Las explicaciones sobre el origen y causa de las razas son probablemente tan numerosas como los pueblos o religiones de la Tierra. Algunos aborígenes, por ejemplo, comparten una singular historia de la creación de las razas. Dicen que cuando Dios creó al primer ser humano de arcilla blanda, tuvo el deseo de darle mayor consistencia a su creación. Por eso metió al hombre en un horno de barro y descuidó el tiempo de cocción, sacándolo cuando este ya estaba quemado por fuera. Puso entonces otro hombre en el horno, pero temió cometer el mismo error y lo sacó antes de tiempo, cuando este aún se encontraba blanco y crudo. En el tercer intento, Dios sacó al hombre ligeramente dorado, en su punto justo.

Esa simpática leyenda sostiene su vigencia en las reuniones sociales de esparcimiento, siempre oportuna a la hora de contar algo original y ganar una sonrisa entre los oyentes; pero pocas chances tiene en los papeles de científicos o en la mesa de quienes buscan la respuesta en el mundo espiritual.

En el plano científico, la teoría más difundida dice que los hombres poblaron el planeta a partir de un grupo de homínidos que migraron de África hace aproximadamente 60 mil años. Desde entonces, los diferentes grupos humanos habrían modificado su apariencia en forma paulatina para adaptarse a las condiciones de vida imperantes en cada región: ojos “achinados” en oriente, donde el polvo y el viento castigaban la cara; piel clara en el norte, donde el clima era gélido; piel oscura en la sabana, donde el sol incidía con mayor dureza.

Desde su lanzamiento, la teoría del origen africano fue ganando terreno hasta desplazar por completo a sus demás rivales. Pero con el paso del tiempo, el concepto de un solo origen también empezó a encontrarse con su “piedra en el zapato”. Diferentes hallazgos arqueológicos comenzaron a demostrar una y otra vez que la humanidad posiblemente tuvo, no uno, sino varios focos de inicio. El cráneo de Dali en 1978; el “hobbit” de la isla de Flores en 2003; la mandíbula híbrida de Guanxi en 2008; y por último, la mujer de Denisova, los restos de una especie humana desconocida hallados en Siberia en 2010. Cada nuevo fósil iba probando que los inicios de la humanidad fueron mucho más complicados de lo que en principio se creía.

Además, muchas de las características típicas de cada raza (como labios gruesos, pelo enrulado o nariz chata) nunca tuvieron un motivo evolutivo que los científicos pudieran explicar. Esto llevó a que la olvidada teoría del origen multirregional comenzara a tomar fuerza nuevamente y que el origen de las razas volviera a la mesa de discusión.

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Frente a tal incertidumbre, es interesante observar cómo se puede entender el origen de las razas desde la perspectiva de la sabiduría antigua china. Para llegar al fondo de la cuestión es inevitable tocar el tema de la creación y la concepción espiritual oriental sobre el sentido del cuerpo humano. Quizás, bajo la mentalidad moderna, algunas de estas cosas puedan sonar como un “cuento chino”, pero de cualquier forma es muy interesante para leer; y quién sabe si algo de ello vuelve a convertirse en una verdad aceptada, porque la humanidad se redescubre constantemente y sus conocimientos actuales sobre la vida están lejos de ser absolutos.

Una perspectiva oriental

A quién no le ha ocurrido que ve la cara de una persona y nota que sus rasgos son sorprendentemente parecidos a los de otra persona que vio o conoció en otro lugar, como si fueran de la misma familia, pero sin serlo. Algunos son tan semejantes y, sin embargo, viven en países completamente diferentes y distantes. Hasta puede ser un asiático que tiene la cara similar a la de un occidental que uno conoce. La exultación del momento del hallazgo genera ansias de saber cómo es que ocurre esto, pero ante preguntas existenciales como esta, la desesperanza de hallar respuestas hace que tales ansias se desvanezcan inadvertidamente en el trajín de la vida diaria. Pero si se presta un poco de atención, son como patrones, como si la humanidad se hubiera producido partiendo de determinados modelos. Interpretando la sabiduría espiritual de la antigua China se puede echar algo de luz sobre el origen de las razas y los patrones humanos.

Tal como las creencias tradicionales chinas, diversas creencias religiosas como la judía, cristiana y tantas otras entienden que el hombre fue creado a imagen de su dios creador. Cada religión menciona a su respectivo creador, pero algunas instituciones religiosas han regulado la compresión de que existe un solo dios en el universo; entonces aquí se genera una incertidumbre: ¿solo una raza se corresponde con un dios válido? ¿Y este dios es blanco, amarillo, negro, rojo o de qué color? Este conflicto, sin embargo, se desvanece en la perspectiva de la creencia oriental, que acepta que en la infinidad de niveles celestiales del vasto universo existen innumerables deidades y seres celestiales de distintos niveles. “Hay tantos rulai como granos de arena en el río Ganges”, dijo Sakya Muni, el fundador del budismo (entendiéndose por `rulai’ al primer nivel de dioses que tienen el estatus de rey de sus mundos). “Hay seres celestiales tres pies por encima de la cabeza” es una frase tradicional en la comunidad espiritual china desde la antigüedad. Por eso, en la cultura tradicional china no genera conflicto concebir que cada una de las razas en la Tierra fue creada a imagen y semejanza de distintos dioses y que cada una, a su vez, sostiene una conexión invisible con un grupo de gente celestial de apariencia similar.

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Se dice que en el último ciclo histórico de la humanidad ha habido seis razas principales: la raza hindú, los antiguos egipcios, los persas, la raza amarilla. la negra y la blanca; las demás serían mezclas entre estas. Los cuatro colores predominantes son amarillo, blanco, negro y rojo.

Primero, los dioses crearon los Tres Reinos, con la Tierra y el Sol adentro. Según la religión budista, los Tres Reinos son un nivel bajo en el que no existen los seres divinos y todos los seres tienen que pasar por el ciclo de la reencarnación. Antes, en la posición de la Tierra había otros planetas, pero las vidas allí eran bajas. En este mismo lugar los dioses crearon un nuevo planeta —la Tierra— con un propósito específico, que era dar un hábitat a la próxima creación: el hombre. Entonces, cuando la Tierra fue creada, vino un grupo de dioses que crearon al hombre según sus imágenes respectivas. Por lo tanto, el resultado fue un aspecto perfecto, bello.

Aunque las descripciones sobre la creación en las diversas culturas tienden a humanizarse (“Pangu levantó con sus manos el firmamento”, por ejemplo, en la cultura china), los antiguos sabios chinos decían que una deidad puede crear en un instante con un solo pensamiento. Desde la perspectiva humana se puede hacer una analogía: con el pensamiento se pueden movilizar innumerables partículas del cuerpo humano y hasta se puede crear en un instante en la imaginación; entonces, se puede concebir que un ser más poderoso, no limitado al cuerpo humano, podría crear mundos y vidas con sus pensamientos. El cuerpo humano, además de sus huesos, músculos, órganos, piel y pelo, está formado por infinidad de partículas de niveles microscópicos, desde moléculas, átomos y luego más y más pequeñas. Por lo tanto, el poder de un dios debiera ser tal como para atravesar todos estos niveles.

Entonces, avalando las diferentes creencias desde la perspectiva de la cultura antigua china, es aceptable que hubo varios tipos de dioses que fueron enviados para realizar la creación. Uno de ellos fue Jehová, del que hablan los judíos. Jehová creó la etnia judía, que incluye una porción de la gente al sur de Europa. Otros linajes blancos pueden tener su correlación con otros mundos celestiales. De hecho, los árabes eran blancos anteriormente. Antes que Genghis Khan ocupara la región árabe, los árabes tenían el mismo color de piel que los caucásicos y se parecían a los europeos de hoy; la diferencia restaba en que tenían cabello y ojos oscuros. Tras la llegada del enorme ejército de Genghis Khan, las razas se mezclaron. Por eso, el color de su piel es similar a la de los mongoles y a veces se ven otros rasgos parecidos, pero en algunos aspectos parecen europeos.

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En el mismo sentido, la raza de los hindúes fue creada por Fo (el término chino para `Buda’; en la creencia espiritual tradicional china hay tres tipos de seres divinos: Fo, Dao y Shen; este último se traduce como dios). Por eso, la danza, la forma en que se comportan y los gestos de manos de los habitantes de la India tienen raíz en la cultura budista y son similares a los gestos de manos de esa categoría de seres divinos, los Fo.

En lo que respecta a los asiáticos, un grupo fue creado por la diosa Nü Wa, mientras que otro fue creado por dao (otro grupo de seres divinos). De allí surge también el modo de ser de los chinos, pues su cultura antigua manifestaba un enlace particularmente fuerte con lo divino, que se entrelazaba en las tradiciones, la arquitectura, el arte, las normas sociales, etc. La antropología entiende actualmente que la raza de los nativos de América del Norte y América del Sur era amarilla. Aunque en el norte se los ha llamado gente roja, en realidad, eran de la raza amarilla, solo que la acción constante del sol y el clima generaba un tono rojizo y más oscuro. La gente de la raza roja fueron los antiguos egipcios. En las pinturas y monumentos antiguos de Egipto, las figuras que representan a egipcios están pintadas de rojo, mientras que aquellas que corresponden a otras razas llevan otros colores. Es difícil ahora hallar el tono rojizo en los egipcios, ya que se han mezclado con los negros.

También los negros fueron creados por los dioses negros en los Cielos, y no sólo un dios, ya que hay grupos con diferentes rasgos bien marcados. Así es cómo llegaron a la existencia los seres humanos de hoy según se entiende desde la perspectiva de la cultura antigua china: cual sea el tipo de dios creador de un grupo de humanos, tales fueron los rasgos del tipo de humano creado.

La cuestión de la raza está vinculada con la reencarnación. La explicación de la sabiduría antigua es muy interesante. Dice la enseñanza antigua que en un cierto periodo de la historia, los seres humanos iniciales tuvieron que dejar su “piel ” humana al morir porque no se los dejó reencarnar más, y quedaron atrás en otros espacios que los chinos llaman ‘mundo subterráneo’. Esta “piel”, sin embargo, no es la piel que se descompone —como vemos que ocurre con los cadáveres en las tumbas—, la cual se formó y creció con la materia superficial a partir de la alimentación después del nacimiento. Cuando un ser se reencarna, toma la “piel verdadera” para renacer. Se entiende por “piel verdadera” a la estructura del cuerpo humano en el nivel microscópico. Quienquiera que esté por renacer se pondrá esta piel, como si fuera ropa.

Vistiendo una y otra piel hemos llegado finalmente hasta hoy; mirando hacia atrás en la historia, no fue fácil para los humanos alcanzar esta etapa, que según la religión budista corresponde al “periodo final del Fa” (Fa: principios o Ley del universo).

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Los antiguos chinos creían en la sincronización de “fenómenos celestiales, las condiciones terrestres favorables y la armonía entre los hombres”. Es decir que las grandes circunstancias que experimenta la humanidad, así como la razón de su existencia, están conectadas con el proceso que atraviesa el cosmos entero. Según la sabiduría china, la etapa presente corresponde al propósito final de la creación del hombre, en que esas “pieles” humanas fueron tomadas por seres divinos que bajaron al mundo humano para recibir las enseñanzas universales (el Fa), cultivarse y finalmente regresar. La creación del hombre, entonces, tiene aparentemente este propósito: permitir a los seres divinos bajar a la Tierra.

Por eso, aunque el ateísmo o agnosticismo generalizado han reemplazado la creencia tradicional sobre la existencia de dios y la relación del hombre con lo divino, según la sabiduría antigua china, hoy, en el ‘período final del Fa’, cada uno es justamente una vida que ha bajado y se ha puesto una piel; y adentro tiene un espíritu divino. No importa si uno es de raza pura o mezclada, según lo que advirtieron los antiguos chinos sobre este periodo, la misión de la vida de cada uno es mirar dentro de sí en medio de la ilusión del mundo humano, encontrar esta parte divina, verdadera y original y hacer que surja nuevamente para regresar a su propio mundo.

Hasta allí se puede entender la razón y el origen de las diferentes razas humanas a partir del legado de la antigua sabiduría china. Cómo sigue la historia y si uno podrá cumplir con el propósito de semejante viaje dependerá de la iluminación de cada uno.

El enigmático origen de las razas humanas
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Categorías: Cultura

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