En 1922, el egiptólogo inglés Howard Carter, financiado por Lord Carnarvon, descubrió la tumba donde reposaban los restos de un desconocido faraón. A los pocos meses del hallazgo comenzaría una cadena de inexplicables muertes que desconcertó al mundo. 

Para 1929 unas 16 personas relacionadas con Carnarvon o Carter habían fallecido inexplicable y súbitamente. 

Howard Carter no sólo encontró fabulosos tesoros en la tumba de Tutankhamón. También habría encontrado un ostracon de arcilla, cuya inscripción decía: «La muerte golpeará con sus alas a aquel que turbe el reposo del faraón.
Howard Carter no sólo encontró fabulosos tesoros en la tumba de Tutankhamón. También habría encontrado un ostracon de arcilla, cuya inscripción decía: «La muerte golpeará con sus alas a aquel que turbe el reposo del faraón.

Quizás esta sea la razón por la que no solamente se destrozaba la nariz, sino también los brazos, piernas y cara de las estatuas, con la intención de desactivar su fuerza vital. 

La experta también contempla que estas mutilaciones se hayan producido de manera natural debido a la erosión de los elementos o caídas accidentales. 

Sin embargo, asegura que generalmente se puede saber si una nariz se destruyó intencionalmente al observar las marcas de corte en la estatua. 

Lo cierto es que, miles de años después el antiguo Egipto sigue siendo un misterio y sigue fascinando a expertos y profanos de todo el mundo. 

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