Ji Gong (1130-1207) nació en el seno de una familia acomodada a principios de la dinastía Song del Sur. Cuando era joven, ingresó en un monasterio budista y tomó el nombre de Dao Ji. A diferencia de la mayoría de los monjes, se vestía descuidadamente con harapos rasgados e incluso, en ocasiones, comió carne.

Como joven monje, Ji cocinaba los alimentos para otros monjes en el monasterio. Trabajó duro y sin descanso. Una vez tomó y vendió algunas ropas costosas que pertenecían a un monje mayor.

En resumen, tenía una forma de ser muy particular, y su idiosincrasia molestaba a los otros monjes. Esto le valió el apodo de “Ji, el monje loco”, más adelante abreviado como “Maestro Ji” o Ji Gong.

Sólo el viejo abad del monasterio vio la cualidad innata de Ji y siempre lo protegió en privado de ser expulsado del monasterio, llamándole “el monje loco con alegría”. A pesar de su personalidad excéntrica, Ji era sincero, de buen corazón, y un firme seguidor de las enseñanzas budistas.

Ji era conocido por ayudar a personas en apuros, auxiliando a aquellos en peligro y a veces incluso salvando sus vidas.

Fue conocido también como “Maestro Ji”, y hay muchas leyendas populares chinas que describen con cariño sus diversas hazañas. Era generalmente representado como un monje en harapos con una gran sonrisa en su rostro, un abanico de hojas de palma roto que podía hacer magia en su mano izquierda, y una calabaza de botella de vino, o las cuentas de rezo budistas o a veces una gastada silla de montar de paja en su mano derecha.

Enviando troncos desde un pozo

Una historia popular dice de Ji Gong usó poderes paranormales para lanzar troncos de un pozo. Se iba a construir un templo en Hangzhou y necesitaban desesperadamente madera. La mejor madera se encontraba sólo en la provincia de Sichuan, a unos 900 kilómetros de distancia. Los monjes estaban desesperados.

Pero eso no detuvo a Ji Gong. Él utilizó sus poderes para traer los troncos uno detrás de otro. Los otros monjes los amontonaron, hasta que el monje encargado de contarlos de repente gritó: “¡Basta!” Ji Gong ya había preparado otro tronco, pero al escuchar al monje gritar, él lo detuvo. El último tronco quedó medio sumergido en el pozo, y las generaciones posteriores construyeron un pabellón sobre él, bautizándolo con el nombre del “Pozo de la Divina Teleportación”

Ayudó a una pareja de ancianos en “Fan Lane”

El nombre de la calle “Fan Lane” en Hangzhou nos cuenta otra historia de Ji Gong.

Era una vez una calle sin nombre, donde vivían muchos pobres. Entre ellos se encontraba una vieja pareja que dirigía una pequeña tienda dedicada a la fabricación, repararación y venta de abanicos, pero difícilmente podían hacer ambas cosas. Sufrían hambre y pobreza.

Un día, un pobre monje en harapos desgarrados entró en la pequeña tienda y dejó su abanico para que la pareja de ancianos lo reparara. El anciano miró el abanico roto con una sonrisa amarga: estaba demasiado desgastado para reparar. Sin embargo antes de que pudiera decir nada, el monje se había marchado. Aunque la pareja era muy pobre, sentía simpatía por el monje más pobre y decidieron reemplazar, sin decírselo, el abanico viejo por uno nuevo.

Cuando el monje regresó dos horas después, la pareja de ancianos le devolvió el abanico nuevo. El monje estaba sorprendido por el nuevo abanico, y dejó el dinero para las reparaciones. Después de salir de la tienda, el monje se dio la vuelta y les susurró algo a la puerta con una sonrisa.

La pareja de ancianos encontró luego una nueva copla (o pergamino colgado) en la puerta, que decía: “Excelente arte que viene de un trabajo duro y buen corazón” y “hermoso abanico que encuentra riqueza y fortuna en el arte”.

La historia se extendió pronto y mucha gente visitó la tienda, el negocio de la pareja de ancianos prosperó y ya no tuvieron que preocuparse más por su alimentación.

La gente se dio cuenta de que el monje era Ji Gong y la calle fue llamada desde entonces “La calle del abanico”.

Mira el video que relata su historia:

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Categorías: Cultura Legado divino

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