Siempre creemos que solo los niños pueden aprender de los adultos, sin embargo viéndolo desde otra perspectiva, los mayores tenemos mucho de aprender de los más pequeños.

Los niños nos enseñan más de lo que creemos: su gran capacidad de absorber nuevos conocimientos sin juzgar, la capacidad de sorprenderse y, sobre todo, la inocencia de sus razonamientos.

Detrás de su inocencia habita la sinceridad y la pureza de su corazón. Si miras a los ojos de un niño, sentirás su genuina pureza. Ellos son tan simples que los adultos bien podríamos imitarlos.

Por ejemplo no importa qué tan pobre o rica sea una familia, o de cuántos juguetes o tecnología dispongan, los niños menores de tres o cuatro años aún disfrutan jugando con la tierra, con la arena, con una caja de cartón o cosas simples que encuentren a su alrededor.

Tienen pocos deseos y ambiciones, por lo tanto la generosidad es un valor común entre los más pequeños.

Al no tener pensamientos complicados ellos son espontáneos, naturales y verdaderos. Los adultos bien podríamos aprender más de la simpleza de los niños.

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Temas: Categorías: Cultura

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